Aztecas

Historia de América. Culturas americanas precolombinas. Los mexicas. Imperio azteca. Evolución histórica, economía, sociedad y gobierno

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- Indice -

- Introducción ...................................................... 3

- Marco Geográfico ............................................ 4

- Evolución Histórica ........................................... 5 - 6

- Estructura económica ........................................7 - 8

- Estructura Social ............................................... 9 - 10 - 11 - 12 -13

- Gobierno y administración .................................14

- Desarrollo y Creencias Religiosas .....................15 - 16 - 17 - 18

- Conclusión ..........................................................19

- Bibliografía ..........................................................20

- Introducción -

En este trabajo trataremos de profundizar al máximo lo que fue el imperio azteca, para lo cual lo analizaremos desde los siguientes puntos de vista:

  • Marco geográfico.

  • Evolución histórica.

  • Estructura económica.

  • Estructura social.

  • Gobierno y administración.

  • Desarrollo y creencias religiosas.

Adentrándonos en estos temas pretendemos conocer un poco más de este gran imperio y tratar de comprender mejor en que consistió la vida y obra de esta gran cultura.

- Marco Geográfico -

Imperio azteca:

Según una leyenda, los aztecas fundarían una gran ciudad allí donde encontraran un águila devorando a una serpiente posado sobre un nopal. En el año 1325, los sacerdotes aztecas descubrieron esta escena en un islote cerca del lago Texcoco, y allí erigieron la ciudad llamada Tecnochtitlán. En el momento de su más alto desarrollo, el Imperio azteca se extendió por lo que hoy es la región central del país, desde la costa del golfo de México hasta la del Pacífico, y desde el Bajío hasta Oxaca.

- Evolución Histórica -

La historia de los aztecas se hunde en la de los chichimecas, tribus cazadoras y recolectoras que deambulaban más allá  de la frontera septentrional de las civilizaciones mesoamericanas. Este nominativo se traduce como raza de perros, simbolizando el barbarismo de aquellos pueblos comparado con el desarrollo cultural del centro de México.

Tula, capital de los toltecas, se encontraba, precisamente, en los linderos de esas belicosas naciones. Probablemente por la propia necesidad de defender 1os campos de cultivo de la avidez chichimeca, los toltecas acentuaron su espíritu militarista, característica común a todos los Estados posclásicos. Durante las campañas sufrieron considerables bajas. A raíz de ello contrataron como mercenarios a otros grupos chichimecas, dándoles tierras y enseñándoles las técnicas agrícolas, a fin de que defendiesen sus fronteras. Entre dichos aliados parece haberse encontrado los

mexicas o tenochcas, más conocidos como aztecas.

A medida que Tula se iba despoblando como resultado de las luchas internas entre los seguidores de Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, los mercenarios empezaron a apoderarse del gobierno de la ciudad que, para entonces, como sostienen las crónicas aztecas, estaba habitada sólo por ancianos y niños. Los mexicas durante su estada en Tula adoptaron, definitivamente, las costumbres, y conocimientos toltecas: hablaban su mismo idioma, el náhuatl, y se sentían tan herederos de las tradiciones teotihuacanas como los propios toltecas.

Entretanto otras tribus chichimecas, que también habían estado en contacto con los toltecas, invadieron el valle de México, conquistando tierras pertenecientes a las aldeas levantadas a las orillas del lago Tezcoco. Así los tepanecas se apoderaron, en 1230 d.C., de Atzcapotzalco, heredera de Teotihuacán; chichimecas guiados por Xólotl se establecieron en Tenayuca (1244); los otomí se asentaron en Xaltocán (1250) y los acolhuas en Coatlichán (1260). Ese mismo año los de Xólotl se instalaron en Texcoco. Dichas ciudades disputaron la supremacía a las fundadas por lo primeros emigrantes toltecas: Colhuacán y Xicco.

En el siglo XIII todo el valle de México quedó dividido entre las urbes mencionadas, transformadas ahora en capitales de pequeños reinos que extendían su poder hacia las aldeas vecinas. La escasez de tierras fértiles originó un permanente estado bélico; entonces los más débiles se aliaron para oponerse a los más poderosos.

