Arturo Uslar Pietri

Literatura hispanoamericana contemporánea del siglo XX. Narrativa ensayísitica intelectual venezolana. Biografía. Vida y obras

  • Enviado por: Ang287
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  • País: Venezuela Venezuela
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REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA.

MINISTERIO DE EDUCACIÓN, CULTURA Y DEPORTES.

UNIDAD EDUCACIONAL EL PARAÍSO.

CÁTEDRA: CASTELLANO Y LITERATURA.

SEMESTRE 3 Y 4 DE HUMANIDADES

CARACAS, JUNIO DEL 2002

REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA.

MINISTERIO DE EDUCACIÓN, CULTURA Y DEPORTES.

UNIDAD EDUCACIONAL EL PARAÍSO.

CÁTEDRA: CASTELLANO Y LITERATURA.

SEMESTRE 3 Y 4 DE HUMANIDADES

CARACAS, JUNIO DEL 2002

ÍNDICE

CONTENIDO

PAGINA

Introducción

4

Biografía

5

Evolución Intelectual De Uslar Pietri

8

Cronología

32

Obra Literaria

38

Anexo La Trilogía Inconclusa De Arturo Uslar Pietri (Por Patrizia Spinato)

47

Conclusión

63

Bibliografía

64

INTRODUCCIÓN

Durante 50 años Uslar Pietri fue uno de los más destacados articulistas de opinión del país a través del diario local El Nacional.

Uslar Pietri tuvo una destacada labor como historiador que plasmó en enciclopedias y programas de televisión sobre la historia de Venezuela.

Uslar Pietri era considerado por muchos como uno de los más grandes intelectuales de Hispanoamérica. No sólo destacó en las letras, sino también en la política -con la que fue ministro, senador y diputado- y en la difusión popular de la cultura.

Actualmente y a pesar de su edad avanzada, era una fuente de consulta obligatoria a la hora de emprender un estudio del siglo XX venezolano.

Y esto, debido tanto a la amplia obra que desarrolló en los ámbitos literarios, históricos y políticos, como por su participación directa en los más importantes sucesos de la historia contemporánea de su país.

Entre sus más destacadas obras se incluyen Las Lanzas Coloradas, El camino de El Dorado, La isla de Robinsón, El laberinto de fortuna, Oficio de difunto, Barrabás y otros relatos, y Red.

Biografía

Nace en Caracas el 16 de mayo de 1906.
Muere en Caracas el 26.2.2001.

Es considerado por muchos como uno de los más grandes intelectuales de Hispanoamérica. A sus 94 años es una fuente de consulta obligatoria a la hora de emprender un estudio del siglo XX venezolano, debido tanto a la amplia obra que desarrolló en los ámbitos literario, histórico y político; así como por su participación directa en los más importantes sucesos de la Historia Contemporánea de Venezuela. Lejos de lo que comúnmente se piensa, Uslar Pietri nació en una familia de modestos recursos. Fueron sus padres el militar Arturo Uslar Santa María y Elena Pietri. Cursó estudios primarios en el Colegio Francés de Caracas (1913-1916) y en la "Escuela Federal de Varones" de Maracay (1916-1919). El bachillerato lo hizo en la Escuela Federal "Felipe Guevara Rojas" de Los Teques (1923-24.) Contando apenas con 14 años comenzó su carrera literaria escribiendo en periódicos aragüeños. Posteriormente colaboró en revistas caraqueñas con figuras tales como Miguel Otero Silva, Fernando Paz Castillo y Pedro Sotillo; con quienes además fundó en 1928 la Revista Válvula, órgano del movimiento vanguardista. En ese mismo año, publicó su primer libro "Barrabás y otros relatos". Graduado de Doctor en Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela (1929), viajó a Francia como Agregado Civil a la legación de Venezuela en París; lugar donde escribió su primera gran obra: Lanzas Coloradas, la cual publicó en Madrid en 1931.

