Baile

Manifestaciones artísticas. Danza. Orígenes históricos. Evolución bailes. Folclore y cultura humana. Artes clásicas. Música. Ballet

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Baile y Danza

El hombre, desde sus más remotos orígenes, como ser sociable y religioso a un mismo tiempo, sintió la necesidad de comunicarse con sus semejantes y con los poderes sobrenaturales. Para ello, con anterioridad al dominio del lenguaje y a la difusión de la expresión oral, tuvo que recurrir a sus propias limitaciones, a su propio cuerpo, para contactar con las divinidades, rendir culto a la naturaleza y poder expresar a sus congéneres de forma instintiva y espontánea sus propios sen­timientos, necesidades o temores.

Por eso con unos movimientos corporales rítmicos que siguen un patrón, acompañados generalmente con música sirvieron como forma de comunicación o expresión ya que los seres humanos se expresan a través del movimiento. La danza es la transformación de funciones normales y expresiones comunes en movimientos fuera de lo habitual para propósitos extraordinarios. Incluso una acción tan normal como el caminar se realiza en la danza de una forma establecida, en círculos o en un ritmo concreto y dentro de un contexto especial entre otras cosas.

No se puede negar la antigüedad de este arte porque para algunos antropólogos, es anterior a la aparición del ser humano el sentido de que, en cuanto a actividad natural e instintiva, aparece en diversos planos de la animal. Se habla así de la danza nupcial en numerosas aves. Se designa de igual manera el ritmo del movimiento ritual de algunas especies de serpientes antes de lanzarse al ataque.

Junto a la pantomima y la gesticulación más primigenia el hombre incorporó como acompañamiento diferentes sonidos, de carácter rítmico y repetitivo, que convirtieron esos iniciales movimientos corporales en ritos ancestrales vinculados a las creencias y religiosidad de los pueblos y tribus de la antigüedad.

Por esta razón es considerada como una de las primeras artes de la humanidad, ­por el hecho de que la danza ha ocupado un papel primordial en la evolución ­de las civilizaciones, en unas ocasiones como instrumento ­al servicio de creencias míticas y mágicas, otras veces como reflejo y expresión de las costumbres, saberes y preocupaciones de determinadas sociedades, y, en fin, como medio de diversión y entretenimiento de las más variadas gen­tes y clases sociales.

Origen y desarrollo. En el arranque de la civilización se registró una estrecha relación entre danza y juego, como manifestaciones naturales ambas de la vitalidad y la expresividad humana. Así, podrían equipararse el llamado instinto de juego y la espontánea inclinación a la danza. En tal sentido, ha de considerarse la danza como manifestación del excedente de energía del ser humano o como una actividad catártica, de liberación de impulsos.

La danza presenta la peculiaridad intrínseca de ser un arte intangible y fugaz, que se funde en los cuerpos de quienes la realizan y perece al concluir el movimiento. En consecuencia, su representación fue incompleta y estática prácticamente a lo largo de toda la historia hasta que las técnicas cinematográficas permitieron reproducir la imagen en movimiento.

El estudio de los modos culturales que mani­fiestan las tribus primitivas que aún sobreviven permite suponer con fundamento que la danza, entendida como movimiento rítmico del cuerpo, con acompañamiento sonoro o sin él, comenzó a configurarse en torno al sonido que producían los pies de los danzantes, quienes, en su expresión corporal, individual o colectiva, prestaron cada vez mayor atención a lo que habría de convertirse en la esencia de la danza: el ritmo. El acompasa­miento de gestos y movimientos se vería sucesiva­mente reforzado por el batir de palmas, la percu­sión y, más tarde, la instrumentación.

Según las especulaciones antropológicas, las pri­meras danzas humanas eran individuales y se re­lacionaban con el cortejo amoroso. Las colectivas aparecieron también en el origen de la civilización y su función, utilitaria y evocadora dentro de un contexto religioso, se asociaba a la adoración de las fuerzas superiores o de los espíritus para con­seguir el éxito en expediciones guerreras o de caza, o para solicitar la bonanza o la lluvia. Las danzas para invocar las lluvias persistieron durante siglos en algunos lugares, y la creencia en el hacedor de lluvia permaneció viva en el acervo cultural de los indios de Norteamérica. La danza primitiva encerraba, pues, un valor simbólico y, en ella, los danzantes no representaban a personas concretas, sino que encarnaban a un espíritu, a un poder superior que se expresaba a través de quien bailaba. En tales danzas tribales, todos los danzantes eran actores y desempeñaban un papel en el conjunto:

Se diferenciaban así los papeles principales, los del coro o los que acompasaban el ritmo con instrumentos o con las manos. Se trataba de una cere­monia ritual colectiva en la que todo —ritmos, pasos, máscaras, vestidos— obedecía a una pauta definitiva. En este contexto han de situarse, como expresión máxima de la catarsis de la danza, las manifestaciones de cultos animistas como el vudú o la macumba, que perduran aún en Haití y Brasil respectivamente.