Para confusión de la historia los chichimecas continuaron movilizándose hacia la cuenca de México; otros lo hicieron en dirección sur, fundando, igualmente, ciudades donde se mezclaban con la población local y los refugiados toltecas. Entre éstas se hallaba Tlaxcala, activo centro comercial localizado en el valle de Puebla, y ruta obligada para las comunicaciones entre las montañas occidentales y el Golfo de México.

De tal modo a fines del siglo XIII, cuando los mexicas arribaron a las riberas del lago Texcoco, no había lugar para nuevos inmigrantes.

Cuando los aztecas habían dominado gran parte del valle de México, o meseta de Anahuac, trataron de justificar su preeminente situación elaborando una serie de leyendas que los sindicaba como nación escogida, a la que las deidades habían confiado la misión de dominar al mundo.

Así, mientras todos los pueblos situaban su centro originario en Chicomóztoc, el 'lugar de las siete cuevas", donde sus antepasados habían emergido para iniciar la peregrinación hacia el valle de México, los mexicas aseguraban provenir de Aztlán, sitio mítico que simbolizaba el lugar donde las garzas levantan el vuelo al amanecer; la región donde primero aparecen los rayos del sol que, al vencer a las tinieblas, anuncia la vida. Por esta razón fueron llamados aztecas: "la gente de Aztlán”. Guiados por Huitzilopochtli, el dios tribal, emprendieron un lento viaje. Siguiendo los consejos del propio Colibrí Zurdo, personificación de la deidad protectora, lo hicieron en pequeños grupos; las avanzadas sembraban y cultivaban en espera del resto. De ese modo evitaron las guerras y que sus integrantes sufriesen hambre o privaciones. Ellos fijaban los inicios de la migración el año 1168 d. C., fecha que probablemente inventaron para hacerla coincidir con los acontecimientos posteriores. De acuerdo con la leyenda, Huitzilopochtli les solicitó que alzasen un templo en su honor donde encontrasen al águila, posada sobre un nopal, devorando una serpiente. Tal seria el foco de la ciudad que se convertiría en la capital del mundo.

Los mexicas, llevando adelante a su dios, atravesaron una serie de pueblos hasta arribar a Tula, donde permanecieron 19 años sirviendo, posiblemente, como mercenarios a los toltecas. Llegaron a identificarse tanto con éstos que se consideraron sus legítimos sucesores. Producido el abandono de Tula, salieron de allá en dirección al lago Texcoco. Por su particular modo de avanzar, la empresa les tomó 40 años, al término de los cuales, comandados por Tenoch, alcanzaron al valle de México en los últimos decenios del siglo XIII.

- Estructura Económica -

Los mexicas recibían productos que, en calidad de tributos, le enviaban desde todas las regiones conquistadas por sus ejércitos. Ello, en gran parte, permitía al emperador mantener su corte, la burocracia estatal y premiar los sevicios de los guerreros o más cercanos colaboradores. El resto se distribuía al pueblo por intermedio de los mercados localizados en recintos claramente delimitados. Allí se ofrecían los bienes destinados a satisfacer todas las necesidades cotidianas. Las mercaderías, agrupadas por rubros, se apilaban sobre petates, a cuyo frente, sentado en el suelo, el vendedor, premunido de balanzas o medidas, voceaba su mercancía. Las transacciones eran monetarias, empleándose como dinero semillas de cacao o plaquitas de oro.

Severas leyes regulaban el diario comercio. Estaba prohibido comprar o vender fuera del mercado debido a que los artículos pagaban un impuesto al momento de ingresar en él. Jueces vigilaban el estricto cumplimento de precios, pesos y medidas. Los infractores eran duramente castigados.

El mercado de Tenochtitlán se encontraba frente al templo de Huitzilopochtli; sin embargo era más importante el de Tlatelolco, al cual concurrían diariamente, entre vendedores y compradores, unas 60.000 personas.

En los pueblos cercanos se efectuaban ferias cada cinco o veinte días, acudiendo una enorme multitud que aprovechaba la ocasión para celebrar sus ceremonias religiosas.

Los mercaderes a larga distancia, un grupo privilegiado:

Paralelamente al mercado local se desarrolló un tráfico de importación y exportación que englobaba, generalmente, mercancías de lujo. A su cargo estaban los pochtecas, clase social hereditaria que mantenía notable posición dentro de la sociedad azteca: residían en Tlatelolco; sus miembros desempeñaban, paralelamente, funciones económicas, administrativas, judiciales y religiosas; se regían por sus propias leyes; se comunicaban directamente con el emperador y poseían autorización para sacrificar esclavos en honor a sus deidades. Conformaban, pues, una clase que gozaba de derechos especiales en relación al resto de la sociedad mexica. Físicamente también diferían de éstos, ya que se rapaban y deformaban la cabeza.