Después de la muerte de Juan Vicente Gómez (17.12.1935), se inició un intenso debate ideológico acerca del camino que debía tomar la sociedad venezolana. A su regreso de Europa, Uslar Pietri se incorporó de inmediato a este interesante clima político, escribiendo una serie de editoriales en el diario caraqueño Ahora, entre los cuales destaca uno de sus más famosos y aún vigentes ensayos: "Sembrar el Petróleo" (14 de julio de 1936). El 19 de julio de 1939, fue nombrado Ministro de Educación; cargo desde el cual desarrolló una vasta labor en la transformación de la educación venezolana e incluso refrendó la primera Ley Orgánica de Educación del país. Miembro fundador del Partido Democrático Venezolano (PDV), cuyos estatutos y programa redactó, fue elegido Diputado a la Asamblea Legislativa por el Distrito Federal en 1944.

Ministro de Relaciones Interiores cuando se produjo el Golpe de Estado que derrocó al Presidente Isaías Medina Angarita (18.10.1945), fue expulsado del país, por lo que se residenció en Nueva York, donde ejerció el cargo de profesor de la Cátedra de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Columbia. A partir de 1948 comenzó a publicar en el diario caraqueño "El Nacional" la columna "Pizarrón", la cual publicó de manera ininterrumpida por 50 años hasta el 4 de enero de 1998. Ganador del Premio de Cuentos del diario "El Nacional" con su obra "El Baile de Tambor" (1949), retornó al país en 1950, y fue designado al año siguiente director del Papel Literario de "El Nacional". En 1953, a los pocos meses de haberse establecido la televisión en Venezuela, Uslar Pietri inició a través de Radio Caracas Televisión una serie de programas, los cuales tituló "Valores Humanos", en los que divulgó la vida de numerosos personajes que dejaron una profunda huella en la historia y cultura universal. Con estos programas Uslar se convirtió en el primer intelectual venezolano que utilizó la TV como medio difusor de la cultura. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura (1952-1953) por su obra "Las Nubes".

Con el retorno de la democracia, luego de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (23.1.1958), Uslar Pietri reinició su actividad política. En ese año fue elegido Senador por el Distrito Federal, como miembro independiente del partido Unión Republicana Democrática (URD). Más tarde, lanzó su candidatura presidencial para las elecciones de 1963, apoyado por el Movimiento Republicano Progresista (MRP). En esos comicios obtuvo el 16.1% de la votación nacional y el 39% de la votación del Distrito Federal, lo que le permitió ser elegido nuevamente Senador por dicha entidad para el período 1964-1969. Fundador del partido Frente Nacional Democrático (FND) y como presidente de dicha organización (1964), apoyó al gobierno de Raúl Leoni, formando parte de la alianza que se conoció como "Amplia Base". En las elecciones presidenciales de 1968 fue elegido nuevamente Senador por el Distrito Federal esta vez en las planchas de su partido FND, cargo que compartió con la dirección de el diario El Nacional. En 1971 recibió el Premio Nacional de Periodismo y, el año siguiente, el Ministerio de Información y Turismo de España le otorgó el Premio Hispanoamericano de Prensa "Miguel de Cervantes".

Luego de retirarse de la actividad política, viajó a París como Embajador Delegado Permanente ante la UNESCO (1975). En ese cargo permaneció hasta 1979, cuando renunció y regresó al país para dedicarse con ahínco a la divulgación de la Historia de Venezuela a través de sus programas de televisión "Valores Humanos" y "Cuéntame a Venezuela". En 1982 recibió por segunda vez el Premio Nacional de Literatura, en esta oportunidad por su novela "La Isla de Robinson". En 1990 le fue otorgado el Premio "Príncipe de Asturias", Mención Letras, por su condición de "creador de la Novela Histórica Moderna Latinoamericana", y al año siguiente, el Premio Internacional de Novela "Rómulo Gallegos", por su obra "La Visita en el Tiempo", convirtiéndose de esta manera en el primer venezolano que obtiene este galardón.

Evolución intelectual de Uslar Pietri

Arturo Uslar Pietri
     Arturo Uslar Pietri nació en Caracas el 16 de mayo de 1906, hijo mayor del matrimonio entre el general Arturo Uslar y la señora Helena Pietri.

     Su infancia y adolescencia estuvieron enmarcadas por la provincia venezolana: Los Teques, Maracay, Cagua. Desde 1915 conoció a un compañero que ejercería en él influjo importante y con quien habría de compartir el crecimiento intelectual: Carlos Eduardo Frías.

