Basílica de San Francisco el Grande

Arquitectura neoclásica española. Cabezas. Sabatini. Ventura Rodríguez. Cúpula. Capillas laterales. Antesacristía. Aula capitular. Pinacoteca

  • Enviado por: Raquel
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Basílica de San Francisco el Grande

INTRODUCCIÓN

Los franciscanos fueron los primeros en tener convento en Madrid. Desde el siglo XIII al XV fueron la única orden en el recinto de la ciudad. La tradición otorgaba al mismísimo San Francisco de Asís la fundación del convento. En los siglos siguientes se incorporaron al convento la Obra de Pía de Jerusalén de Tierra Santa y el Comisariado General de Indias.
En 1760 se acordó derribar el viejo convento y edificar otro que estuviese a al altura del poder adquirido por la orden. La Obra Pía contaba con cuantiosos medios económicos y el apoyo real. Los primeros planos para la nueva iglesia fueron realizados por Ventura Rodríguez que planteó un templo en cruz latina dando poca importancia al tema de la cúpula.
Esto no gustó a los promotores y buscaron en el Padre Francisco Cabezas, arquitecto valenciano, un nuevo proyecto que tuviera resonancias bizantinas. El deseo de realizar una gran cúpula provenía del “Templo” de Jerusalén, origen de la Obra Pía.
Ventura Rodríguez se enfrentó siempre al trabajo de Cabezas al que acusaba de ignorancia total de los temas de construcción. Rodríguez utilizó su puesto en la Academia para potenciar su disputa.
El arquitecto valenciano no pudo soportar las tensiones y dificultades de al obra y se retiró a su tierra de origen donde murió en 1773.
La comunidad pidió a Carlos III que fuese su arquitecto favorito, Francisco de Sabatini,el que terminase la iglesia y convento. De nuevo Ventura Rodríguez que había seguido paso a paso la obra se encontró postergado.
Francisco Sabatini fue el autor de la fachada clásica que cierra el templo y del convento que le rodea. El cierre de la cúpula se atribuye a Antonio Pló en el año 1770. Diego de Villanueva y Ventura Rodríguez tuvieron un gran enfrentamiento con ocasión de verificar la solidez de los apoyos de la cúpula. Diego proponía situar los cimientos un panteón con rotonda y añadir columnas adosadas a los grandes pilares. Ventura Rodríguez criticó tan duramente las soluciones de Villanueva que la Academia amonestó a ambos arquitectos por su conducta.
Comparativamente la cúpula de San Francisco el Grande (33 metros de diámetro) es mayor que las siguientes: Loas Inválidos de París de Hardouin Mansart (24 mtsd), San Pablo de Londres de Sir Christopher Wen (31 mts), el Panteón de París de Soufflot (27 mts).
Durante la ocupación francesa a partir de 1808, José Bonaparte quiso convertir San Francisco el Grande en sede de las Cortes según proyecto de su arquitecto Silvestre Pérez. Se conservan los dibujos originales en el Museo Municipal.

UBICACIÓN Y CARACTERÍSTICAS DEL ENTORNO URBANÍSTICO

La Basílica de San Francisco el Grande se encuentra situada en el castizo barrio madrileño de La Latina. Alrededor de este emblemático edificio encontramos otras tantas iglesias y edificios todos ellos enlazados por espacios abiertos que crean las plazas y jardines. A continuación procederemos a explicar detalladamente los aledaños de esta iglesia

Basílica de San Francisco el Grande

Plaza de la Cebada

Como otras tantas plazas de la capital, hoy es solo una calle amplia en la que el espacio mayor se destina a los coches. Antiguamente los labradores de las proximidades de Madrid venían aquí a vender los granos de sus cosechas, dejando sus carros y la paja no comerciable en las dos plazas que conservan estos respectivos nombres. Pero esta secuencia espacial y funcional de las tres plazas de la Cebada, de los Carros y de la Paja no se advierte claramente ahora, cuando a través de los años sus envolventes han sido muy transformadas. En la esquina, junto a una de las salidas del Metro destaca el edificio del Centro Deportivo Municipal y el gran edificio del nuevo mercado de la Cebada. Es un sector comercial donde se encuentra también un conocido centro de espectáculos, el Teatro de La Latina, “Palacio de la Revista”.

Mas allá de la entrada del mercado se abre un espacio mayor y se convierte en la Plaza de Puerta de Moros, aunque en realidad no nos parezca sino la confluencia de seis calles. Desde aquí divisamos la cúpula de la Iglesia de San Andrés.

A nuestra derecha, otra calle recibe el nombre de Plaza del Humilladero, por haber sido asiento de la primera estación del vía crucis instituido por San Francisco de Asís. A esta plaza dan las famosas Cavas Alta y Baja, primitivos túneles árabes de entrada y de salida a la villa; de éstas, la Cava Baja la más pintoresca por sus mesones y posadas.

Plaza de Puerta de Moros

Se llama así porque en este lugar existía una de las puertas de la ciudad, que conducía al camino de Toledo y estaba próxima al barrio de la Morería.

Es un recinto enmarcado por edificios bastante unitarios de cinco y seis plantas que no alcanza a cerrarse completamente, sino que se experimenta como un ámbito de transición hacia la Plaza de los Carros, que sí posee una definición más clara.

Plaza de los Carros

Era la antigua parada de los carros que se dedicaban al transporte de los productos del mercado de la Cebada. Su atractivo principal reside en su edificio dominante: la Iglesia de San Andrés. A través de una reforma acertada, se ha creado un recinto estancial con árboles y jardines que, unidos a los árboles de su costado oriental, hacen de esta plaza un lugar muy agradable. El lado del poniente está cerrado por una casa de tres plantas con ventanas verticales, balcones y buhardillas (características de todo este barrio antiguo), y por el austero edificio de dios plantas del Palacio de los Duques del Infantado, antiguo colegio, reformado después de 1936.

Hacia esta misma dirección se abre la Carrera de San Francisco, edificio de grandes proporciones que, a pesar de su situación hundida, es un buen remate visual para esta calle. Al costado derecho del Palacio de los Duques del Infantado, en los números 8 y 10 de la Calle de Don Pedro, se encuentran dos interesantes palacios, catalogados como edificios a conservar por las ordenanzas municipales de 1972.

Capilla de San Isidro

Es un volumen cúbico de planta cuadrada, con una gran cúpula octogonal sobre encamonado (estructura de madera oculta), coronada por una linterna. Construida entre 1642 y 1669, es un interesante ejemplo de estructura herreriana, con elementos que evidencian una transición al barroco, especialmente en sus dos expresivas portadas abiertas al este y al oeste. Incendiada en 1936, solamente se conserva el exterior, excepto la imagen de San Isidro que se hallaba en la portada del este. La de San Andrés, que estaba en la portada de la iglesia, hoy se encuentra, mutilada y sin cabeza, a la derecha del jardín de la entrada. Su interior era de un gran barroquismo decorativo, en mármoles blancos y negros, del que sólo quedan antecedentes fotográficos y un modelo en el Museo Municipal.

La Plaza de los Carros se prolonga por el noreste en la Plaza de San Andrés, que enfrenta el jardín anterior de la iglesia y a cuyo lado se encuentra el Palacio de los Condes de Paredes, lleno de recuerdos de la villa de San Isidro. Vale la pena bajar un poco por la Costanilla de San Pedro y aprovechar la demolición de unas casas vecinas, para comprender el conjunto formado por la capilla de San Isidro, la Iglesia de San Andrés y la Capilla del Obispo.