Los privilegios usufructuados para aquellos mercaderes probablemente derivan de la especial misión que desarrollaban en forma anexa. Ellos mantenían al emperador permanentemente informado de lo que acontecía en sus dominios, alertándolo sobre posibles insurrecciones y proporcionándoles datos militares cuando emprendía la conquista de un pueblo. De ahí que se les consideró como verdaderos espías imperiales, papel que cumplían a satisfacción dado que hablaban muchas lenguas y podían mimetizarse fácilmente con las poblaciones locales.

Los pochtecas, sin duda, no eran mexicas. Llegaron al valle de México mucho antes de la fundación de Tenochtitlán, dedicándose al comercio. Durante el ejercicio de su profesión celebraron pactos de alianza con otros pueblos y grupos de mercaderes, pudiendo de tal modo trasladarse, sin ser molestados, por territorios enemigos de los aztecas, llevando a los puertos de intercambio objetos elaborados en oro, cobre, jade y obsidiana; vestimentas de plumas; tinturas; pieles de conejo y, por sobre todo, esclavos. Importaban plumas de aves tropicales y de quetzal; turquesas y jades; pieles de jaguar; vestimentas y cacao.

Las caravanas mercantiles solían ser asaltadas por bandoleros. Para enfrentarlos llevaban armas, aunque les estaba prohibido integrar el ejército oficial.

La posición privilegiada de los pochtecas, unida a la riqueza que poseían despertó la envidia de la nobleza azteca. Por esa razón se les obligó a entrar de noche en la ciudad a no hacer ostentación de sus bienes, y a aparentar una pobreza y humildad que estaban muy lejos de ser verdaderas.

Usaban como emblema un abanico. Residían en un mismo barrio y se casaban entre ellos, enseñando a los hijos las artes comerciales y los idiomas de sus clientes dispersos por todo el imperio.

- Estructura Social -

El calpulli, base de la estructura social azteca:

El término calpulli significa “grandes casas” y se utilizaba para designar unidades de la sociedad azteca constituidas por parientes ficticios, es decir, personas que creían descender de un mismo antepasado, quien generalmente, era un ser mitológico. Todos vivían en un mismo sector de la ciudad, ejerciendo, en común, la propiedad de las tierras que les habían sido asignadas. En Tenochtitlán existían 20 calpullis integrados tanto por mexicas originarios como por extraños que se habían fundido con la nación azteca. Por su función se asemeja a un clan; sin embargo, entre sus miembros había diferencias de riqueza, posición social y poder. De ahí que se les halla denominado clan conico, cuya cúspide era ocupada por quienes estaban más cercanamente relacionados con el ancestro fundador; en la base se hallaba la gran mayoría de sus componentes.

El calpulli era, además, una unidad religiosa y militar. Sus integrantes adoraban un mismo dios en templos erigidos dentro de sus tierras, y combatían en los mismos destacamentos. Para tal efecto recibían instrucción militar en el telpochcalli, o escuela de guerreros, que cada calpulli mantenía.

Jefe de ellos era el calpullec, designado vitaliciamente, dentro de la misma familia, por los demás miembros del calpulli. Actuaba como juez en litigios menores, representaba al calpulli en el consejo azteca, dirigía la educación de los niños y, por sobre todo, repartía las tierras entre las familias de acuerdo al número de componentes.

Las evidencias señalan que la mayoría de los 20 calpullis habitaban uno de los sectores de Tenochtitlán: el correspondiente a los campesinos, lo cual indica que su importancia estaba directamente relacionada con las funciones que ejercían sus más destacados integrantes.

La clase social alta:

La sociedad azteca evolucionó en el transcurso de la construcción del imperio, siguiendo las ciudades un proceso más acelerado. En líneas generales, los mexica pueden ser divididos en dos grandes grupos: poseedores y desposeídos. El factor diferenciador es la posesión de la tierra, teóricamente reservada a los señores, guerreros y comerciantes. Otros factores, como la riqueza y el prestigio, fueron ganando importancia, sobre todo en Tenochtitlán, ayudando al surgimiento de clases intermedias que suavizaban las diferencias. Así, hubo artesanos que llegaron a poseer tierras y macehualtín (gente común) exentos del pago de tributos. Dentro de cada grupo había divisiones que escalonaban la pirámide social.