     Hay una incidencia particular que podría explicar en cierto modo la actitud de Arturo Uslar Pietri en sus días juveniles, con respecto a los acontecimientos políticos encabezados por los universitarios contra Juan Vicente Gómez. Su abuelo materno, el médico y general Juan Pietri, fue amigo personal del dictador. Estuvo entre quienes lo impulsaron a actuar contra Cipriano Castro, en 1908. Cuando Gómez asumió la Presidencia, el general Pietri formó parte del Consejo de Gobierno, primero como Ministro de Hacienda y luego como Vice-Presidente de la República, en el desempeño de cuya responsabilidad murió en 1911 (1). Uslar era entonces un niño de 5 años; esos vínculos de familia y la condición militar de su padre debieron pesar sobre el joven que desde 1923 cursaba Ciencias Políticas en la Universidad Central. Su conducta en las acciones estudiantiles fue, pues, muy discreta, de modo particular en las protestas de 1928, cuando estaba apenas a un año de obtener su título de Abogado. En cambio, desde temprano se definió en él la vocación literaria. Como alumno de secundaria en el Colegio San José de Los Teques empezó a escribir primeras páginas. Ya en 1922 había publicado un texto, «La lucha» en Billiken. Sus colaboraciones se hicieron frecuentes también en El Universal y El Nuevo Diario (2).

   Lector temprano de modernistas y simbolistas, Eugenio de Castro, Gómez Carrillo, Rémy de Gourmont, Darío, Lugones, Herrera y Reissig, Horacio Quiroga, Valle Inclán, su escritura inicial estuvo señalada por esas tendencias.

     A partir de 1925 cambian las perspectivas: contactos intelectuales con otros jóvenes universitarios, nuevas fuentes de lectura; los realistas rusos: Andreiev, Gogol, en especial el libro común de aquellos estudiantes: Saschka Yegulev. Además la Revista de Occidente, editada en Madrid por Ortega y Gasset, y una especie de breviario para el aprendizaje de las nuevas estéticas: Literaturas europeas de vanguardia, de Guillermo de Torre (3).

     Desde 1925 en adelante se incrementa la producción y publicación de textos. Fue abundante la escritura de poemas que sólo recogería en libro ya en plenitud de su carrera literaria: Manoa, (1972). Los primeros cuentos empiezan a difundirse por la misma época (4). La vida de aquel escritor de 20 años estaba delimitada. Antes de que estallase la pequeña escaramuza intelectual contra válvula, Uslar había publicado un texto dramático reimpreso luego en la revista: «E ultreja» (5). En 1927, un año antes de redactar el manifiesto editorial de válvula, había publicado un ensayo teórico sobre vanguardismo (6). El intelectual ostentaba familiaridad con principios de la filosofía de Spengler. Estrenaba prosa enérgica y el poder dialéctico de argumentación que no ha abandonado al ensayista. Cita a Góngora junto a Goya, Whitman, Mallarmé, Wilde, Lautréamont, Rimbaud, Marinetti, Cocteau, Picasso, Tzara, Huidobro. No le es ajena la inclinación hacia los problemas de la plástica, tan palpable en el conjunto de su obra. Lo más sorprendente es que aquel ensayo de juventud está escrito para refutar puntos de vista reticentes sobre las vanguardias, expuestos nada menos que por César Vallejo. Cobra relieve singular una cita extensa, si se piensa que fue esgrimida como argumento en aquellos días de agrio debate a lo largo de toda América:

“Pero ha habido sin embargo hombres superficiales que han tomado la vanguardia como una excentricidad de artistas ociosos, como un aspecto de la antigua manía bohemia de epatar a los burgueses, localizándola como propia del grupo que por mayores facilidades de medio y ubicación ha podido vocearla más, colocados sobre esta falsa base han intentado gritar que las nuevas generaciones de América son plagiarias del arte moderno europeo.

Uno de éstos es César Vallejo, sudamericano, quien enrostra a las gentes jóvenes del continente tamaña vaciedad. Bien se ve que no se ha tomado el trabajo de saber que pertenecemos a una cultura, en todo el ancho sentido que encierra el puñado de letras, y que un fenómeno de ella ha de arropar a todos los hombres que la constituyen con las necesidades de las fuerzas fisiológicas, sin que puedan decirse plagiarios los unos de los otros, pero sí con el derecho de llamar desertores o rezagados a los que no tienen el valor de colocarse en su momento histórico.

La vanguardia no es ni individual, ni nacional, es un fenómeno de nuestra cultura que cae sobre todos y que estamos en el deber de ponerle los hombros para que se apoye.”