La introducción en el conocimiento humano de la sensibilidad artística determinó la configuración de la danza como manifestación estética. En la antigua Grecia, la musa de este arte, Terpsícore, inspir­aba a los danzantes y les confería gracilidad y agilidad, rasgos éstos que se acentuarían a lo largo la historia para culminar en la que tal vez sea la más exquisita de las manifestaciones de la danza, ­el ballet. En otros términos, la evolución del baile determinó la aparición de estilos cortesanos y palaciegos, y, en especial, de expresiones de dan­za popular que constituyen la raíz de la tradición y del folclor.

Perfil histórico. En el antiguo Egipto, veinte siglos antes de Cristo ya se habían establecido las danzas astronómicas en honor del dios Osiris. El carácter religioso y profundamente simbólico, de alto contenido espiritual, fue, de uno u otro modo, común a la danza oriental y se muestra aún patente en las danzas clásicas de los pueblos asiáti­cos, conservadas y ejecutadas rigurosamente. De ello constituyen una excepción las danzas de los países islámicos, cuyo sentido, ritmo y contenido coreográfico discurrió evolutivamente por singu­lares derroteros.

Antigüedad clásica. En la Grecia clásica, la danza apareció con frecuencia vinculada a los jue­gos, y singularmente a los olímpicos. En estas ma­nifestaciones se hacía patente, más que en ningu­na otra ocasión, el sabio equilibrio de músculos y articulaciones, de respiración y circulación, en el que juego y danza se conjugaban. Entre las diver­sas danzas corales de la Grecia clásica se diferen­ciaban múltiples modalidades como las guerreras (gimnopédicas, pírricas) o las interpretadas en ho­nor del dios Dioniso que, conocidas como dioni­síacas, tenían lugar en conmemoración de cada una de las estaciones del año.

En el ámbito romano, los ritos religiosos en los que el baile constituía un elemento principal se ini­ciaron a la manera de los griegos, aunque a con­tinuación degeneraron para convertirse en las lla­madas danzas orgiásticas, que eran características de las fiestas de Baco, las bacanales. Con la apa­rición y consolidación del cristianismo se produjo una radical remisión de este tipo de manifestacio­nes, que prácticamente desaparecieron, si bien la danza popular se introdujo progresivamente en las celebraciones cristianas, incluso en el interior de los templos, como en el caso de la danza de los sei­ses de las catedrales de Sevilla y Córdoba, tradi­ción española aún vigente. Otras fiestas popula­res, singularmente los carnavales, mantuvieron viva la secular tradición coreográfica.

Danza cortesana. Con el Renacimiento, la danza teatral, virtualmente extinguida en siglos an­teriores, renació pujante en los escenarios cortesa­nos y palaciegos. A partir del siglo XVI se inicio la elaboración de tratados sobre el arte de la dan­za. El ideal estético de la época trascendió el ám­bito de las cortes italianas en las que nació para extenderse por toda Europa. En la que puede con­siderarse primera época de desarrollo de la danza moderna adopté una función preponderante la pantomima que, derivada del mimo, logró su máxima expresión en la comedia del arte italiana.

Cada país, y más concretamente cada corte eu­ropea, fue creando sus formas peculiares de dan­za. Así, se establecieron el branle francés, un baile de corro en el que podía participar todo el que lle­gaba, y el volta, que gustaba sobremanera a Isa­bel I de Inglaterra, al tiempo que, según parece, es­candalizaba a los clérigos de la corte. España puso de moda la pavana y la zarabanda, y asimismo fue­ron apareciendo y popularizándose la chacona y el pasacalle. Compositores geniales como Johann Sebastian Bach y Wolfgang Amadeus Mozart in­corporaron a sus composiciones ritmos de danza, casi siempre tomados del folclor.

Una de las danzas europeas más complejas en su ejecución era el minué o minuetto, de movi­miento moderado y que constituye la representa­ción del refinamiento cortesano del siglo XVIII. Después fue el vals la danza cortesana por exce­lencia, y con él se inició el paso de la danza en gru­po al baile de parejas; grandes compositores como los Strauss contribuyeron a la popularización de esta danza, que, no obstante, tuvo enconados de­tractores. Algo semejante ocurrió, ya en el primer cuarto del siglo XX, con el tango, baile de pareja de origen y espíritu argentino, que llegó a ser pro­hibido por inmoral por la autoridad eclesiástica. Igualmente discutido fue el charleston que, aun­que de vida efímera, alcanzó altas cotas de popu­laridad y que en cierto modo preludié los ritmos modernos, iniciados con el rock and roll.

La historia ha influido sobremanera en el desarrollo de la danza, ya que ésta fue progresivamente desprendiéndose de su primigenio sentido ritual y religioso en beneficio de una funcionalidad lúdica y estética que derivó con el transcurrir de los siglos en dos formas sociales y culturales diferentes de concebir el espectáculo de la danza. Por un lado, su carácter de manifestación colectiva contribuyó a su consolidación ­como expresión festiva, popular y folclórica, mientras que sus valores estéticos y visuales favorecieron la aparición de una danza de carácter teatral, el ballet, caracterizada por una mas clara diferenciación entre espectador (personaje que contempla) y bailarín (artista que actúa ante un público realizando ­movimientos corporales acordes con la música que interpreta).