Teóricamente había movilidad en la sociedad azteca, pero la práctica era complicada. Un individuo podía progresar destacando en la guerra, el sacerdocio o el comercio. La guerra era considerada la actividad por excelencia del azteca y en ella refrendaban los hijos de los nobles el prestigio que habían heredado. La gente común podía encumbrarse a la nobleza capturando enemigos en el combate, principalmente guerreros de Huexotzinco, Tlaxcala o Atlixco. La captura de cuatro de ellos daba rango, pero los hijos de los nobles, con una superior preparación para el combate y ocupando los puestos claves en el campo de batalla, gozaban de mayores posibilidades.

Los comerciantes labraban su ascenso ofreciendo costosas fiestas en las que intercambiaban riquezas por prestigio. El ascenso en la escala social les permitía hacer negocios cada vez más pingües. El grado más alto lo obtenían sacrificando esclavos comprados. Cualquiera que pudiera costear el sacrificio ritual de un esclavo elevaba su estatus, pero los altos costos restringían mucho las posibilidades de conseguir ese honor.

En lo alto de la pirámide social se encontraba el tlatoani (“orador”). Había uno en cada ciudad principal, con poder militar, civil y religioso. Un tlatoani podía estar sujeto a otro más importante, como ocurrió antes de la conquista con el tlatoani de Tenochtitlán, llamado Huey tlatoani (“Gran orador”), que era la más alta autoridad del imperio. Siempre recibía tributo y sumisión de sus dominios. Eran frecuentes los vínculos familiares entre los señores de diferentes ciudades, sobre todo después de la activa política matrimonial desplegada por Tenochtitlán. El título se heredaba dentro de un linaje, con ligeras variaciones de una localidad a otra: de padres a hijos, de hermano a hermano, etc. En Tenochtitlán había preferencia por un hermano, pero había un consejo de electores que decidía quien era el más idóneo. En el caso de las ciudades sometidas, el huey tlatoani debía sancionar la elección, lo que le permitía ejercer un fuerte control político.

Por debajo de los tlatoque (plural de tlatoani) se situaban los tetecuhtin (singular: tecuhtli) o señores. Este título se otorgaba como recompensa a acciones sobresalientes y estaba dotado de tierras y servidores. Muchos tetecuhtin ejercían cargos administrativos o eran jueces. Aparte de estos cargos, tenían como misión administrar sus dominios y la gente que residía en ellos, sirviendo a su tlatoani cuando estos lo demandaron. No era un título hereditario, aunque en la sucesión se prefiriera a un hijo del fallecido, si reunía suficientes méritos.

Los hijos de los tlatoque y tetecuhtin recibían la categoría de pipiltin (singular: pilli), que literalmente significa “hijos”. Tenían tierras en el interior de las propiedades de su tecuhtli y actuaban como embajadores, administradores de justicia y recaudadores de tributo. Mientras que el número de tetecuhtin y tlatoque estaba limitado por el número de plazas disponibles, podía ser pilli todo el que nacía dentro de una familia noble.

La posesión de tierras cultivadas por renteros daba a los nobles independencia para dedicarse a la guerra y ocupar cargos públicos. Tenían tribunales particulares, escuelas exclusivas y prerrogativas como la de poder ser polígamos o lucir ciertos distintivos del estatus en sus atuendos.

Los recién llegados a la nobleza, o gente común que lograba el ascenso, tenían un lugar de reunión separado del resto de los nobles. Eran llamados nobles -águila- o nobles- tigre y estaban exentos del pago del tributo. Siempre se les recordaba su origen humilde, pero sus hijos eran pipiltin desde el nacimiento. Tenían otras limitaciones, como no poder usar en sus trajes guerreros ciertas plumas e insignias, reservadas a los nobles de cuna, o no poder tener renteros.

La clase social baja:

En este grupo se contaba la mayor parte de la población. Fuera de las grandes ciudades su ocupación principal era el cultivo de la tierra, pero en aquellas el espectro profesional era diverso, agrupando artesanos, oficiales, servidores públicos, etc. La riqueza constituía un factor diferenciador, pero el más característico era la condición de la persona a la que debían pagar el tributo: un tlatoani, un noble, otro macehualli, etc.