Así de maduramente razonaba quien apenas unas semanas después asumiría el papel de ductor ideológico-literario del famoso manifiesto con que se abría válvula. Pero más que en esta última página de combate, en el ensayo de 1927 existe y se exhibe un conocimiento preciso del acontecer literario hispanoamericano por parte de Uslar Pietri. Consideraba precursores de las nuevas modalidades a Darío y Herrera y Reissig, afirmación que la crítica más reciente ha corroborado. Sabía también de la trascendencia que la obra de José Juan Tablada tuvo para el momento germinal de nuestra vanguardia, «cuyos entretenimientos no palidecen ante los Caligrammes de Apollinaire». En otros párrafos recuenta su familiaridad con la evolución de las vanguardias hispanoamericanas, de las cuales menciona: estridentismo mexicano, vedrinismo antillano, nativismo uruguayo de Silva Valdés, creacionismo de Huidobro y la polémica de éste con Reverdy. Semejantes evidencias en un ensayo previo a la aparición de válvula plantean una rectificación. El propio Uslar Pietri, en repetidas ocasiones ha sostenido que por aquellos años de su iniciación literaria era muy poca y fragmentaria la información manejada por él y sus compañeros (7). De ser así, no por fragmentaria puede colegirse que dicha información estética no hubiera conectado claramente el movimiento venezolano con lo que estaba sucediendo en otras partes del continente. El mejor testimonio lo aporta Uslar. De los textos polémicos reseñados antes a propósito de válvula, si se excluyen las tres notas bien meditadas que publicó Gabriel Espinosa, no se halla ninguna otra página tan medulosa y con manejo más rico de conceptos que el ensayo de Uslar Pietri, producido, insistimos, antes de que se publicara la revista.

     Con lo anterior creemos que puedan disiparse las sospechas de parcialidad por preferencias personales cuando se afirma que fue Arturo Uslar Pietri la figura decisiva, por conciencia y actuación, en lo que a estremecimiento literario representó el año 1928 en la vanguardia venezolana. Y más, su papel intelectual estuvo en todo caso a la altura de quienes en otro terreno, el político, desplegaron un frente capaz de conmocionar un país aletargado por depresiones de toda especie.

Entre enero y septiembre de 1928 Arturo Uslar Pietri llena un indisputable primer plano intelectual, tanto por sus intervenciones en el escándalo y la polémica de válvula como por la aparición de su primer libro de cuentos.

     En 1929, doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela, se marcha a Europa. Lleva investidura de funcionario diplomático en la Legación de Venezuela ante el gobierno francés y representante ad honorem en la Sociedad de Naciones. Se le ha reprochado innumerables veces el desempeño de esas funciones cuando sus compañeros de aulas universitarias estaban prisioneros o en el exilio. Seguimos creyendo que este criterio puede tener validez histórica para juzgar su conducta política de juventud, pero no como expediente para negar su obra. Además, vistos los hechos desde una perspectiva contemporánea y en contraste con la actitud posterior de muchos protagonistas estudiantiles de 1928, se pueden considerar los hechos sin que medien resentimientos de grupo. Para efectos de la historia literaria, aun así, este criterio resulta estrecho a la hora de valorar obras. En esos mismos años, Julio Garmendia desempeñaba también modestísimos cargos diplomáticos y otro tanto ocurría con Enrique Bernardo Núñez, para citar sólo a aquéllos no involucrados en la cohorte oficial de modernistas y positivistas, plegados incondicionalmente al régimen. En los casos de Garmendia y Núñez, como en el de Uslar, la excepcional calidad de la obra legada diferencia campos. Se hace innegable.

     En Europa, Uslar Pietri tuvo oportunidad de afirmar como experiencia lo que en Caracas había sido vislumbre asimilada en páginas de libros y revistas donde se hablaba de nuevas modalidades culturales. El gusto por la pintura se acentúa. Lee con avidez a Breton, Eluard, Maurois, Mauriac, Giono, Michaux, Céline. Frecuenta las tertulias surrealistas de La Coupole. Se actualiza en las controversias generadas a partir del Segundo Manifiesto Surrealista y las ácidas disensiones provocadas entre Breton y sus seguidores, que advienen en detractores. No hace, pues, ni más ni menos, que otros hispanoamericanos con quienes entabla contacto inmediato: Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Luis Cardoza y Aragón, Max Jiménez. Conoce intelectuales europeos que estaban en primera línea de las transformaciones literarias: Rafael Alberti, Robert Desnos, Max Darieux, Jean Cassou, Adolphe de Falgairolles, George Pillement, Curzio Malaparte, Massimo Bontempelli y otros (8).