La danza ha de valorarse, en todo caso, no sólo como el resultado artístico de un discurrir histórico, de unas civilizacion­es en evolución constante, con sus preocupaciones religiosa­s, sus costumbres, sus comportamientos sociales y sus ocios, sino también como el reflejo de la capacidad expresi­va y cultural de cada pueblo.

Cabe reseñar a este respecto el interés creciente de la administración pública y de algunas fundaciones privadas por defender, preservar y difundir las danzas autóctonas como una forma más de rescatar el valioso patrimonio cultural y artístico legado por el pasado. Asimismo, ámbitos del saber humano como la antropología, la sociología o la psicología han ido ocupándose en mayor medida de la danza como fuente fundamental para el conocimiento de las sociedades presentes y pretéritas.

Si, como se ha mencionado, la danza es el reflejo de un pasado cultural no es menos cierto que esta forma artística no debe anclarse sólo en formas y presentaciones tradicio­nales o académicas, anquilosándose en cierta medida. Debe ser también un espectáculo vivo y para ello ha de corres­ponder a las inquietudes y gustos estéticos de los nuevos tiempos incorporando cuantas innovaciones técnicas, rítmicas, visuales, expresivas y estéticas se vayan sucediendo tan­to en la propia parcela de la danza como en otros es­pectáculos artísticos con similares lenguajes y posibilidades expresivas.

De los orígenes de la danza a la música contemporánea

Desde los remotos inicios de la humanidad la danza ejer­ció una singular función en el desarrollo de los ritos mági­cos y de las creencias religiosas, ya que los movimientos corporales, repetidos constantemente y casi de forma auto­mática, eran el principal instrumento comunicativo emplea­do por magos y chamanes para relacionarse con las divini­dades y las fuerzas sobrenaturales en espera de ayuda y protección.

Danzas paroxistas y orgiásticas, danzas fálicas y de fecun­didad, danzas guerreras, danzas totémicas y danzas sacras constituían el repertorio esencial de los ritos de los pueblos antiguos (egipcios, griegos, romanos, culturas precolombi­nas, civilizaciones china e hindú...). Dichas danzas, pese a su distinta funcionalidad mágica, tenían en común la utili­zación de un complejo y enigmático conjunto de signos y símbolos sólo comprensible para iniciados; el empleo de máscaras, tatuajes y vestidos rituales; y la ejecución de una serie de movimientos y gestos codificados, repetitivos y es­tilizados. Todo ello nos habla de una concepción abstracta y mítica del universo, aún perdurable en pueblos primitivos actuales, que ha ido perdiendo fuerza con la progresiva su­cesión en la historia de las grandes civilizaciones, muchas de ellas íntimamente relacionadas con la aparición de alguna de las grandes religiones y creencias universales.

Con el transcurrir de la edad media y la época moderna la danza fue abandonando en occidente su cariz mistérico y religioso, en parte por la persecución de que fue objeto por la iglesia cristiana, la cual consideraba la danza como un acto pagano, obsceno y de escasa moral, y en parte por la pro­gresiva secularización de las comunidades, para convertirse en un divertimento y juego, en un acontecimiento social, imagen perfecta de las peculiaridades, la idiosincrasia y el folclore de los pueblos.

Por un lado, las clases populares promovieron los bailes, mascaradas y carnavales, festejos colectivos caracterizados por una amplia participación ciudadana y ejecutados por lo general en espacios abiertos y públicos con motivo de fes­tividades, grandes eventos nacionales o fechas relacionadas con las estaciones del ano o con ciertas actividades laborales casi siempre de ámbito agrario. Por su parte, las clases aris­tocráticas contribuyeron a la consolidación de unos mode­los de danza elitista y elegante, que se practicaba exclusiva­mente en salones palaciegos y nobiliarios, o en zonas ajardinadas anexas a dichos espacios lúdicos, sólo accesibles a las clases altas de la sociedad.

Se trata, en definitiva, de dos comportamientos sociales definidos, de dos formas distintas de entender la diversión y el espectáculo, cuya vigencia dura hasta nuestros días, res­pectivamente, en las danzas folclóricas y populares, carga­das de vitalidad y dinamismo (cueca, samba, merengue, tarantella, baile flamenco...) y en los bailes de salón (pavana, minueto, vals, polonesa...), los cuales, en cierta medida, se han popularizado y difundido en los últimos tiempos con­forme la aristocracia se ha ido despojando de su tradicional carácter clasista.