Los renteros cultivaban la tierra de los nobles y estaban ligados a ellas. Si la tierra cambiada de manos, el nuevo señor lo era también de renteros. Transmitían sus parcelas por herencia y estaban obligados a dar al señor una parte de la cosecha y servicios como el de aprovisionar la casa señorial de agua y leña. Entre los renteros podían figurar comerciantes, artesanos, etc., que tributaban al señor parte de lo que producían.

Originalmente, la clase social baja estaba organizada en grupos de parentesco, llamados calpulli. La tierra era posesión común, y se adjudicaban parcelas a los componentes para que las cultivaran. Quien dejaba de hacerlo dos años, las perdía. Cuando un hombre creía que el lote que le había correspondido no era bueno, o se sentía con fuerzas para realizar más trabajo, podía rentar tierras de otro calpulli o de un señor. Al frente del calpulli estaba el calpullec, asesorado por los ancianos. El calpullec llevaba el registro de las parcelas y se preocupaba de que el grupo tomara a su cuidado el cultivo de las parcelas de las viudas, de las de los impedidos y las destinadas al beneficio de la comunidad.

El calpulli actuaba de forma corporativa para dar tributos o servicios, incluidos los guerreros, y tenía dioses y templos particulares. En cada uno había una escuela o telpochcalli (“casa de jóvenes”) en la que se impartía la instrucción obligatoria que permitía a los jóvenes integrarse en la comunidad. De allí salían para casarse y convertirse en miembros plenos de su grupo, hasta que a los 52 años quedaban relevados de sus obligaciones tributarias y recibían prerrogativas como la de poder consumir bebidas alcohólicas.

Al frente de los telpochcalli había un telpochtlato (“el que habla a los jóvenes) que inculcaba a sus discípulos el rígido y austero sentido de vida mexica y los instruía en las artes de la guerra. Los niños aprendían de sus padres diversos oficios, ya que lo más frecuente era que siguieran la profesión familiar. Las niñas aprendían de sus madres las labores de la casa, cocina y tejido.

Dos tipos diferentes de personas han recibido el nombre de esclavos en la sociedad azteca, aunque ninguna de estas personas pertenecía propiamente a dicha clase social.

Por un lado estaban los que efectuaban algún trabajo para otro, como pago por bienes recibidos con anticipación, para solventar una deuda o como condena por un delito, principalmente el robo. Estas personas no perdían su condición social ni sus bienes, eran libres para casarse o para tener servidores y se liberaban de la obligación contraída pagando la cantidad que habían recibido. Por ello su situación se asemejaba más a un contrato de venta de fuerza de trabajo. Quien no cumplía sus compromisos y era amonestado públicamente tres veces, podía ser transferido a otro amo. Si esta situación se repetía tres veces, pasaba al segundo grupo de “esclavos” y podía ser vendido para el sacrificio. A este segundo grupo pertenecían, sobre todo, los prisioneros de guerra destinados a saciar la sed de sangre del dios mexica, Huitzilopochtli.

Había contratos en los que una familia se comprometía a servir a determinado señor, turnándose en la tarea diversos miembros. Si el servidor moría en casa del señor, el contrato se daba por terminado.

Los servicios de estos “esclavos” eran utilizados preferentemente en el trabajo agrícola, el transporte, el comercio y el servicio doméstico.

La finalidad de la educación significaba formar guerreros y sacerdotes:

Los aztecas concebían la misión del hombre sobre la tierra como un medio para ensalzar a los dioses y, a través de ello, glorificar a su pueblo. Conquistar y servir en los templos eran, entonces, las principales funciones recaídas sobre los hombres libres; para eso, eran adiestrados desde muy temprana edad.

La educación militar se iniciaba cuando, a los seis, o siete años, el niño ingresaba al telpochcalli, escuela pública mantenida por cada calpulli. . A los diez participaba en los combates recibiendo su primera distinción cuando lograba apresar un enemigo. A partir de ese momento se le abrían amplias perspectivas de progreso en la estructura social; sin embargo, si luego de otros combates no repetía la hazaña, debía retirarse del ejército. Volvía al calpulli convertido en macehual, en hombre común dedicado a la labranza de las tierras.