     Continuos viajes amplían su visión de Europa. Recorre Italia, España, Inglaterra. Lo estimulante para él, sin embargo, sigue siendo la convivencia con la capital francesa:

“Hace veinte años yo era muy joven y vivía en París. Estaba entregado a esa ciudad como con una fascinación mágica. Su color, su olor, las formas de su vida, me parecían el solo color, el solo olor, las únicas formas de vida apetecibles y dignas de un hombre verdaderamente culto. A veces me ocurría sonar que me había marchado y me despertaba, en mitad de la noche, con el sobresalto de una pesadilla. Cuando salía a algún corto viaje, el regreso me parecía una maravillosa fiesta “.

En cuanto a escritura, el cambio más notable operado en el novel cuentista de Barrabás y otros relatos fue su incursión afortunada en la novela, quizá la más afortunada. Fue inducido tal vez por la amistad de dos latinoamericanos que lo animaron, con quienes intercambió experiencias y lecturas de originales: Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias. Este último residía en Europa desde 1923. Luego de un corto paso de cinco meses por Inglaterra se había radicado en París. Cursaba con George Reynaud algunas materias relacionadas con las culturas mayenses de Mesoamérica. Tomaba conciencia a fondo del contexto cultural de su propio ámbito nativo, irónicamente desde Francia. Es la famosa búsqueda de una perspectiva de distancia, que los novelistas contemporáneos latinoamericanos han revivido. Asturias ampliaba un cuento, «Los mendigos políticos», para convertirlo en El Señor Presidente. En 1930 había publicado en Madrid sus Leyendas de Guatemala, que tanto admiraron a Paul Valery.

     Carpentier, por su parte, se ocupaba de preferencia en asuntos musicales y de radiodifusión en la emisión francesa, mientras escribía su novela ¡Ecué-Yamba-O!, editada en Madrid en 1933.

     En los tres escritores había común preocupación por las nuevas técnicas literarias, particularmente algunas aportadas por el surrealismo, notoria presencia en la obra producida por ellos en aquellos años parisinos. Además, había un común desvelo por estremecer los gastados esquemas académicos del español:

“En esa época hablábamos de un modo inagotable de literatura, de lo que estábamos haciendo, de lo que había que hacer, de lo que estaban haciendo los demás, con un verdadero amor delirante de la palabra, que era muy curioso. A veces nos daban las dos de la mañana elucubrando sobre palabras y dándole vueltas a giros idiomáticos. Yo me acuerdo, anecdóticamente de una cosa... ¿Usted recuerda la frase con que comienza El Señor Presidente? Yo me la sé de memoria porque se la oí a Miguel Ángel ochocientas veces. Dice: «¡Alumbra lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!» Y después añade «maldoblestar de la luz en la sombra, de la sombra en la luz». Ese «maldoblestar» es producto de algo muy gracioso. Un día estábamos hablando del empobrecimiento general del español; se había empobrecido pero había sido muy rico en los comienzos. Luego había caído en una pobreza retórica y dramática muy grande. Yo le decía que una de las cosas que revelaban la riqueza inicial del castellano y de la libertad con que lo usaban, algo que luego se perdió, eran los libros que hizo publicar Alfonso X El Sabio y, particularmente, la General Estoria y las Siete Partidas. Leyendo las Siete Partidas uno se quedaba asombrado de cómo usaban la lengua; la riqueza, variedad y propiedad con que la usaban de una manera creadora, espontánea, con una especie de juego del valor de las palabras y le decía yo a Miguel Ángel una frase que había encontrado leyendo las Siete Partidas -ya no recuerdo en qué punto-; allí, en lugar de decir «de cualquier naturaleza que fuese», dice: «de cualnaturaquier que fuese». Miguel Ángel se impresionó mucho y de ahí salió el «maldoblestar» que escribió luego en El Señor Presidente.”