La preeminencia secular que había ejercido Europa en cuanto a gustos y estilos de danza se refiere comenzó a de­clinar en el siglo XX en beneficio de un nuevo foco cultural y artístico, los Estados Unidos, indiscutible origen de la ma­yoría de los ritmos y los bailes contemporáneos (fox-trot, charlestón, blues...), en los que la juventud ha cobrado un protagonismo fundamental conforme a su creciente papel social y cuya difusión se debe en gran parte al desarrollo de nuevos medios de comunicación de masas como la radio, el cine o la televisión.

Así mismo hay que reseñar otra novedad de importancia aportada por el siglo XX, la proliferación de nuevos espacios destinados a la práctica de la danza, ya fuera como diversión o como espectáculo teatral. Esto es, los tradicionales espacios urbanos abiertos o los salones aristocráticos han perdido buena parte de su pujanza en beneficio de otros es­pacios de entretenimiento, como el cabaret o el music-hall, o de distintos ámbitos expresivos. Tal es el caso de la cine­matografía, uno de cuyos géneros, el musical, ha permitido en buena medida el conocimiento generalizado de un mun­do como la danza, y sobre todo la danza clásica, e incluso ha dado origen a innovadoras coreografías y lanzado al es­trellato a virtuosos bailarines, entre ellos Fred Astaire o Gene Kelly.

Si las épocas medieval y moderna permitieron, al menos en occidente, la estructuración y especialización de la danza atendiendo a las diferenciaciones sociales y a su distinta concepción como diversión y espectáculo, los siglos XIX y XX además de acrecentar con originalidad y variedad los tipos de baile y danza, contribuyeron a la consolidación de ésta como una de las manifestaciones más importantes en la evolución de la música clásica contemporánea.

Hasta la edad media la música apropiada para la danza y el baile había sido compuesta por individuos o colectivos anónimos y había ido transformándose de acuerdo a los diferentes gustos estéticos de las épocas y conforme se incorporaban nuevos instrumentos musicales. Desde entonces, al igual que había ocurrido en otros ámbitos de la cultura, se introdujo el concepto de autoría pudiéndose así atribuir diferentes creaciones musicales a compositores de cierta celebridad, muchos de los cuales pertenecían a círculos artísticos cercanos a los centros de poder y cuyas composiciones solían ir destinadas a los múltiples festejos palaciegos y aristocráticos.

Sin embargo, no sería hasta la difusión del romanticismo en la primera mitad del siglo XIX cuando, al producirse una premeditada y constante recuperación del pasado musical y folclórico, la mayoría de los compositores clásicos mostraron un creciente interés por incluir en su repertorio creativo diversas tipologías de danzas, ya tradicionales y populares, ya aristocráticas y elegantes, todas ellas con amplias connotaciones nacionalistas como eco de la situación política que vivía Europa tras la revolución francesa y el auge de los nacionalismos.

Esta tendencia a incorporar a la música clásica composiciones de marcado carácter popular y nacional prosiguió a lo largo del siglo XX, con especial énfasis en aquellos ámbi­tos culturales alejados del impacto occidental, como puede ser el caso de algunos sobresalientes compositores latinoa­mericanos, los cuales, sin olvidar la tradición clásica musical europea no renegaron de sus propias raíces culturales y procuraron incorporar a su producción variadas danzas y bailes de raigambre ancestral y festiva.

Algunos compositores en sus producciones han tenido una cierta relevancia en danzas y bailes tradicionales, autóctonos y folclóricos tales como la familia Strauss.

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LA DANZA Y LA CULTURA HUMANA

La danza puede ser recreativa, ritual o artística y va más allá del propósito funcional de los movimientos utilizados en el trabajo y los deportes para expresar emociones, estados de ánimo o ideas. Puede contar una historia, servir a propósitos religiosos, políticos, económicos o sociales; o puede ser una experiencia agradable y excitante con un valor meramente estético.

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La danza y el cuerpo humano

El cuerpo puede realizar acciones como rotar, doblarse, estirarse, saltar y girar. Variando estas acciones físicas y utilizando una dinámica distinta, los seres humanos pueden crear un número ilimitado de movimientos corporales. Dentro del extenso campo de movimientos que el cuerpo puede realizar, cada cultura acentúa algunos caracteres dentro de sus estilos dancísticos.

El potencial normal del movimiento del cuerpo puede ser aumentado en la danza, casi siempre a través de largos periodos de entrenamiento especializado. En el ballet, por ejemplo, el bailarín se ejercita para rotar o girar hacia afuera las piernas a la altura de las caderas, haciendo posible el poder levantar mucho la pierna en un arabesque. En la India, algunos bailarines aprenden a bailar incluso con sus ojos y cejas. También el vestuario puede aumentar las posibilidades físicas: las zapatillas de puntas, zancos y arneses para volar, son algunos de los elementos artificiales utilizados por los bailarines.