Iglesia de San Andrés

Fue construida entre 1657 y 1669, a expensas de Felipe IV, aunque ya aparece como parroquia dentro de la población murada, en el primer apéndice al Fuero de Madrid, en 1202. Destruida totalmente en 1936, junto con la Capilla de San Isidro, sólo queda de su trazado anterior el muro del oeste y la torre, ya que para construir la nueva casa rectoral (que limita el jardín de entrada por el costado norte), se utilizó su antiguo emplazamiento, organizando la nueva iglesia en lo que primitivamente fue antecapilla de San Isidro. Nada se salvó de sus pinturas, esculturas y retablos, por lo que su visita al interior carece de interés. Saliendo del jardín anterior de la Iglesia de San Andrés hacia la Plaza de los Carros, cogemos hacia la derecha la Costanilla de San Andrés, que nos permite contemplar la fachada occidental de la capilla y la iglesia antes vistos. Alejándonos un poco por la calle de los Mancebos, podemos admirar la portada barroca con estatua de la Virgen, y mirando hacia atrás, la sencilla fachada posterior del palacio de la Calle de Don Pedro número 8.

El nombre de esta calle recuerda a los dos jóvenes que fueron degollados en la torre de la Casa de los Lasso de Castilla (que estaba detrás de la iglesia), acusados de haber lanzado la teja que causó la muerte del rey Enrique I, al herirlo en la cabeza.

Continuando, encontramos la plaza de la Paja. Al fondo divisamos la cúpula de la Iglesia del Sacramento, más allá de la Calle de Segovia.

Plaza de la Paja

Fue el principal espacio abierto de la villa durante casi toda la Edad Media, hasta que en tiempos de D. Juan II se formó la Plaza del Arrabal, sobre la que se construiría más tarde la Plaza Mayor. Para su mejor comprensión es preciso recordar los importantes edificios que la conformaban. Todo su costado oeste, entre la Calle de los Mancebos y la de la Redondilla. Lo ocupaba el Palacio de los Lasso de Castilla, donde se hospedaban los Reyes Católicos, que se fue reemplazando a finales del siglo XIX por las casas de la vecindad que hoy vemos. Abajo, en la esquina oeste (la de la Calle Príncipe de Anglona), estaba el llamado “Palacio de Isabel la Católica”, edificio del siglo XV que también desapareció por la misma época del anterior. El costado sur estaba presidido por las dos casas de los Vargas, que felizmente aún se conservan.

La Plaza tiene una fuerte pendiente hacia la Calle de Segovia, acentuada visualmente con el escalonamiento de los edificios de su costado oeste, lo que contribuye a hacer más sensible su apertura en esta dirección. Hacia este mismo lado, nuestro paisaje se limita por el muro de los jardines del Palacio de la Romana, por la Cale de Segovia, la Plaza de la Cruz Verde y en lo alto a la izquierda, la cúpula del Sacramento.

Gracias a la tremenda fuera del ángulo suroriente que limitan las dos casas de los Vargas, el espacio mantiene una cierta unidad, efecto al que contribuye también la línea de cornisa de los demás edificios.

Palacios de los Vargas

Forman un conjunto, siendo el más antiguo el de la doble escalinata, que conduce al claustro por donde se pasa a la Capilla del Obispo. Desde la plaza se pueden ver tras su fachada, la cúpula de la Capilla de San Isidro y la torre de la Iglesia de San Andrés, con sus rejas tan madrileñas que servían para impedir la caída de los campaneros.

El segundo palacio es el que forma parte del límite oriental de la plaza, y, como el anterior, posee una fachada de granito coronada por una galería de arcos. Fue mandado construir en el siglo XVI por el alcalde de corte de Isabel la Católica, don Francisco de Vargas el Viejo, para su primogénito. Hoy está ocupado por las Hermandades del Trabajo que, junto con dos colegios, unos restaurantes, talleres artesanales y estudio de decoración, dan vida a este espacio.

Pero el máximo interés de la Plaza de la Paja reside, sin duda, en la Capilla del Obispo, que actualmente tan difícil resulta visitar.

Capilla del Obispo

Comenzada en el siglo XIV y terminada en 1535, es Monumento Nacional y está considerada como una de las pocas obras importantes que del período de transición del Gótico al Renacimiento se conservan en Madrid. Fue fundada por don Gutierre de Carvajal y Vargas, obispo de Plasencia, con la intención de destinarla a sepulcro de San Isidro Labrador, antiguo servidor de sus ilustres familiares; finalidad que se logró sólo hasta 1555, en que el santo fue trasladado a la Parroquia de San Andrés y hoy se halla la Casa Parroquial. Antiguamente se comunicaba con la parroquia, pero hoy solamente es accesible a través de la casa de los Vargas.

Es una estructura típica del gótico tardío español, compuesta por una sola nave, bastante ancha, de tres tramos, y un ábside poligonal cubierto por una bóveda estrellada. Los retablos, esculturas y decoraciones son netamente platerescos (primer periodo del Renacimiento español), de los que se destaca la delicada talla de la puerta principal. Son de resaltar el magnífico sepulcro en alabastro del obispo Carvajal y el gran retablo de cuatro cuerpos, obra de Francisco Giralte (discípulo de Berruguete).

Dejando la Plaza de la Paja, saliendo por su extremo noreste, a través de la calle denominada del Príncipe Anglona, en recuerdo del que fue teniente general en la Guerra de la Independencia. Esta vía se originó por la cesión a la villa de terrenos particulares, con el compromiso de no abrir puertas allí y para que sirviera de salida a la plaza de la Paja; de aquí su antiguo nombre de “Calle sin Puertas”.

Por la estrecha calle del Príncipe, entre sus planas y rectas fachadas se ve la torre de la Iglesia de San Pedro. Cogiendo hacia la derecha, y pasando junto a una gran hornacina con un Cristo de sabor muy popular se llega a la Plaza de San Pedro.

Plaza de San Pedro

Se trata de un pequeño recinto cuyo interés principal reside en el juego de volúmenes y en la fachada de la Iglesia de San Pedro, que ocupa su lado norte, siempre iluminado por el sol.

Iglesia de San Pedro el Viejo

Posee la única torre completamente mudéjar que existe en Madrid; de planta cuadrada, y esbeltos muros de ladrillo con pequeñas ventanas apenas para dar luz a la escalera, está coronada por ventanas geminadas de medio punto, tras las cuales se disponen las campanas. Se cree que fue levantada por Alfonso XI en recuerdo de la toma de Algeciras en 1354.

El cuerpo de la iglesia data del siglo XV, época de la que sólo se conserva la nervadura de la cabecera de la nave de la derecha, ya que las tres naves son producto de una casi completa reconstrucción en el siglo XVII. En la fachada sur, más a la derecha de la entrada, existe una portada plateresca, sobre la cual se conservan los únicos escudos reales madrileños anteriores a los Reyes Católicos.

La Calle del Nuncio nos conduce ahora hasta el Palacio de la Nunciatura, edificio del que recibe su nombre. Estrecha en su nombre. Estrecha en su comienzo, se abre luego para formar una plazuela llena de luz, hacia la que tiene su entrada el palacio.

Palacio de la Nunciatura

Es un edificio severo, con un pequeño patio renacentista de fines del siglo XVI. Perteneció a don Rodrigo Calderón, favorito de Felipe III, convirtiéndose más tarde en residencia de los embajadores apostólicos que envía el Papa. Hoy es sede del Vicariato General Castrense y del Tribunal de la Rota.

Retrocedemos ahora por la calle del Nuncio, y bajamos por la tan reproducida Costanilla del Nuncio que hace un juego de luces increíble por sus limites quebrados en los muros y las escalinatas.

Calle de Segovia

Conduce hasta el puente del mismo nombre (atribuido al arquitecto Juan de Herrera). Sin cruzarla, bajamos por ella hasta la calle del Alamillo. Esta calle tiene una clara condición de vaguada, lo que explica que fue antiguamente cauce de arroyos y vertedero.

Hacia la derecha vemos unos jardines con mucha pendiente y unas casas con hermosos volúmenes y colorido. Y más allá, la Plaza de la Cruz Verde y las gradas de la Calle del Conde. La Calle del Alamillo, limitada, por muros desnudos, es corta y estrecha, abriéndose muy pronto para formar en su extremo la plaza del mismo nombre.