Quienes cumplían el objetivo, acción atribuida a los dioses, continuaba ascendiendo en el escalafón de los guerreros hasta integrarse, conjuntamente con los nobles, a las órdenes militares superiores: los caballeros tigre, soldados de Tezcatlipoca, que llevaban como distintivo una piel de jaguar, y los caballeros águila, soldados de sol, reconocidos por el casco en forma de cabeza de águila con que, orgullosamente, cubrían la cabeza.

La carrera sacerdotal se impartía en el calmenac, institución a la que también tenían acceso los macehualli. Tras largo aprendizaje del ritual relacionado con las ofrendas y sacrificios, de la confección de horóscopos, del reconocimiento de los hechizos y medios para combatirlos, quedaban aptos para profesar. El aspirante debía, entonces, renunciar al matrimonio para ser ungido como tlamacazqui, servidor de Quetzalcóatl. A medida que adquirían, prestigio empezaban a ascender los escalafones de la jerarquía eclesiástica hasta llenar a ocupar sus cargos máximos: Quetzalcóatl Totec tlamacazqui y Quetzalcóatl Tláloc tlamacazqui, pontífice de Huitzilopochtli y Tlaloc, las deidades que coronaban el centro ceremonial de Tenochtitlán.

Otra escuela especializada era el cuicacalli, centro de formación de poetas, cantores, músicos y bailarines.

Las tareas propias a cada sexo eran enseñadas por los padres, quienes, de tal modo, los adiestraban para un correcto desempeño en la vida familiar.

- Gobierno y Administración -

Motecuhzoma Ilhuicamina y Tlaecaetel fueron los encargados de sentar las bases administrativas del imperio.

En el exterior aprovecharon las estructuras de los lugares sometidos, que englobaban a los calpulli, pilli, tecuhtli, tlatoani, etc. Obtenían la amistad de un señor o ponían en el poder a un miembro de la dinastía que les fuera favorable, al tiempo que estrechaban lazos mediante alianzas matrimoniales y la educación de los posibles herederos en Tenochtitlán. En los lugares más rebeldes se colocaban gobernadores militares y se mantenían guarniciones. Para los asuntos económicos había mayordomos en todas las provincias. El sistema se completaba con los embajadores y los mensajeros que mantenían al centro informado y transmitían las órdenes del huey tlatoani.

El gobierno se centraba en diversas salas del palacio o tecpan. A ellas acudían a recibir órdenes o a deliberar los guerreros, los señores, los sacerdotes y los maestros. El consejo supremo estaba formado por el tlatoani y los señores de más alto rango, y entre sus facultades estaba la de poder elegir entre ellos al sucesor en el cargo máximo.

Una sala, llamada petlacalco (“donde están las cajas”), era clave en el sistema económico. Allí se llevaba la cuenta de los tributos cobrados o por cobrar y de lo que se distribuía, y servía de almacén. Allí llegaban a recibir instrucciones los encargados de las obras públicas, de los servicios personales o de la recaudación de impuestos. Entre sus miembros eran de gran importancia los escribanos, que registraban todos los movimientos, tanto de bienes como de personas, y los archivaban.

La organización judicial contaba con un tribunal para nobles y otro para la gente común. En ellos se reunían los jueces y a su alrededor giraba una cohorte de escribanos, abogados, pregoneros, mensajeros y ejecutores que llevaban a cabo los veredictos de los procesos. La ley mexica era severa y castigaba sobre todo la transgresión de la norma. Por ello era muy frecuente la pena de muerte, aplicada en primer lugar, con todo rigor, a los jueces corruptos.

La mayor parte de los cargos del imperio estaban ocupados por los nobles. Recibían remuneración por ello, sobre todo tierras que usufructuaban mientras ocupaban el puesto. A ellas unían prebendas del huey tlatoani. Su posición era privilegiada, pero debían obrar con rectitud, pues eran punto de mira para toda la población. En consecuencia, los castigos que recibían eran más severos.

- Desarrollo y Creencias Religiosas -

De acuerdo con la leyenda de los cinco soles, los hombres y las cosas no fueron creados una sola vez. Los dioses experimentaron varias ocasiones a fin de dar vida a diversas humanidades encabezadas por un sol, representante de la propia divinidad creadora, que, por diferentes motivos, fueron destruidas.