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La danza y la mente

Además de proporcionar placer físico, la danza tiene efectos psicológicos, ya que a través de ella los sentimientos y las ideas se pueden expresar y comunicar. El compartir el ritmo y los movimientos puede conseguir que un grupo se sienta unido. En algunas sociedades, la danza puede llevar a estados de trance u otro tipo de alteración de la conciencia. Estos estados pueden ser interpretados como muestras de posesiones de espíritus, o buscados como un medio para liberar emociones. El estado de trance permite a veces realizar hazañas de fuerza extraordinaria o de resistencia al peligro, como el bailar sobre brasas. En algunas tribus, los chamanes bailan en estado de trance para poder curar a otros tanto física como emocionalmente. Se ha desarrollado un nuevo tipo de terapia utilizando la danza para ayudar a las personas a expresarse y a relacionarse con los demás.

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Danza y sociedad

Los efectos tanto físicos como psicológicos de la danza le permiten ser útil para muchas funciones. Puede ser una forma de adorar a los dioses, un medio de honrar a nuestros ancestros o un método para crear magia. Se menciona la danza en la Biblia, y hasta la edad media era una parte usual de los homenajes y de las celebraciones religiosas (tradición que se mantiene en algunos lugares de España y América Latina). Aunque la Iglesia cristiana denunció la danza como inmoral, el cristianismo no consiguió suprimir todos los ritos paganos.

La danza puede también formar parte de los ritos de transición que se realizan cuando una persona pasa de un estado a otro. Así, el nacimiento, la iniciación, la graduación, el matrimonio, el acceso a un puesto oficial y la muerte pueden ser enmarcados por la danza. También forma parte a veces del galanteo. En algunas sociedades, los bailes son los únicos eventos a los que acuden y donde se conocen los jóvenes de distinto sexo. En la sociedad contemporánea, los bailes proporcionan a los jóvenes ocasiones importantes para reunirse. También es factible trabajar ayudado por la danza. Los movimientos rítmicos son capaces de lograr que el trabajo sea más rápido y eficiente, como en las danzas japonesas que se realizan en las plantaciones de arroz. En algunas culturas, la danza es una forma de arte, y en el siglo XX algunas danzas que originalmente eran ritos religiosos o entretenimientos de la corte se han adaptado al teatro.

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Tipos de danza

Existen dos tipos principales de danza: danzas de participación, que no necesitan espectadores, y danzas que se representan, que están diseñadas para un público. Las danzas participativas incluyen danzas de trabajo, algunas formas de danzas religiosas y danzas recreativas como las danzas campesinas y los bailes populares y sociales. Para tener la seguridad de que todos en la comunidad participan, estas danzas consisten casi siempre en esquemas de pasos muy repetitivos y fáciles de aprender.

Las danzas que se representan se suelen ejecutar en templos, teatros o antiguamente delante de la corte real; los bailarines, en este caso, son profesionales y su danza puede ser considerada como un arte. Los movimientos tienden a ser relativamente difíciles y requieren un entrenamiento especializado.

La danza teatral: el ballet

Con el transcurso de los siglos, la danza fue despojándo­se de sus rasgos rituales y mistéricos, y al consolidarse de­finitivamente la mentalidad renacentista se transformó en un espectáculo teatral donde los movimientos corporales ejecu­tados por los bailarines perseguían esencialmente la creación artística, la búsqueda de la belleza la expresión de unos sentimientos.

No hay que olvidar en ningún momento que el principal destinatario de un espectáculo como el ballet es, sin duda, el público. Hasta entonces, en las fiestas y las celebraciones donde se bailaban danzas tradicionales y folclóricas, los es­pectadores llegaban a confundirse con los propios partici­pantes e incluso tomaban parte activa en el acontecimiento. Sin embargo, el ballet, por su condición de espectáculo tea­tral, responde a otros criterios y lo que antes se concebía como una relación activa público-bailarines ahora queda en una relación meramente contemplativa en la que el espectador permanece alejado del centro de la acción, sin que ello evite su intervención, con aplausos o silbidos, cuando el espectáculo le agrade o le defraude.

Al igual que en la danza, los movimientos de los intér­pretes de ballet no tardaron en ser codificados, pese a que en este caso no fueron la tradición, el culto y los ritos los encargados de su normalización, sino las propias escuelas y academias creadas a tal efecto desde los órganos de poder, siendo la primera de ellas la fundada en Francia en el siglo XVII en tiempos del monarca Luis XIV.

Mientras el baile popular recorría sus propios rumbos, más hermanados a la evolución de la cultura popular que a los estilos de la música clásica, el ballet, que desde sus orí­genes atrajo el interés de los grandes compositores, se desarrolló al compás del gusto musical occidental de los últi­mos siglos, bajo las directrices emanadas de Francia, Italia, y, en especial, de Rusia, cuyos ballets adquirieron un extr­aordinario prestigio por la calidad de sus montajes a finales ­del siglo XIX y comienzos del XX.

Sin embargo, cumplida ya la tercera década del siglo XX, tras perder París parte de su preponderancia cultural, los Estados Unidos se convirtieron en la primera potencia del ballet contemporáneo, ofreciendo al mundo no sólo bailarines y compañías de primera talla sino también nuevos y originales ritmos, a la par que innovadoras concepciones coreográf­icas de gran libertad expresiva e íntimamente ligadas a espectáculos musicales neoyorquinos y al creciente auge de la comedia musical cinematográfica.