 Con la fruición de penetrar la raíz misma de su instrumento expresivo, el intelectual de 24 años emprende la redacción de Las lanzas coloradas. Un modo de ir a los orígenes de la conciencia nacional en agraz, en el período emancipador, sin caer en los esquemas de la novela histórica galdosiana.

     Nuestro parecer es que en las tres novelas nombradas -¡Ecué-Yamba-O!, Las lanzas coloradas y El Señor Presidente- se estaba operando una verdadera transformación en la narrativa hispanoamericana de los 30. De ellas, la primera en ser editada fue la de Uslar Pietri; la de más tardía aparición, El Señor Presidente. En las tres se hallan delineados los rasgos que posteriormente se darían en llamar «realismo mágico», término introducido en la teoría literaria hispanoamericana por el mismo Uslar Pietri. Los tres autores, asiduos partícipes en las tertulias del surrealismo francés, procuraban alejarse de aquellos códigos, sin desconocer sus aportes, más bien estudiaban sus postulados para proyectarlos sobre la realidad artística de Hispanoamérica. Con los años, Alejo Carpentier hablará de «lo real maravilloso americano», como nivel diferencial del maravilloso surrealista (11). Y Uslar, parafraseando la expresión aplicada por Franz Roh al campo de las artes plásticas de los años 20, pondrá a circular el concepto de «realismo mágico» (12).

     En París, Uslar no sólo maduró con la asimilación de nuevas técnicas que se imponían a través de Breton y que tuvieron largo expediente de antecesores, sino que también reafirmó sus convicciones hispanoamericanas, al igual que sus otros dos compañeros más próximos. Un americanismo mágico fue el resultado, algo que más tarde evolucionó hasta generar la versión mágica del realismo. Esto es indicio de que la aceptación de algunos cánones surrealistas obedeció a estudio crítico, a discernimiento y reflexión. No fue un simple contagio de modas y modos de escribir. Más tarde los tres escritores -Asturias, Carpentier, Uslar- fueron desechando la cadena de prejuicios -favorables o adversos- sobre el regionalismo y volvieron los ojos a la realidad neocontinental con otra óptica más moderna, en busca de temas propios que permitieran un tratamiento nuevo o maravilloso de lo real, como reiteradamente lo ha venido proponiendo Carpentier

  Los tres escritores radicados en el París de 1931 no estaban ajenos, por lo demás, a la fuerte manifestación de un antiimperialismo literario e ideológico que estaba vigente entre los escritores de toda América y que estimulaba en Europa la incansable combatividad de Henri Barbusse. La literatura de combate fue más violenta en Asturias, más doctrinaria en Carpentier, atenuada por una visión artística del mundo en Uslar. Asturias había fundado en París la Asociación General de Estudiantes Latinoamericanos junto con el uruguayo Carlos Quijano. En diversas formas exteriorizaban su solidaridad con las luchas antiimperialistas de Sandino en Nicaragua (13). Carpentier funda y es jefe de redacción de la revista Imán, patrocinada por Elvira de Alvear. Ya para entonces, el novelista cubano escribía en la revista Carteles de La Habana sobre la nueva visión -maravillosa- de lo americano (14).

     Aquel año de 1931, Uslar Pietri había concluido Las lanzas coloradas. Viaja a Madrid para editar la novela en las prensas de Zeus. Con ella alcanzaría consagración en el ámbito de la lengua española. La obra es seleccionada entre las mejores del mes en Madrid, por un jurado que integraban Azorín, Ramón Pérez de Ayala, José María Salaverría, Enrique Díez-Canedo, Pedro Sáinz Rodríguez y Ricardo Bajeza.

     Los años siguientes transcurren entre viajes. Periódicamente va a Ginebra, como delegado de Venezuela ante la Sociedad de Naciones. Conoce Marruecos acompañado por Miguel Ángel Asturias. En febrero de 1934 emprende regreso a Venezuela.

     El país vivía entonces los estertores de la dictadura gomecista. El viejo cacique andino había reasumido directamente la presidencia en 1932. La bonanza fiscal procedente del auge petrolero había permanecido y se incrementaba año tras año. El país se había remozado materialmente en algunos aspectos.

     El 17 de diciembre de 1935 muere «oficialmente» Juan Vicente Gómez. El país grita y desborda su júbilo. Eleazar López Contreras asume provisionalmente la Presidencia. Quedaba cerrado así el siniestro período de 27 años de dictadura, que Eustoquio Gómez -pariente del dictador- y el Coronel Tarazona, habían pretendido alargar mediante la liquidación física de López Contreras, en una conjura que resultó fallida. El Presidente de transición termina contando con el apoyo de la mayoría y la adhesión casi inmediata de numerosos intelectuales.