Plaza del Alamillo

Recoleta y callada; posee tres álamos blancos y un olmo que complementan la poesía de su ámbito pequeño. Desde aquí, la Calle del Toro ofrece una de sus perspectivas más atrayentes y nos sorprende su nombre, que, según la tradición, proviene del hecho de que en una de sus casas se guardó durante mucho tiempo las astas de un toro bravío.

Otra de las vías que aquí desembocan es la Calle de Alfonso VI, que recuerda la entrada triunfal de este rey hacia la Plaza de la Paja, después de la conquista de Toledo.

La Plaza del Alamillo era la entrada del Madrid árabe y debió ser muy importante, pues aquí se hallaba el Ayuntamiento y el centro de las fiestas públicas. Diversos recuerdos de hazañas del Cid se hallan ligados a ella. La tradición más verosímil dice que en este sitio existía el “alamín”, tribunal de los moros, y que de la corrupción de este vocablo viene el nombre del “alamillo”. Por debajo de su suelo hay subterráneos y pasadizos secretos, que se remontan al tiempo de los árabes y dan motivo a muchas leyendas y tradiciones.

Nos alejamos de la Plaza del Alamillo por la Calle de la Morería y llegamos a la plaza del mismo nombre, que no conserva ya nada de su viejo aspecto.

Plaza de la Morería

Al igual que la Calle de la Morería, recuerda el al que se retiraron los moros después de la conquista de Madrid por Alfonso VI, época anterior a la Inquisición, en que tanto moros como judíos, convivían con los cristianos en pacífica tolerancia. Hoy es un recinto con muy poco carácter, reducido a una encrucijada de calles, con el único interés de la perspectiva abierta hacia el oriente por debajo de los arcos del viaducto de Segovia.

Se continúa por la Calle de los anos Viejos, en la que están instalados varios clubes nocturnos.

En su extremo encontramos hermosas vistas, como la de la escalinata que asciende hacia la Calle de la Morería y los jardines contiguos.

Pasamos por debajo de los arcos del viaducto y caminamos por el parque de la ladera del cerro de las Vistillas, hacia el encuentro de la Cuesta de los Ciegos.

Cuesta de los Ciegos

Tiene una hermosa tradición. Cuentan que un día pasaba por allí San Francisco de Asís con una vasija de aceite, y se encontró con dos ciegos que solían instalarse al comienzo de esta cuesta (en la calle de Segovia), para pedir limosna. Es Santo entonces les dio parte del aceite y, ungiéndoles con él los ojos, les hizo recobrar la vista.

Hoy la cuesta no es la difícil ladera de antaño, sino que se ha convertido en una cómoda escalinata zigzagueante que permite el ascenso a través de jardines. Al llegar a su extremo superior debemos volvernos para contemplar una hermosa vista de las torres y el ábside de la Iglesia de la Almudena, enmarcadas por una densa vegetación.

Estamos en lo alto del cerro de las Vistillas, uno delos característicos lugares de la ciudad; hacia nuestra derecha se abren la Plaza de Gabriel Miró y el Mirador de las Vistillas.

Plaza de Gabriel Miró y el Mirador de las Vistillas

Es un paseo creado sobre la meseta desnuda que tradicionalmente ha sido uno de los mejores miradores de Madrid, las vistas hoy se encuentran bastante restringidas, pero siempre resulta agradable la visión de los extensos arbolados del río Manzanares y de la Casa de Campo, entre los cuales sobresalen las siluetas de algunos edificios del Paseo de Rosales y del Paseo Moret, como asimismo las cúpulas de la Estación del Norte.

La Plaza de Gabriel Miró es un buen ejemplo de diseño de jardines adaptado a Madrid, con muchos árboles a Madrid, y unas sencillas extensiones de césped enmarcadas con bordillos. Su densa sombra es apreciada por la gran cantidad de público que continuamente la visita. En su extremo occidental, que es propiamente el Mirador de las Vistillas, existe una pérgola que da marco a perspectivas y sirve de fondo a un monumento.

En el costado sur de la plaza nos sorprende una casa de ladrillo de tres plantas con un amplio ventanal sobresaliente. Allí tuvo su estudio el pintor Ignacio Zuloaga, cuya memoria recuerda también el monumento de la plaza.

Cogemos la Calle de San Buenaventura, donde se encuentra el gran edificio neomudéjar del Seminario Conciliar (inaugurado en 1906), y nos acercamos a la iglesia de San Francisco el Grande que es la construcción más importante del entorno que estamos describiendo. La calle primero se estrecha, para luego abrirse luego en la Plaza de San Francisco, que no es un recinto definido sino un trozos más de la calle Bailén, a pesar de existir un intento de isleta con vegetación. Adosada a la iglesia se encuentra una capilla a la que se entra por un largo pasillo desde la calle.

Capilla del Cristo de los Dolores, de la venerables orden tercera

Se considera la obra maestra del hermano lego de la compañía de Jesús y arquitecto de Francisco Bautista. Construida entre 1662 y 1665, es para muchos lo mejor del comienzo de la arquitectura barroca madrileña y la iglesia más bella y edificada durante el reinado de Felipe IV. Posee un espacio único, que aunque conserva la clásica subdivisión en nave, cúpula y presbiterio, las evidencia con mucha delicadeza a través de una degradación de la luz que no tiene su nivel más alto en la cúpula, como es habitual, sino el presbiterio.

De gran valor es el baldaquino que, dentro de una composición clásica, diseñará el mismo hermano Bautista, y la sacristía, construida después.

Su exterior posee la misma sencillez del espacio interno: cuerpo de ladrillo muy alargado con espadaña y cúpula herreriana.

Hospital de la venerable orden tercera

Fue inaugurada en 1686 y destinado a los enfermos que pertenecen a la Orden. Del edificio del hospital son dignos de recorrerse el patio interior y la gran escalera con pinturas de Teodoro Ardemáns, que en ese entonces contaba diecinueve años y se cree el autor de los planos de la iglesia del hospital, construida por los arquitectos José Arroyo y Felipe Sánchez.

La iglesia de una sola nave y cubierta con bóvedas y cúpula, posee una fachada muy sencilla con portada de medio punto. Son dignos de contemplación el espacio ode ingreso formado por polares de granito y su volumen exterior, ahora descubierto debido a la demolición del edificio de la esquina (también del hospital construido en el siglo XIX).

Dejando la calle de San Juan Bernabé y cruzando la avenida, se sube por unas gradas que están un poco a la izquierda, para llegar por la calle del Ángel y la de San Isidro hacia la carrera de San Francisco. La próxima calle es la de Calatrava, una de las más características del Barrio de la Paloma, paso obligado par ir hasta el Santuario de la Virgen de la Paloma, en la calle del mismo nombre. Construido en 1912 en estilo neomudéjar, posee una interesante cripta; alcanza especial animación y colorido durante la celebración de la “Verbena de la Paloma”, en que los madrileños se acercan a la iglesia par venerar una pintura de la Virgen de la Soledad.

SOBRE LA ARQUITECTURA DE SAN FRANCISCO EL GRANDE

La fachada monumental que mira al este, esta formada por dos cuerpos de forma convexa; el primero es de estilo dórico, de líneas sobrias y severas, sin triglifos ni gotas, y está realzado por cuatro medias columnas en el centro y pilastras a los dos lados; el segundo está constituido por columnas con elegantes y ágiles capiteles jónicos, de armoniosa y delicada simetría. Este segundo cuerpo tiene tres grandes ventanales, con pilastras en los extremos. Las acróteras de la balaustrada superior están adornadas con seis esbeltas estatuas de piedra, esculpidas por la casa Mayer y Cía., de Munich, establecida en Londres y representan de izquierda a derecha a San Agustín, San Antonio, Santiago el Mayor, Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura y San Francisco. El frontispicio está adornado con el escudo de la Orden franciscana, rematado por la corona real de los Borbones, montado al aire sobre un triángulo en cuyo tímpano campanea el escudo del Santo Sepulcro.

Detrás de la fachada se yergue la grandiosa cúpula central, y a sus dos lados apuntan las torres de dos campanarios, obra de Sabatini, y en cuyas cubiertas frontales se ven las cinco cruces de Tierra Santa.