Aun así, países de tradición coreográfica como Francia, la Unión Soviética y el Reino Unido han seguido manteniendo un dignísimo nivel en el ámbito del ballet. En la actualidad se puede decir que la práctica de este arte se ha extendido a casi todo el mundo y que la inmensa mayoría de las naciones poseen alguna compañía de danza clásica de carácter ­estatal. De ahí que el ballet tienda a convertirse, cada vez en mayor proporción, en un lenguaje y espectáculo homogéneo, comprensible por un público heterogéneo de cual­quier parte del globo y muy alejado de las peculiaridades autóctonas características de las danzas nacionales o re­gionales.

El destacado protagonismo colectivo que pueden tener las danzas tradicionales, por su carácter festivo y social, queda un tanto mitigado en las representaciones de ballet, donde, si bien es fundamental la buena ejecución del conjunto para la consecución de una perfecta coreografía, la propia con­cepción del ballet como espectáculo acerca esta forma ex­presiva al teatro y exalta con cierta frecuencia la figura del propio bailarín solista como individualidad autosuficiente en el proceso creador.

De todas formas no hay que desdeñar el valor de la tarea desempeñada por el coreógrafo en la concepción y puesta en escena de un ballet, donde actúa como director y orga­nizador coherente de cuantos aspectos forman parte de un espectáculo de danza, para crear así una obra artística total en la cual cada componente, si bien ha de brillar de forma individualizada, debe a su vez subordinarse al resto de los elementos y coordinarse con ellos en beneficio de la conse­cución de un conjunto armónico.

La complejidad inherente a los pasos de ballet, la origi­nalidad de los movimientos, la improvisación e inspiración, la agilidad y elegancia al discurrir por escena, la armonización y equilibrio, la compenetración, la utilización de un lenguaje de signos y símbolos donde la pantomima, la abstracción y la gesticulación adquieren protagonismo, y la pose­sión de una indudable fortaleza física y una sensibilidad ex­traordinaria son características que deben conjugarse en un buen bailarín. La ideal combinación de todos ellos o la ge­nial capacidad de algunos intérpretes de ballet para destacar en alguna de las facetas mencionadas ha permitido escribir la historia del ballet clásico a través de la sucesión de sus per­sonalidades míticas, cada una de las cuales va asociada a al­guna aportación innovadora, bien sea la ejecución de un paso, la invención de un vestuario, la incorporación de un nuevo estilo o la peculiar interpretación de una pieza del re­pertorio clásico desde una óptica renovadora e incluso re­volucionaria. Sin lugar a dudas la historia del ballet no sería la misma si no hubieran existido en ella figuras de la talla de Isadora Duncan o Váslav Nijinski, nombres que perma­necen indisolublemente unidos al arte de la danza y a su progreso.

Los grandes intérpretes del ballet clásico así como distin­tos medios expresivos parcialmente relacionados con la danza entendida como espectáculo teatral configuran la enume­ración de artículos contenida en la Tabla n.° 3.

El esplendor conocido por el ballet en el siglo XIX no hay que relacionarlo únicamente con la aparición de algunas de las grandes figuras de la danza sino además con el creciente interés de los compositores por la elaboración de composi­ciones musicales destinadas a ser llevadas a escena como ba­llets debido a la influencia del gusto romántico. Los mun­dos oníricos, fantasmagóricos, exóticos e imaginarios ideados por los músicos decimonónicos encontraron sobre todo en el ballet la forma idónea de representación.

Las innovaciones introducidas por los coreógrafos del si­glo XX unidas a la exaltación del ballet por la mayoría de las vanguardias plásticas de dicho siglo, que veían la ejecución de una serie de movimientos convencionales y casi automá­ticos por parte de los bailarines como una forma de expre­sión verdaderamente moderna, atrajo la atención de algunos compositores contemporáneos, convencidos de que la com­plejidad del ballet le convertía en un espectáculo total, don­de se hacía factible la combinación de las artes teatrales, la decoración, la música, el tiempo y el espacio, y donde era posible realizar una verdadera apología del cuerpo humano en su concepción más artística, la de crear belleza con el movimiento.

Compositores en cuya producción musical han tenido ca­bida ciertas piezas destinadas al ballet o asimismo composi­tores cuyas obras, no concebidas en origen para la danza, han inspirado exquisitos ballets a los coreógrafos más afa­mados forman la relación de artículos, por lo general refe­ridos a músicos de los siglos XIX y XX, que componen la Tabla n° 4.

Danza oriental. El carácter ceremonial y pro­fundamente religioso que sin duda tiene la danza en su origen se ha mantenido vivo en la tradición oriental, llenando de simbolismo cada uno de los movimientos y gestos de los danzantes, así como sus vestiduras. En el teatro chino, el color tenía una precisa significación, de modo que la jerarquía de los personajes, su edad y sus caracteres venían representados por un determinado color. Lo mis­mo acontecía con el maquillaje del rostro, que en­cerraba una significación característica. En Japón, el teatro no tiene su equivalente campesino en la dengaku; el kabuki, por su parte, utiliza las danzas pantomímicas del repertorio clásico.