Uslar se incorpora, desde el momento de su regreso, a la vida cultural del país. Ingresa en la Facultad de Derecho de la Universidad Central como profesor de la primera cátedra de Economía Política. En lo literario, ya afirmado, tanto por la consagración que le valió Las lanzas coloradas, como por la traducción de algunos cuentos suyos a otras lenguas, rápidamente volvió a entrar en contacto con antiguos compañeros de faenas intelectuales. Seguido por Pedro Sotillo, Julián Padrón, el fotógrafo Alfredo Boulton (Bruno Pla) funda la revista El Ingenioso Hidalgo. El primer número circuló en marzo de 1935. Allí publicó su ensayo «Pies horadados», donde se interna en la reflexión sobre el mito y su proyección literaria. Ideológica y estéticamente, otra revista entró en polémica con El Ingenioso Hidalgo. Se trataba de la Gaceta de América, dirigida por Inocente Palacios y donde colaboraron, entre otros, escritores marxistas como Miguel Acosta Saignes. La Gaceta consideró la revista donde escribía Uslar, como un tanto arte-purista en materia intelectual. El señalamiento se originó a propósito de ciertos artículos firmados por Julián Padrón. Uslar sale a responder en una apostilla titulada «Asteriscos». Allí la prosa se muestra madura, ponderada en la adjetivación. Expone sus ideas discrepantes con discreta lucidez. En el texto vuelve a insistir sobre la idea del conocimiento mágico, en tanto categoría válida del arte, más allá de su utilitarismo:

“El conocimiento no es sino la noción de nuevas relaciones entre las cosas. A él se llega por los métodos científicos, pero hay cierta categoría de fenómenos, de parentescos, de aproximaciones, a los que el científico aún hoy no puede aspirar. Éste es el dominio del poeta. Un conocimiento mágico, una iluminación inesperada; en la materia de los más bellos versos se vislumbra una noción que todavía no podemos catalogar, ni definir, pero por donde el espíritu, en cierto modo, entra en posesión de un reino que está casi más allá de nuestros medios. Es en este sentido que todo verdadero poeta es metafísico.”

 Uslar estaba, pues, inserto ya en la nueva tradición de una estética del mito y de lo mágico, cuyas elaboraciones posteriores al surrealismo invadían el escenario intelectual de Europa y América Latina. No es fortuito que el propio Gallegos, tan aferrado al realismo, produjera y editara aquel año una novela arraigada en la sustancia mítica de nuestra región guayanesa: Canaima (1935); como tampoco el que la atmósfera literaria venezolana se fuera impregnando de aires metafísicos abrevados en los poetas alemanes -particularmente Hölderlin y Novalis- cuyas lecturas están presentes en el grupo Viernes, que irrumpirá con clara actitud surrealista a partir de 1936.

     En agosto del mismo 1935 circuló el tercero y último número de El Ingenioso Hidalgo. En él aparece otro ensayo importante de Uslar: «Interludio a la novela». Su teoría del conocimiento mágico queda reiterada: «...el arte es muy otra cosa que una receta eficaz, es más bien un equilibrio inverosímil, una calidad que se revela a la intuición, un conocimiento adventicio e inesperado, una relación mágica» (16). Por ello estima que la novela difícilmente logra esa jerarquía artística. Su conceptuación apunta, posiblemente a un hecho: su inclinación dominante hacia el cuento, vocación inicial ratificada con los años y de cuya producción su novelística llega a distar abismos en calidad y elaboración. Transcribo sus ideas por parecerme de enorme vigencia, próximo a cuanto en aquellos años planteaba Malraux, a propósito de la novela y de las formulaciones teóricas de Vladimir Weidlé -Les abeilles d'Aristée (1935)- a propósito del realismo mágico o realismo del mito. Son planteamientos que numerosos teóricos han reactualizado en nuestros días.