El primero en intentar poblar el mundo fue Tezcatlipoca, el sol tigre, quien dio forma a unos gigantes que desconocían la agricultura. Su comportamiento irritó tanto a Tezcatlipoca, que transformado en tigre se los comió.

Quetzalcóatl, el sol viento, decidió repoblar el mundo. Hastiado de la altivez y mal agradecimiento de sus creaturas, envió una gran tormenta que barrió con casi todos ellos. Quienes se salvaron quedaron convertidos en monos.

Tlátoc, el sol de la lluvia, volvió a intentar la fundación, pero nuevamente los hombres se condujeron de mala manera. Una lluvia de fuego los consumió. Hubo sobrevivientes bajo la forma de pájaros y mariposas.

Chalchiuhtlicue, el sol del agua, creó la cuarta humanidad. Un diluvio los tornó en peces. Sólo una pareja, refugiada en lo alto de un enorme ciprés, escapó al castigo, pero Tezcatlipoca los transformó en perros.

Quetzalcóatl fue el último creador. Bajó al mundo de las tinieblas, el mictlán, para robarse los huesos de los antiguos muertos. La mujer serpiente, Cihuacóatl, los molió y las otras deidades aportaron su sangre para confeccionar una masa con la que se moldeó el género humano. Ello ocurrió en Teotihuacán, la inmensa ciudad que en la época azteca se encontraba en ruinas. Allí, también, dos dioses se arrojaron al fuego para dar vida al sol y a la luna. Las demás divinidades tuvieron que darles sangre para que se movieran. Así, de este sacrificio colectivo de las deidades se forjó la humanidad náhuatl, de la cual los aztecas eran sus últimos representantes. A ella Quetzalcóatl le regaló el maíz y le enseñó las artes que les permitieron vivir de un modo completamente distinto al de sus antecesores. Tezcatlipoca, por su parte les entregó el fuego.

Los aztecas supieron ser agradecidos. Permanentemente ofrendaban la sangre de sus víctimas a los dioses con el objeto de revitalizarlos en la permanente lucha entre la luz y las tinieblas. La sangre empleada en la creación volvía, así, hacia los creadores. Los sacrificios cumplían, además, otra importante función: dotar de carne a una población que no disponía de suficientes proteínas animales. Los cronistas afirman que el cadáver del sacrificado era entregado a la familia del guerrero que lo había apresado.

El canibalismo afectaba únicamente a hombres de otros pueblos. Los aztecas no se comían entre sí.

El nacimiento y destrucción de sucesivas humanidades forjó entre los aztecas un sentido cíclico de la historia, creyendo que los acontecimientos volvían a repetirse transcurrido un determinado lapso. Ello se refleja muy bien en las vacilantes actitudes de Moctezuma II, el monarca que vivía aterrado ante la posibilidad de que el sol de la quinta humanidad estuviese llegando a su fin, como parecía anunciarlo la serie de catástrofes recaídas sobre Tenochtitlán poco antes del desembarco hispano en Veracruz.

Los dioses:

La religión azteca poseía cientos de deidades. Este exagerado politeísmo se debía a que los dioses tenían muchas manifestaciones distintas, pudiendo, así, aparecer bajo diversas formas.

Los mexicas creían en la existencia de dos divinidades creadoras: Ometecuhtli y Omecíhuati, el Señor y la Señora, que habían engendrado a cuatro hijos: el Tezcatlipoca rojo o Xipe Tótec, el Tezcatlipoca negro, Quetzalcóatl y Huitzilopochtli, el Tezcatlipoca azul. Ellos crearon a los demás dioses, al mundo y a los hombres.

Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, era la divinidad del viento, de la vida, de la mañana, del planeta Venus, dios de los mellizos, etc. Bajo cada uno de esos aspectos tenía su propia representación. Era conocido también como "el gemelo precioso", debido a que personificaba a Venus en la mañana mientras que en la tarde encarnaba dicho planeta su mellizo Xólotl. En los códices aparece con el cuerpo pintado de negro, color de los sacerdotes. Era el creador de los hombres, el inventor de los autosacrificios, quien entregó a sus creaturas el maíz, enseñándoles las artes, oficios y ciencias. Permanentemente beneficiaba a la humanidad.

Tezcatlipoca, el espejo humeante, dios del cielo nocturno, se relacionaba con las estrellas y la luna. Era el patrono de los hechiceros y salteadores. Inventó el fuego. Se le representaba con un pie mutilado que cubría un espejo de obsidiana. Era protector de los guerreros jóvenes.