En el archipiélago indonesio, la danza constitu­ye una actividad consustancial al carácter autócto­no, en la que todos participan.

Por otra parte, la atracción que el exotismo de los países del lejano oriente ha ejercido sobre el arte europeo desde finales del siglo XIX se ha puesto de manifiesto tanto en el repertorio y los modos de destacados bailarines contemporáneos como en la inspiración de modernos ballets.

Danzas populares. La configuración de un género de danza circunscrito al ámbito teatral de­terminé el establecimiento de una disciplina artís­tica que en primer término dio lugar al desarrollo del ballet y, más tarde, creó un marco dentro del cual se desarrollarían géneros como el de mustc­hall, el cabaret o las múltiples manifestaciones ci­nematográficas de danza. En este contexto surgie­ron modalidades específicas de bailes, tales como el claqué (tap) o el swing, y relevantes figuras como Josephine Baker, Ginger Rogers, Fred Astaire o Gene Kellv.

No obstante, el arraigo de la danza hallé su ma­yor nivel fuera del mundo del espectáculo, enrai­zado en las tradiciones populares. En tal sentido Han de valorarse los condicionamientos culturales y geográficos de cada país. Decisiva importancia tuvo, por ejemplo, la penetración de la tradición musical negroafricana en el continente americano. El fenómeno ejerció, junto con la tradición occidental europea y la ancestral cultura precolombi­na, una influencia determinante en el nacimiento de danzas como la cueca chilena, el bambuco co­lombiano, el bayón o baiao y el samba brasileños, y las múltiples danzas del área geográfica antilla­na: rumba, guaracha, conga, mambo, merengue, etc.

Análoga multiplicidad se aprecia en los bailes populares europeos. La interpretación de espectaculares saltos y rápidos giros caracteriza las danzas eslavas, entre las que cabe citar la prisiadka y golpak rusos, la zarda húngara o la polea bohe­ma. Otros rasgos como el ritmo de los movimien­tos y la sincronía en el desplazamiento de los bai­larines resultan definitorios de danzas tales como la tarantella italiana y la jota, la muiñeira, la sardana o la espatadanza de diversas regiones españo­las. En este ámbito destaca por su singularidad el baile flamenco, característico de Andalucía, en el sur de España, que presenta ciertas afinidades con las danzas orientales: son múltiples sus manifesta­ciones y entre ellas cabe citar el zapateado, la se­guiriya o la alegría.

La danza y la música

El necesario acompañamiento sonoro y rítmico de cual­quier tipo de baile ha hecho que danza y música sean dos manifestaciones completamente interrelacionadas. Lo que en sus orígenes más remotos no era más que un simple acompañamiento estético y rítmico se ha convertido con el tiempo en un elemento esencial e insustituible en toda re­presentación de danza o ballet, haciéndose del todo incom­prensible la ejecución de cualquier baile sin un mínimo com­ponente sonoro.

Ello nos lleva a pensar en el necesario conocimiento que todo buen bailarín o coreógrafo debe tener tanto de la teo­ría como de la práctica de la música, para una mayor com­prensión del fenómeno de la danza. No obstante es curioso observar cómo dos formas distintas de concebir el baile, a saber, la danza popular y festiva y el ballet clásico, requie­ren para su ejecución no sólo composiciones musicales mar­cadamente diferentes en ritmo, movimiento, participación y temática, sino principalmente la utilización de unos instru­mentos acordes con la modalidad. Así, frente al empleo de instrumentos de gran sencillez y arraigo popular en las mo­dalidades de danzas folclóricas y tradicionales encontramos en los ballets el predominio de aquellos otros que son pro­pios de cualquier orquesta de música clásica. De todas ma­neras, algunos de los más modernos compositores, en espe­cial los de origen latinoamericano, suelen incluir en sus obras el empleo de ciertos instrumentos de arraigo popular. Mantienen así el vínculo de la tradición clásica, aprendida en sus viajes y estudios en occidente, con la tradición folclórica propia de sus respectivos países de origen.

Diferentes artículos referentes a las múltiples relaciones entre la música y la danza, sobre todo los que afectan a distintos instrumentos musicales y a aspectos de la teoría y la historia de la música se encuentran en la Tabla n°5'.

La danza y las artes plásticas

Por su vinculación con la historia de la humanidad y por su importancia cultural y expresiva la danza ha sido constante motivo de inspiración de artistas plásticos de las más variadas épocas y civilizaciones, los cuales han buscado en su representación no sólo la captación del movimiento y la fugacidad, características innatas a la danza y el ballet, sino también reflejar las costumbres, las inquietudes religiosas y los principios estéticos de las sociedades y colectividades a las que pertenecían.