Los dos campanarios, quizá demasiado bajos, encierran un magnífico juego de campanas, fundidas u construidas en Londres en 1882 por la Casa Aast by John Warner and Sons.

En el campanario de la izquierda hay ocho campanas, destinadas para el uso habitual de las funciones de culto litúrgico.

En el campanario de la derecha hay once campanas, de diversos tamaños, cada una de ellas con musical correspondiente.

Toda la cúpula central, lo mismo que las seis bellas cupulitas laterales que contornean la rotonda, están recubiertas por planchas de plomo, buscando por este medio evitar los peligros de las humedades, protegiendo de esta forma las pinturas del interior del templo.

Al pie de la fachada hay una escalinata con cinco amplias gradas de granito sólido que se franquea por tres puertas de hierro, apoyadas en grandes pilones de piedra granítica, con verjas de hierro dulce que circuyen u cierran toda la entrada del atrio del templo. Una gran puerta centra, de dos hojas dan paso al pórtico de la iglesia.

Lo primero que salta a la vista es que, a pesar de ser una iglesia católica que habitualmente utiliza el modelo de planta de cruz latina, esta iglesia es de planta centralizada con forma circular con una antesala que ejerce la función del pórtico, la circunferencia con sus seis capillas, y el ábside que se sitúa en frente del pórtico y que acoge el altar mayor. Rodeando el ábside observamos que existen una serie de dependencias rectangulares distribuidas de forma irregular.

El pórtico es una hermosa estancia rectangular de veintitrés metros de ancho por diez de largo, y en cuyo fondo hay tres puertas espaciosas que dan acceso al templo. El pavimento es de mosaico. Los dos pilares centrales que sostienen las bovedillas son de granito, y sus recuadros , lo mismo que las pilastras laterales, están cubiertos con hojas de mármoles oscuros y jaspeados.

Sobre cada una de las siete puertas existe un medio punto decorado con relieves.

Desde el pórtico se entra en la iglesia por un suntuoso cancel tallado en caoba, nogal y pino de cuenca formado por una gran puerta principal y dos laterales. Este cancel, impresionante por su belleza de líneas y por sus magníficas tallas, es obra de Manuel Rosado.

A diferencia de las catedrales de cruz latina, en las cuales el primer efecto que produce su visita es la oscuridad de las naves, esta simétrica y circular rotonda brinda una luminosidad en todo su espacioso diámetro. Una cascada de luz solar penetra por su linterna y policromadas vidrieras. Las capillas laterales también reciben mucha luz procedente de sus respectivas linternas.

El diámetro de la rotonda central que forma el cuerpo interior de la iglesia mide 33 metros. De la fachada al fondo del ábside hay 70 metros. Desde el pavimento hasta el anillo de la linterna, que corona la cúpula hay 42 metros. La cornisa que vuela alrededor de la rotonda se encuentra ha 17 metros sobre el pavimento. La capilla mayor mide 21 metros de largo por 13 de ancho, en tanto que las seis capillas laterales miden 12 metros de largo por 10 de ancho cada una. La soberbia cúpula que cubre toda la rotonda tiene unas dimensiones mayores, por vía de comparación que la de los Inválidos de Paris o la de San Pablo de Londres, y solamente es algo menor que la de la Basílica de San Pedro en Roma.

Hay en la rotonda veinticuatro pilastras decoradas con estuco de color gris sobre fondo dorado, todas ellas de estilo dórico, menos la del altar mayor, que llevan la impronta corintia. El mármol de los más variados colores abunda en toda la iglesia. El pavimento está solado con ricos mármoles blancos, grises y rojizos. El zócalo de toda la rotonda, así como el de las capillas laterales, lo forman mármoles grises y negros de Azpeitia, Guipúzcoa.

A cada lado de la rotonda se abren tres arcos de medio punto que dan acceso a las seis capillas laterales, cerradas, en parte, por artísticas verjas de hierro forjado y bruñido, fabricadas en los talleres de Juan González, aprovechando el material de las de la antigua iglesia derribada. En su parte central aparecen los escudos de tierra santa y de España con la sigla de las cifras de Alfonso XIII.

Separan la entrada de las capillas laterales doce pilastras dóricas, en cuyas fajas decoradas por el pincel de Contreras aparecen los bustos de los siguientes santos y santas españolas: Santa Justa, San Pedro de Alcántara, la Beata Ana María de Jesús, San Pedro del Barco, Santa Florentina, San Juan de la Cruz, Santa Julia, San Fermín, Santa María de la Cabeza, Santo Tomás de Villanueva, Santa Liberata, San Isaac, Santa Victoria, San Braulio, Santa Marcina, San Eugenio, San Prudentino, Santa Orosia, San Antonio, Santa Sabina, San Eladio y Santa Marina.

Los recuadros de los fustes de las pilastras, así como los paños que existen entre estas, aparecen espléndidamente ornamentados. En los capiteles y en el cornisamento hay un verdadero lujo de decoración; la gola de cornisa, con flores doradas; el friso, con medallones que representan los escudos de la Orden franciscana y de Tierra Santa, sobre fondo de oro; el caveto, de palmas de oro; la crestería de flores.

Ni un solo trozo de los resistentes muros que sostienen la cúpula ha quedado sin adornos, ni color pictórico, en esta rotonda. Predominan los colores dorados y los motivos vegetales y florales.

En la cúpula central alumbran seis grandes ventanales, cuyas artísticas vidrieras fueron dibujadas por Américo y la Plaza, y construidas por la casa Ayer y Cía. De Munich, en las que están representados varios episodios de la vida de la Santísima Virgen: la presentación, la anunciación, la visitación, la huida a Egipto, el desmayo de la Virgen en el calvario acompañada por San Juan y la Magdalena. Las molduras y las fajas que rodean los huecos de estas vidrieras son perfectas y a aparecen enmarcadas en mármoles con filetes de oro, guardando armonía con la decoración general de la rotonda.

Arquitectura y decoración se dan la mano en esta maravillosa cúpula, por lo que ampliaremos la información de ésta cuando nos encarguemos de la pintura de la basílica.

Frente a la entrada de la iglesia, y centrando toda la inmensa rotonda se encuentra el altar mayor o presbiterio. Su encuadramiento no puede ser más perfecto. Desde cualquier punto del templo podemos contemplarlo con perfecta visibilidad. Dos hermosas balaustradas de mármol blanco limitan el presbiterio del antepresbiterio, y están compuestas por un centenar de columnas marmóreas de pequeño tamaño, con basas y capiteles sobredorados.

Siete largas gradas de mármol blanco de una sola pieza dan acceso al plano del altar, pavimentado con grandes losas de mármol de varios colores, provenientes de Italia, Francia y Bélgica.

A los dos lados del antepresbiterio hay dos puertas monumentales que dan paso a los claustros, y sobre ellas pueden verse dos bellas tribunas destinadas, en tiempos pasados, para la familia real y su acompañamiento.

El presbiterio es conocido también como capilla mayor. Acompaña así a las otras seis: Capilla de Nuestra Señora del Olvido o de Carlos III, Capilla de las Órdenes Militares o de Santiago, Capilla de San Bernardino de Sena, Capilla de San Antonio, Capilla de Nuestra Señora de las Mercedes y Capilla de la Pasión o del Sagrario.

El coro de San Francisco el grande es una de las obras más ricas y artísticas que encierra este templo. Su importancia proviene de su majestuosa sillería de la que nos ocuparemos cuando tratemos la escultura de esta iglesia. En situación similar se encuentran la antesacristía, sacristía y aula capitular que destacan más por su decoración que por sus elementos arquitectónicos.

PINTURA Y ESCULTURA

La Iglesia de San Francisco el Grande es muy importante desde el punto de vista pictórico ya que, además de contar con cantidad de decoración en sus muros y cúpulas, cuenta con una importante pinacoteca con cuadros de artitas de la talla de Goya o Ribera. La escultura, aunque de menor relevancia, juega también un papel fundamental en la decoración de San Francisco el Grande. Realizaremos ahora un recorrido a través de la decoración de la basílica.