Xipe-Tótec, nuestro señor el desollado, era dios de la primavera y de los joyeros. Su sacerdote debía cubrirse con la piel de la víctima sacrificada en su honor.

Huitzilopochtli, el colibrízurdo, era el guerrero joven, el sol del amanecer que emergía del vientre de la diosa tierra, falleciendo en la tarde para alumbrar el mundo de los muertos. Allí, armado de una serpiente de fuego, combatía con la luna y las estrellas. Cuando las derrotaba volvía a brillar el sol. La victoria era celebrada conjuntamente con las almas de los guerreros caídos en la lucha o la piedra de los sacrificios, quienes lo paseaban en andas. Divinidad tribal de los aztecas, creían que las almas de las mujeres muertas durante el parto lo recogían cuando expiraba al atardecer.

El sol, tonatiuh; la luna, meztli; la vía láctea, mixcóatl, y los planetas, tzontémoc, completaban el principal grupo de deidades celestes.

Huehuetéotl, el dios viejo, desdentado, representaba al fuego; Tláloc, "el que hace brotar", a la lluvia y al rayo; Chalchlutlicue, "la de la falda de jade", al mar y los lagos; Coatlicue, "la de falda de serpientes", a la fertilidad terrestre, y Mictantecuhtli, "el señor de los muertos", al mundo subterráneo.

El Calendario:

Los aztecas, al igual que los mayas, tenían un sistema matemático vigesimal. Las cifras de 1 a 19 las escribían con un dedo, puntos o circulitos coloreados; el número 20 se expresaba por medio de una bandera; el 400 por una pluma y el 8.000 por un saco.

Desconocían el cero, por lo que no podían realizar cálculos complejos como los efectuados por los mayas.

Tenían un calendario ritual, el tonalpohualli, y un calendario solar, el xíhuitl. El primero estaba compuesto por 260 días, dividido en 20 unidades, o "meses", de 13 días. Cada una resultaba por la combinación de los 20 nombres de los días con el número 13. Al terminar una serie de días, volvían a repetirse; con los números no sucedía lo mismo, puesto que después del 13 comenzaban, nuevamente, con el 1. Éste indicaba, además, el inicio de otro período, dentro del mismo calendario, constituido por 20 "semanas" de 13 días cada una.

Los dos períodos del calendario tenían sus propios dioses representando los días y su correspondiente ubicación entre los "meses" y las "semanas". Ellos regían las actividades de los hombres. Sacerdotes especializados confeccionaban, basándose en un libro de referencia llamado tonalámatl, los horóscopos y resolvían consultas sobre hechos particulares.

El calendario solar de 365 días estaba dividido en 18 meses de 20 días y un período de 5 días considerados nefastos. Entonces los aztecas ayunaban y se lamentaban por la catástrofe que podía ocurrir durante ese lapso. Este calendario regulaba las grandes ceremonias de la religión estatal.

Los 19 meses tenían nombres relacionados con la agricultura. Los días se denominaban igual que en el tonalhualli, anteponiédoles numerales del 1 al 20. Sólo cuatro días podían dar comienzo a un nuevo año: Casa, Conejo, Caña y Cuchillo de pedernal.

Cada año era identificado por el número y el nombre del día en que comenzó. Éste se repetía luego de transcurridos 52 años, tiempo que cerraba un ciclo, el xiuhmolpilli. Tras él los acontecimientos se duplicaban debido a que los días estaban presididos por las mismas. Se apagaba, entonces, el fuego en el altar antiguo y se celebraba la ceremonia del Fuego Nuevo, símbolo de la nueva vida que se iniciaba.

- Conclusión -

Al terminar este trabajo podemos concluir que los Aztecas fueron una de las civilizaciones más importantes en la antigüedad de América, debido a su gran desarrollo cultural, económico, social, religioso y administrativo.

Este trabajo nos ayudo a conocer más profundamente esta gran cultura, a realizar un detallado trabajo de investigación y a complementarnos de una mejor manera en forma grupal.

- Bibliografía -

- Los Aztecas: entre el dios de la lluvia y el de la guerra -.

(José Luis Rojas).

- Civilizaciones Prehispánicas de América -.

(Osvaldo Silva Galdames)

- Enciclopedia Multimedia Encarta 97 -.

- Internet -.

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