Las diversas vinculaciones de la danza y el ballet con las artes plásticas a lo largo de la historia hallan representación en la serie de artículos enumerada en la Tabla n°6.

Ya desde las primeras manifestaciones artísticas prehistóricas aparece representada la danza, como parte primordial que era de ritos y creencias mágicas, en cuevas y abrigos paleolíticos, donde pueden contemplarse escenas de bailes en grupo.

Entre los pueblos de la antigüedad, cuando el baile conservaba aún fuertes connotaciones religiosas y constituía un elemento esencial de la vida colectiva, se practicaba con frec­uencia, como ha podido comprobarse por los restos ar­queológicos que reflejan las costumbres y modos de vida co­tidianos de aquellas civilizaciones.

Con posterioridad, el mundo griego recurrió a la danza para expresar estéticamente sus particulares concepciones de la armonía, la belleza y las proporciones del movimiento; en cambio, para el mundo romano, mucho más pragmático y belicis­ta, las escenificaciones artísticas de danzas guerreras y sacras constituyeron en mayor medida el reflejo plástico de unas costumbres y unas actitudes cotidianas.

Sin embargo, los pueblos orientales, donde la danza había alcanzado un refinamiento y una elegancia sin parangón en occidente, las artes, y en especial la escultura, lograron representar de forma idealizada, no exenta de erotismo, la magia y la pasión de los movimientos corporales en toda la expresión de su belleza.

Muy lejos de la sensualidad y el misticismo de las escenas de danza orientales habría que situar las composiciones con bailarines y danzantes propias de artistas renacentistas y barrocos, preocupados más por representar distintos aspectos de la vida ociosa y festiva, popular o cortesana, que por exaltar los valores del arte de la danza.

Los artistas románticos y costumbristas, cuyas obras se inspiraron con frecuencia en ambientes pintorescos, folcló­ricos y exóticos, plasmaron con minuciosidad y colorido muy diversas tipologías de danzas y bailes, tanto tradiciona­les como cortesanos. A finales del XIX, fueron los impresio­nistas, entre ellos Edgar Degas y Henri de Toulouse-Lautrec, quienes, en su interés por captar en sus lienzos el movimiento, el dinamismo y la fugacidad, vieron en las escenas de danza y ballet un tema muy propicio para llevar a cabo sus investigaciones pictóricas.

El arte del siglo XX, cuyos temas y estilos han ido sucediéndose casi vertiginosamente desde las primeras vanguardias históricas de la década de 1900, ha logrado por fin compenetrarse con la danza ya no sólo como motivo de habitual inspiración sino como ámbito extraordinario de la creación plástica. Así, destacadas personalidades del arte contemporáneo, como Salvador Dalí o Pablo Picasso, han prestado su colaboración, su imaginación y su obra plástica para la ejecución de distintas escenografías y vestuarios destinados a las representaciones de danza y ballet. Cabría reseñar en este sentido la personalidad de Serguéi Diaghilev, quien supo aunar en una empresa común, la de los Ballets Rusos, a los principales intérpretes del ballet, a los mejores coreógrafos, a los grandes compositores de vanguardia y a loa artistas plásticos más innovadores, logrando así presti­giar el ballet y convertirlo en uno de los espectáculos más importantes del siglo XX.

En épocas más cercanas la danza continuó atrayendo la atención de artistas plásticos de nueva índole. Ya no eran sólo los pintores quienes se preocupaban por este arte. Ci­neastas, realizadores de televisión y fotógrafos también lo han reflejado en sus obras.

El cine creó todo un género en torno a la danza, y no sólo como componente de comedias musicales. Se rodaron gran número de películas sobre ballets pensados para su repre­sentación en el teatro. Los grandes nombres de esta disci­plina son conocidos y admirados por un gran número de personas gracias a este medio. Incluso algunos directores de eme —como Gene Kelly o Bob Fosse— eran ante todo coreó­grafos, y varias de sus películas estaban pensadas como au­ténticos espectáculos de danza representados por medio de la cinematografía. La fusión entre ambos artes ha sido tanto más armónica cuanto que ambos se han ido adecuando pa­ralelamente a las nuevas corrientes estéticas. La imagen del bailarín vestido sencillamente con unas mallas habituales de los ballets del Maurice Bejart queda muy lejos de los complicados­ trajes de antaño, pero encajan perfectamente con la estética cinematográfica moderna.

También la televisión se ha ocupado de hacer llegar el ba­llet a buen número de aficionados, para los cuales constitu­ye la única posibilidad de disfrutarlo. Citaremos su vertien­te más seria, en la que las cadenas televisivas intervienen como productoras de piezas de danza con primeras figuras y coreógrafos renombrados; también la existencia de series televisivas cuyos protagonistas son bailarines; o la casi inevitable aparición de un cuerpo de baile en cuanto un programa de variedades sale al aire.

Todo ello provoca que el baile sea va una costumbre muy extendida, de tal forma que cada vez se practica más coma forma de ejercicio, relajo y expresión.

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