En el pórtico, los compartimentos de las bóvedas están decorados al fresco por el pintor Guatéele sobre fondo de oro fino y haciendo juego con figuras y adornos, resaltan entre otros, los escudos de la orden franciscana, Tierra Santa, del Carmen y de la Orden Mercedaria. Sobre cada una de las siete puertas que hay en el pórtico existe un medio punto decorado con relieves imitando bronce, dibujados por Ribera y modelados por Francisco Molí Nelly, Medrado San Martí y Rafael Salguero. Los relieves de las tres puertas centrales representan: Nuestra Señora de los Ángeles, el del centro; la muerte de San Francisco, el de la izquierda; y el éxtasis del Seráfico Padre, el de la derecha. En los otros cuatro relieves laterales, imitando medallones sostenidos por ángeles, campean en negro, las cinco cruces de Tierra Santa.

La verdadera obra maestra de este pórtico la constituye el conjunto de sus maravillosas puertas labradas en nogal de los EEUU, todas ellas de estilo renacentista español con intermedios de línea ojival. Las puertas fueron dibujadas por el joven restaurador de las esculturas del claustro de San Juan de los Reyes, en Toledo, Antonio Varela, y fueron labradas por Agustín Mústieles y construidas por la casa Juan Gras. Los finos herrajes que llevan las puertas fueron realizados por José Callejo, bajo la dirección de Justo Notario.

Son siete puertas las que hay en el pórtico, tres centrales y cuatro laterales. En las tres del centro se ven las figuras de Jesús Crucificado y las de Dimas y Gestas, a ambos lados. Los medallones de los tableros presentan en relieve escenas de la vida de Jesús. En las cuatro laterales, junto a expresivos símbolos de los sacramentos y otros motivos religiosos, destacan las imágenes de San Basilio y San Buenaventura, en el derecho, y Santo Tomás de Aquino y San Francisco, en el lado izquierdo. El cordón franciscano se desliza por el cerco de cada una de las puertas.

En la rotonda, a ambos lados de la entrada, se alzan dos preciosas pilas de agua bendita, formadas por grandes conchas de mármol blanco, sostenidas por tres angelotes de bronce sobre dorado y rematadas por un querubín bajo marmórea cruz. Esta pilas con sus bellas figuras fueron dibujadas por Vancells, modeladas por Algueró Piñana, fundidas por Zaldo, y doradas por Juan Martín.

En la parte central de la rotonda aparecen los escudos de Tierra Santa y de España con las siglas de Alfonso XIII. En las pechinas de los arcos pintó Contreras doce figuras de ángeles.

Carlos Luis de Ribera, esbozó el plan general de la decoración de la cúpula y Casto Plasencia se encargó de la dirección del proyecto, asistidos por ilustres pintores y decoradores de la época. La idea general que preside su ornamentación es la presentación de la Gloria a base de figuras de ángeles y santos que rinden pleitesía y vasallaje a su reina, Nuestra Señora de los Ángeles, advocación titular de la iglesia.

La inmensa cúpula está dividida en ocho segmentos: dos mayores que son los que caen sobre el altar mayor y el coro y otros seis más pequeños laterales. Sobre las fajas que los delimitan, Ferrant, pintó los doce profetas de cuatro metros de altura, madera recortada en forma humana y que responde a los nombres siguientes: Jacob, Moisés, Aarón, Gereón, David, Salomón, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Habucuc y Zacarías. El mismo artista dibujó las doce síbilas o profetisas en los ángulos de los segmentos pequeños laterales, de dos metros y medio de altura y que son las que, al decir de la mitología pagana, predijeron los sucesos venideros en relación con la vida de Jesús y de María. En los cuatro ángulos de los dos segmentos mayores, Ferrant pintó a los cuatro evangelistas en la parte del coro.

En el segmento que cae sobre el altar mayor Casto Plasencia pintó la Apoteosis de Nuestra Señora de los Ángeles, figura que aparece coronada por la Santísima Trinidad. En el homogéneo segmento del coro, Martínez Cubells, escenificó la Estigmatización de San Francisco, apareciendo la figura del Santo rodeada de ángeles y santos franciscanos. En el primer segmento del lado de la Epístola, Francisco Jóver pintó una serie de santos españoles, todos ellos enmarcados en sus característicos atributos. En el segmento paralelo del lado del Evangelio este mismo artista pintó un grupo de santas españolas en actitudes peculiares del triunfo de su virtud. En los otros segmentos contiguos, Plasencia pintó sendas composiciones pictóricas de arcángeles, en tanto que Domínguez pintó en los otros dos segmentos colaterales la Apoteosis de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia.

Corona esta fastuosa decoración de la cúpula el escudo franciscano, colocado en la clave del arco del coro, al par que en el arco toral del presbiterio se destaca una gran figura de ángel, fabricada en cartón piedra por Suñol, y que va colocada al aire.

A los dos lados del antepresbiterio se encuentran los dos púlpitos. Son de estilo renacentista español, y fueron trabajados, en mármol blanco de Carrara, por Nicoli. Miden cuatro metros y medio de altura y dos de diámetro su tribuna. Los dos tornavoces de los púlpitos están montados al aire, no obstante su peso es de 3500 kg cada uno. La balaustrada de acceso a las dos tribunas está embellecida por labradas columnas marmóreas, y en los recuadros de la parte superior, pueden admirarse hermosos relieves en mármol sobredorado que representan episodios de la vida del Seráfico Patriarca.

Apoyados en las pilastras existentes entre las grandes arcadas, que dan paso a las seis capillas laterales, se alzan doce estatuas de los apóstoles, imprimiendo a la rotonda una nueva nota de grandiosidad. Las estatuas descansan sobre altos pedestales de 2,66 m de altura, construidos en mármol rojo de Rentería, y cada una tiene una altura de 2,10 m. Todas las estatuas fueron modeladas en barro por ilustres escultores de la época, siendo enviado luego dichos modelos a Italia, en donde fueron esculpidos en mármol blanco de Carrara por afamados artesanos. Comenzando por el lado del Evangelio y contorneando toda la rotonda, pueden contemplarse las doce estatuas por el siguiente orden: San Pedro, de Suñol; San Bartolomé, de Bellver; San Tadeo, de Gandarias; San Mateo, de Benlliure; San Simón y San Felipe, de Montó y Lluch; Santiago el Menor y Santo Tomás de Elías Martín; Santiago el Mayor, de Vallmitjana; San Juan, de Samsó, San Andrés de Bellver y San Pablo, de Suñol.

La mesa del altar de estilo renacentista, lo mismo que su zócalo, lo forman gruesas planchas de mármol blanco, enriquecidas con hermosos relieves sobre dorado. El Sagrario, obra de Juan Ruiz Schumague, es de mármol con puerta de plata repujada y sobredorada. El tabernáculo, de un rico valor artístico y los candeleros fueron dibujados por Cachavera y fundidos en Lyon.

Contorneando la parte central del altar mayor, se alzan cuatro soberbias estatuas de los evangelistas sobre enormes pedestales de mármol negro de Mañaría. Las estatuas hacen pensar a primera vista que son de bronce sobredorado pero no es así. Bajo la dirección de Suñol, fueron modeladas en madera, por San Martí las de San Juan y San Mateo, y fueron modeladas en escayola por Molineli las de San Marcos y San Lucas.

Alrededor de toda la capilla mayor encontramos una sillería, compuesta por veintiséis sitiales de fino nogal, suntuosamente labrada y rematada por una fina crestería. Esta obra de arte proviene del Monasterio de Jerónimos de Santa María del Parral (Segovia) y reconoce como autor a Bartolomé Fernández, aunque sufrió una restauración por Ángel Guirao al ser instalada.

Las pinturas del muro absidal están divididas en cinco paneles, separadas por pilastras de estilo jónico-corintio. Fueron pintados por Domínguez y Ferrant, y en ellos están representados episodios de la vida de San Francisco. Ferrant pintó los dos paños de la parte del Evangelio, en los que aparece San Francisco recibiendo de manos de Honorio Segundo, la bula de concesión del célebre jubileo y en el otro más pequeño figura una pobre y pequeña celda del Poverello de Asís. Los dos paneles laterales de la Epístola fueron pintados por Domínguez, y nos presentan a San Francisco en oración y en el otro más pequeño se rememora el milagro del rosal. Estas cuatro composiciones pictóricas están presididas por un grandioso lienzo central, pintado conjuntamente por Ferrant y Domínguez, y en el cual se ve a Jesús y la Santísima Virgen en aparición a San Francisco. Todas estas pinturas son de un verismo extraordinario y de un espléndido colorido.

La parte de la media bóveda que cubre el ábside del altar mayor fue pintada por Contreras, y en ella, sobre fondo de oro, aparecen distintos grupos de ángeles de tres metros de altura y con alegorías de la Pasión. Dentro del arco toral del presbiterio aparece decorado por Contreras, el Tránsito de la Santísima Virgen.

Nos ocuparemos ahora de las seis capillas laterales:

Capilla de Nuestra Señora del Olvido o de Carlos III

Es la primera capilla del lado del Evangelio. Se conoce con los nombres de Nuestra Señora del Olvido, en atención a la imagen que preside el altar. Recibe asimismo , el título de Carlos III en recuerdo, de la creación de la orden española creada por el mismo monarca.

El altar, de mármol, de estilo neoclásico y barroco, es obra de Nicoli.

El muro central fue pintado por Casto Plasencia, y representa al rey CarlosIII, cubierto de un manto de terciopelo azul, que, arrodillado, presenta a la Virgen el collar de la orden de su real fundación. En el muro lateral del Evangelio, Domínguez pintó a la Virgen del Carmen, y en su derredor, en actitud de recibir el santo escapulario, pueden verse las figuras de Simón Stok, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, San Andrés Corsino, San Franco de Sena y Santa Catalina. En el muro lateral de la Epístola hay una pintura de Oliva que representa la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción por el Papa Pío Noveno. Completan la decoración y ornato de esta capilla unos medallones dorados con las insignias de la orden del Toisón de Oro y de la obra pontificia de Caballeros de Cristo. Aparecen también los escudos de la orden franciscana y del Santo Sepulcro en el fondo de las pechinas. El pintor Poza decoró las cuatro pilastras.

Capilla de las Órdenes Militares o de Santiago

El cuadro central de la capilla fue pintado por Casado del Alisal y nos recuerda la aparición del apóstol Santiago a los soldados españoles en la Batalla de Clavijo. Algunas de sus figuras como el caballo blanco y el moro negro son de un verismo extraordinario. El lienzo mural de la Epístola representa a San Juan Bautista bautizando en el Río Jordán y fue pintado por Contreras. El resto de la capilla fue decorada por Bueso a base de motivos guerreros y escudos y cruces de las cuatro órdenes, apareciendo en las pechinas de los bustos, en escayola, de fundadores y maestros de las órdenes.

Capilla de San Bernardino de Sena

Esta capilla recibe el nombre de San Bernardino o de Goya, en atención al cuadro del célebre pintor aragonés que preside el altar. La capilla es de estilo plateresco y fuera de la pequeña cúpula no tiene pinturas. El altar, de barros cocidos o mayólicas es obra de Molineli. El cuadro central es una verdadera obra del arete pictórico. Goya pintó el cuadro en exclusiva para la iglesia cuando era joven, a juzgar por el autorretrato que aparece en el ángulo derecho del cuadro. En el se representa a San Bernardino de Sena, predicando al rey don Alfonso de Aragón, rodeado de los magnates de su corte napolitana.

El del lado de la Epístola es de Calleja y recoge la aparición de la Virgen a San Antonio de Padua. El del lado del Evangelio, obra de González Velásquez, está basado en la visita de San Buenaventura a la Basílica de Padua. La cúpula colorida y luminosa fue pintada por Luis Menéndez Pidal y en ella se nos ofrece una visión alegre de la apoteosis de las virtudes. Contorneando el arranque de la cúpula aparecen modelados en escayola los bustos de San Pedro de Alcántara, Santa Teresa de Jesús, Santa Clara y San Buenaventura.

Basílica de San Francisco el Grande

Capilla de San Antonio

Esta capilla está dedicada a San Antonio de Padua, cuya imagen preside el altar. Es de estilo barroco. Hay tres grandes cuadros que penden de sus muros. El cuadro central es una Purísima de Maella de la buena escuela sevillana; el de lado de la Epístola, obra de Castilla, recuerda el abrazo de Santo Domingo y San Francisco en Roma; en tanto que el del lado del Evangelio representa a la sagrada familia en Nazaret y reconoce como autor a Ferro. En la cúpula encontramos la representación de un concierto de ángeles por Roberto La Plaza.

Capilla de Nuestra Señora de las Mercedes

Es la única capilla que en toda su decoración responde al pensamiento y al estilo de un mismo autor, Carlos Luis de Ribera. Es de estilo renacimiento italiano. El altar, construido en 1600, con destino a Nuestra Señora de los Ángeles de Florencia está formado por mármoles de distintas clases. El sagrario, de plata maciza, así como su balaustrada, son de estilo florentino.

Preside el altar una imagen de la Purísima. Todas las pinturas que adornan los muros de la capilla llevan la firma del pintor Ribera, y el motivo principal de toda la decoración pretende simbolizar el amor divino y la caridad cristiana. El cuadro central representa a la Virgen María y al Niño Jesús. El cuadro lateral de la Epístola representa la aparición de la Virgen y el Niño a San Antonio. En el lado del Evangelio se simboliza el amor divino. La cúpula tiene como motivo a la Virgen y a los Apóstoles en ademán de rendir adoración al cordero de Dios símbolo de la caridad y del amor.

Capilla de la Pasión o del Sagrario

Esta capilla contiene gran variedad de mármoles y mosaicos. El plan general de la decoración es obra de Contreras y está inspirada en Santa Sofía y San Demetrio. Se ajusta al estilo bizantino románico. El altar fue proyectado por Ramiro Amador de los Ríos y ejecutado bajo la dirección de Nicoli siendo digno de especial mención el magnífico frontal bizantino. El muro central, pintado por Hernández Amores, representa la escena de la crucifixión en el calvario; el cuadro lateral del lado de la Epístola es de Moreno Carbonero y escenifica el Sermón de la Montaña; el lado lateral del Evangelio fue pintado por Muñoz Degrain, sobre el motivo del entierro de Jesús. En la pintura de la cúpula, que constituye una maravillosa síntesis de Teología de la Santísima Trinidad colaboraron Ferrant, Degrain y Moreno Carbonero.

La actual sillería colocada en el coro de San Francisco el Grande consta de cuarenta sitiales y al ser instalada en esta iglesia fue restaurada con trozos de otras sillerías bajo la dirección de Guirao. Destacan sus delicados calados, sus tableros, llenos de minuciosas figuras, así como su crestería. Merece especial mención el atril central con la figura de San Gregorio Magno. Aprovechando la bóveda del coro, los pintores Ribera y Casto Plasencia compusieron un cuadro que representa la muerte y entierro de San Francisco. Es una pintura mural con figuras mayores del tamaño real, rematada en el espacio central por un cuadro de Garnelo que simboliza la Gloria y en el que aparece el eterno Padre rodeado de ángeles.

En la parte lateral derecha del coro se halla instalado un magnífico órgano.

Antesacristía, sacristía y aula capitular

una puerta de dos hojas de estilo rococó francés, situada en uno de los ángulos de los pasillos del claustro que da entrada a la antesacristía sala casi cuadrada de 8,20 metros de largo por 7,33 de ancho.

El pavimento está formado de ricas maderas de roble, caoba y nogal. Las paredes están decoradas con cornucopias y otros adornos. La bóveda fue decorada por Contreras y en su parte central hay un medallón de estilo pompeyano pintado por el citado artista.

La sacristía es espacioso salón rectangular con 23 metros de largo por 7.42 de ancho. Aparece ensamblada de madera finísima tanto en el pavimento como en los zócalos y los respaldos de las paredes. Posee una cajonería enriquecida con 22 espejos. Sobre el dintel de una de las dos puertas laterales hay una hornacina con una imagen en bronce de San Francisco, copia del original de Alonso Canon. Alrededor de los muros que contornean toda la sacristía pueden contemplarse 12 importantes cuadros con la figura de los apóstoles atribuidos a Rivera.

La bóveda de la sacristía está decoradas con vivos colores en la parte central hay una magnífica pintura de Contreras que representa la coronación de la Virgen. En los dos lunetos extremos de la misma bóveda han sido pintadas dos escenas de la vida de San Francisco.

Otra puerta de dos hojas introduce en el aula capitular, en la que se encuentra la antigua sillería que adornaba el aula del capítulo de la Cartuja del Paular. La sillería del siglo XV o principios del XVI es de estilo renacimiento, con algunos resabios góticos. Sufrió una restauración por Guirao.

El techo (o pequeña bóveda) está adornado con pinturas alegóricas a las virtudes de la fe y esperanza y con los escudos de la orden franciscana y tierra santa.

Pinacoteca Franciscana.

Los cuadros de la pinacoteca de San Francisco el Grande se hallan expuestos en los pasillos del claustro que bordean la capilla mayor o presbiterio. Se trata de pinturas realizadas, en su mayor parte, por los artistas de los siglos XVIII y XIX. Entre los cuadros que pueden contemplarse en los pasillos claustrales destacamos los siguientes:

  • San Francisco restaurando como albañil la Ermita de San Damián; San Francisco y Santo Domingo con un dragón infernal; Nacimiento de San Francisco en un establo; San Francisco en la prisión atado con cadenas; Bautismo de San Francisco; San francisco con el Sultán de Egipto; San Francisco de rodillas delante del crucificado; San Francisco entregando sus vestidos a un pobre; San Francisco abrazando a un leproso y San Francisco maltratado por su padre. Todos estos reconocen como autor a Zacarías González Velásquez.

  • San Francisco y el lobo Gubio; San Francisco difunto; Éxtasis de San Francisco con ángeles músicos; San Francisco repartiendo limosna y San Francisco con un niño en sus brazos. Estas cinco pinturas son de Camarón.

  • San Francisco cortando el pelo a una joven y San Francisco predicando a los pajarillos. Ambos de Carnicero.

  • El episodio de la porciúncula; San Francisco cubre con su manto a un niño; San Francisco con los benedictinos y San Francisco y las tres órdenes franciscanas. Estos cuatro cuadros son de Manuel de la Cruz.

  • San Juan Bautista abrazando a un cordero; Santo Domingo de Guzmán y San Antonio acariciando al niño Jesús. Las obras pertenecen a Gaspar Crayer.

  • San Pío V, de Carducci.

  • Santa Lucía y Santa Bárbara, de Van Loo.

  • San Francisco dando limosna a un pobre, de Mateo Silvela y Casado.

  • San Buena Ventura recibe la visita de Santo Tomás, de Zurbarán.

  • Jesucristo recibiendo el mundo de manos del Espíritu Santo, de la escuela de Guido Reni.

  • La virgen de la Sierra, de Sánchez Coello.

Entre todos estos cuadros merece especial mención el que representa a san Bernardo repartiendo panes a los pobres, composición pictórica atribuida a Velázquez en colaboración con su suegro Pacheco.

CONTEXTO HISTÓRICO

La Basílica de San Francisco el Grande fue construida durante el reinado de Carlos III. Carlos III es el monarca más representativo del despotismo ilustrado en nuestro país. Luchó decididamente contra el exceso de poder de la iglesia y la nobleza, llegando a la expulsión de los jesuitas en 1767. EN su reinado comenzó el desarrollo de la burguesía española, concentrada en los dos puertos comerciales más importantes,
Cádiz y Barcelona. Las fuerzas reaccionarias se revelaron contra el rey y su programa de reformas, incitando al pueblo en el Motín de Esquilache , que si bien la tradición lo atribuye al decreto que ordenaba cortar las capas y cambiar el sombrero, los motivos fueron mucho más profundos.
A raíz de estos hechos, acaecidos en 1766, se abrió una brecha entre el poder del rey y los de la iglesia y la nobleza.
Carlos III no siguió la política de neutralidad de su antecesor, Fernando VI, entrando en el Guerra de los Siete Años (1756-63) al lado de Francia. Posteriormente ayudó a los independentistas americanos contra Inglaterra, consiguiendo en la Paz de Versalles (1783) la devolución de Florida y Menorca, aunque Gibraltar siguió en poder de los británicos.
Carlos III fue el rey que más hizo por Madrid, aunque apenas residió en la capital de su reino. Su vida en España transcurrió entre los Reales Sitios de Aranjuez, El Pardo, La Granja  y El Escorial, viniendo a Madrid unos 70 días al año (Semana Santa, Navidad y primero días de Julio).
Un detalle esencial en la vida de Carlos III fue su viudedad desde el primer año de reinado en España. María Amalia de Sajonia murió en el 27 de Septiembre de 1760, cuando su esposo Carlos llevaba dos meses siendo rey desde la coronación oficial en el 13 de Julio de 1760. Admirada vio España a su rey conservar la memoria de la reina sin volver a realizar nupcias, durante los 28 años que le quedaban de vida y de reinado. Carlos III se volcó sobre sus funciones de gobierno y de animador cultural de la nación, llegando a ser uno de los monarcas más cultos de su época, rodeado de los mejores artistas, pensadores y científicos.
En Madrid ordenó realizar 9.000 pozos de saneamiento, el empedrado de las calles y la sustitución de los tiros de mulas por los de caballos. En 1764 terminó las obras del Palacio Real, mientras comenzaba el alumbrado de Madrid con Parrillas de aceite que eran almacenadas en número de 8.000 para atender al servicio durante seis meses, en previsión de dificultades de suministro.
EL conde de Aranda fue realmente el que concibió la idea de transformar los Prados de Atocha y San Jerónimo en el gran paseo que la Ciudad Ideal del Siglo de las Luces proponía. En él tendrían lugar los encuentros entre la nobleza culta y el rey, rodeados de los edificios que representaban la Ciencia (el Gabinete de Historia Natural) y la Naturaleza (Jardín Botánico).
En 1775 comenzaron las obras según proyecto de Hermosilla y esculpes de las fuentes y razadas pro Ventura Rodríguez.
La idea original preveía un pórtico cubierto con instalación de cafés y chocolatería.
Quizá porque fuese demasiado popular, esta medida no llegó a llevarse a cabo.
También es interesante recordar el puritanismo de Carlos III que fue demostrado al ordenar destruir las pinturas de desnudos de Tiziano, Rubens, y otros artistas.
Su hijo Carlos IV creyó más convenientes situarlas en una sala reservada de la Real Academia de Bellas Artes para que pudieran ser estudiadas por los nuevos pintores.
Una vez mas la contradicción surge de la actitud de un rey como Carlos III, que luchó pro recortar los excesivos poderes de la nobleza y la iglesia, pero llevaba en su corazón sentimientos profundamente relacionados con aquello que creía combatir.
Carlos III trajo de Italia a su arquitecto Francisco de Sabatini, yerno de Vanvitelli, el constructor del formidables palacio de Caserta, en las cercanías de Nápoles. Sabatini desbancó a Ventura Rodríguez de las obras reales y controló todo hasta la madurez de Juan de Villanueva que fue madrileño de nacimiento y universal de corazón.

HISTORIA DE SAN FRANCISCO EL GRANDE


San Francisco de Asís en Madrid

Según una tradición antiquísima que se remonta a los albores del franciscanismo en el siglo XIII, San Francisco de Asís estuvo en España aunque no hay acuerdo de la fecha de esta visita entre los historiadores. Aunque la fecha más probables se fija en 1214. Entre las ciudades que visitó se encuentra Madrid cuando ésta se centraba principalmente en la superficie que ocupa en barrio de La Latina. El Santo, levantó una choza al lado de la ermita que allí existía. La ermita estaba dedicada a Santa María.

En esta primitiva fundación franciscana del antiguo Magerit, vivió por algún tiempo San Francisco. Con la llegada de nuevos discípulos se construyó un convento igual de pobre pero más amplio que fue el mismo con las sucesivas restauraciones que los antiguos biógrafos de Madrid reconocen con el nombre de Cuarto Viejo, el cual, consolidado y ampliado, subsistió hasta el año 1617.

Iglesia y convento de Jesús y María

A finales del siglo XIV se reconstruyó la iglesia de Santa María, dándole mayor amplitud recibiendo el título de Jesús y María, aunque fue conocida más tarde, al igual que el convento, con el nombre de San Francisco. Ese mismo título ha subsistido después, ya que la iglesia conocida vulgarmente con el nombre de San Francisco el Grande, está en realidad dedicada a Sta. María de los Ángeles.

El convento y la iglesia de Jesús y María fueron objeto, con el tiempo, de cambios y reformas. La iglesia era predominantemente de estilo gótico.

Nuevas capillas y cenotafios

La iglesia de Jesús y María experimento sensibles mejoras ya que las nobles familias madrileñas ampliaron y enriquecieron el primitivo templo franciscano con la erección de nuevas capillas destinadas a sus enterramientos, crearon fundaciones y patronatos y dejaron cuantiosos legados y memorias. En las nuevas construcciones siguió predominando el estilo ojival, pero fueron apareciendo también las arquitectónicas líneas renacentistas.

Ruy González de Clavijo, vecino de Madrid y famoso caballero, y embajador cerca del gran Tamerlan de Persia, edificó a sus costas la capilla mayor de la iglesia, en cuya parte central levantó un soberbio sepulcro de alabastro, rematado con la figura yacente de tan ilustre personaje a fin de que allí se guardaran sus cenizas y las de su familia.

Otro célebre cenotafio, emplazado en la capilla mayor fue el Marqués de Villena, autor del arte Cisoria y de otras obras de nigromancia y hechicería.

En 1452 don Pedro de Luján, edificó al lado de la Epístola una capilla con un magnífico mausoleo. Al pie de las gradas del altar mayor se alzaba el panteón de la noble familia de los Zapatas. En 1458, don Diego Sánchez de Vargas, reedificó la capilla del Evangelio.

Otra capilla fue adquirida en patronato por don Pedro Luzón, tesorero y alcaide de los Reales Alcázares, la cual una vez restaurada y embellecida, guardó las cenizas de este prócer madrileño.

Otras familias ilustres reposaron en otros mausoleos así la iglesia de Jesús y María llegó a tener veinticinco capillas con cuarenta y un altares y disfrutó de más de 163 fundaciones y memorias.

Derribo de la iglesia. Proyecto de Ventura Rodríguez

El renombre de que gozaba la Iglesia de Jesús y María unido a la construcción poco firme que ofrecía a causa del terreno movedizo y al hecho del crecido número de frailes que componían la Comunidad Franciscana, movieron a los superiores a levantar una nueva iglesia monumental que respondiera a las necesidades y a la bien lograda fama de que gozaba la Iglesia.

En 1760 se comenzó el derribo de aquellas construcciones para dejar expeditos los solares sobre los que había que levantarse el monumental templo proyectado.

Los planos fueron encomendados al arquitecto Ventura Rodríguez que presentó su proyecto en 1761. El artista madrileño, inspirándose en la línea de Miguel Ángel y de otros arquitectos del Renacimiento, presentó el proyecto de una iglesia formada por tres naves con su correspondiente crucero y rematada por dos airosas torres. Los planos fueron rechazados por diversos motivos entre los cuales, y no era el menos importante, el que para la construcción de la obra proyectada se exigía el derribo de parte de las dependencias ocupadas por el Cuarto de Indias, resistiéndose su Comisario General a ceder dichos solares.

Proyecto de Francisco Cabezas

Abandonado el diseño trazado por Ventura Rodríguez, los superiores de la comunidad franciscana encargaron los nuevos planos a un hermano lego franciscano, Fray Francisco Cabezas. En 1761 entregó su proyecto a los superiores los cuales les dieron el visto bueno y lo presentaron al Ayuntamiento de Madrid.

No faltaron contratiempos ni dificultades, sobre todo al abrirse los cimientos y proceder a los primeros trabajos de consolidación de la nueva iglesia.

Primera piedra y comienzo de las obras

En noviembre de 1761 tuvo lugar la ceremonia de colocación de la primera piedra. Fray Francisco Cabezas continuó durante siete años la dirección de las obras. Carlos III por su parte, entregó importantes donativos. En los trabajos dirigidos por Francisco Cabezas se gastaron alrededor de cinco millones de reales.

En 1768 una orden superior de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando suspendió los trabajos a fin de que se estudiara a fondo el proyecto diseñado por el lego franciscano, que según el criterio de algunos expertos la debilidad de los muros levantados resultaban insuficientes para sustentar la inmensa cúpula proyectada. Fue por este motivo por el que Cabezas abandonó la dirección de las obras.

Reanudación de las obras

Durante varios años se entabló una gran polémica entre los arquitectos de la corte, en la que también participó Ventura Rodríguez. En un estudio que el Consejo de su Majestad autorizó en 1770 a Julián Yarza y pedro de Cevallos, arquitectos del Reino de Aragón, se declaró que toda la fábrica era sólida, firme, constante y bien acondicionada.

Antonio Plo, bajo la dirección del celebre maestro Sabatini, nombrado expresamente por Carlos III fue el encargado de continuar las obras. Otro no menos ilustre arquitecto don Miguel Fernández, fue al que le cupo el honor de cerrar la cúpula en 1784. Ya estaba en pie la gran basílica pero faltaba su ornamentación artística, labor que había de retrasarse hasta 1878, año en que Canovas del Castillo inició la definitiva restauración artística que ofrece la iglesia de San Francisco el Grande.

Los trabajos de restauración, realizados en varias etapas duraron hasta 1917. Para la perfecta realización de este proyecto se encomendó la dirección artística de pintura histórica a Carlos Luis de Ribera; los trabajos arquitectónicos a Simeòn Avalos; la decoración a Marcelo Contreras; la carpintería a José Pérez Benito; las obras de escultura a Suñol ; de marmolería a los hermanos Nicoli y como inspector de las obras fue designado Casto Plasencia.

Aún sin estar finalizadas las obras de decoración, la nueva iglesia fue inaugurada y abierta al culto en1889. Esta iglesia fue reconocida como Basílica Menor en 1963 El pasado 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, se ha reabierto finalmente la iglesia tras la retirada de los eternos andamios. Los últimos dos meses tuvo que estar cerrada al culto para facilitar las labores de limpieza. Aunque los andamios se levantaron en 1974, durante muchos años las obras estuvieron paralizadas. La restauración ha corrido a cargo de la Institución de la Obra Pía de los Santos Lugares —dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores—, del Instituto de Patrimonio Histórico Español, y del Ministerio de Cultura.

. Todos los desperfectos del interior se produjeron por la entrada de aguas por los tejados —en malas condiciones—, lo que atacó a frescos y pinturas, ahora ya restaurados. Estando ya los andamios puestos, decidieron arreglar primero la parte exterior. Se restauró la cúpula por fuera, con chapas de aluminio, y su maravillosa iluminación nocturna permite distinguir a San Francisco el Grande desde diversos puntos del sur de Madrid. Algunos arcos, además, se tuvieron que rehacer de nuevo, ya que corrían el riesgo de derrumbarse. Actualmente ya sólo quedan algunos pequeños detalles por terminar, como la mejora de su iluminación interior.

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