“En la novela caben, y sobre todo deben caber, todas las partes y maneras del hombre: el sexo y el sueño, el lirismo y la matemática, el estudio y la aventura, la construcción y el delirio. Tiene de su abuelo el poema épico la manía de relatar alguna ejemplar aventura; de la ciencia, su compañera e instigadora, el prurito de la observación de la realidad; de la vida, su materia, el riesgo de caer en lo trivial o en lo absurdo; de la palabra, su vehículo, el peligro de estancarse en literatura vacua. Por todo ello si no es el género más artístico, es, sin duda, el género más difícil de lograr artísticamente.”

Según tal concepción, el arte se introduce en la novela «subrepticiamente» por caminos «ordinarios», como una carnada que el lector debe aceptar dentro del juego que se le propone. El sentido lúdico del arte es tal vez lo de mayor originalidad en aquella breve nota:

“Toda obra de arte se inicia con un gesto que tiene mucho de pueril. El autor se propone y propone a sabiendas o no, armar momentáneamente un juego que distraiga al espectador de la circunstancia viva que lo rodea naturalmente. Su gloria y su desgracia residen en ese juego que ha de hacer aceptar para tornarlo luego en más que vida. Muchos se le rezagan en el embobamiento infantil que cubre lo profundo de la obra. Para el novelista esa condición es mucho más cruel y precisa por estar más ligado a lo ordinario y absurdo que ningún otro, y por tener que alzar el vuelo con mayor lastre de realidad.”

Recuérdese que quien reflexionaba de este modo era un escritor de 29 años. Recién llegado de París, entraba en la vida literaria venezolana con una densidad cultural que no ha dejado de aportar, desde entonces, valiosos planteamientos aun en sus contradicciones. Si su vocación dominante era la literatura, el reconocimiento nacional a la calidad del cuentista se presentó ese año 1935, cuando obtuvo con su texto «La lluvia» el primer premio de un concurso promovido por la revista Elite. Se trata de uno de sus trabajos narrativos más antologados y traducidos. Unos meses después editó su tercer libro: Red. Cuentos (1936).

     Cuando el país superaba a medias las convulsiones sociales surgidas a raíz de la muerte de Gómez y el régimen de López Contreras, ya afianzado, se orientaba hacia una persecución sistemática contra organizaciones populares de izquierda, Uslar desempeñó modestos cargos en el Ministerio de Relaciones Exteriores, mientras dedicaba la mayor parte de su tiempo a la docencia universitaria.

     En 1938 figura, al lado de otros catedráticos, entre los fundadores de la Facultad de Economía de la Universidad Central. Para entonces era Director de Política en el Ministerio de Relaciones Exteriores, cargo que deja para desempeñar el de Director del Instituto de Inmigración y Colonización. Había ingresado en la vida pública. Y también en la política. En el seno del poder alternaban posiciones paradójicas. De una parte se había configurado un sector eminentemente cerrado, proclive a un gomecismo residual. De la otra, un sector liberal más progresista. El segundo se aglutinó en torno al Partido Agrario Nacional, que proclamaba pequeñas reformas. Entre los fundadores estaba el nombre de Arturo Uslar Pietri, al lado de personalidades políticas relevantes que desempeñarían, después de López Contreras, funciones de importancia. Entre ellas destacaban Manuel R. Egaña, J. González Gorrondona, e intelectuales como Ramón Díaz Sánchez, Manuel Felipe Rugeles, Julio Morales Lara y el eminente pediatra Pastor Oropeza. Representaban todos inteligencias de la burguesía progresista liberal. Sus buenas intenciones duraron poco.

     En medio de una nueva conmoción bélica que puso en expectativa al mundo entero, la situación política de Venezuela se complicaba. La ilegalización de las fuerzas de izquierda y el clima general de descontento ocupaban el escenario nacional. En el poder, el gabinete de Eleazar López Contreras hacía crisis. El afamado científico venezolano, Enrique Tejera, renunció al Ministerio de Educación. Fue reemplazado por Uslar Pietri, quien se convirtió en el ministro más joven del nuevo equipo ejecutivo. Su actuación fue brillante y se le reconoció una voluntad de modernizar las anticuadas estructuras pedagógicas del país, a pesar de que aún eran exiguos los recursos asignados a esta área vital de la nación. En el desempeño de sus funciones redactó una Ley de Educación conocida como Ley Uslar Pietri o Ley del 40, cuya modernidad fue indiscutible.

     En 1941 asume la Presidencia de la República el general Isaías Medina Angarita. Hay unanimidad en admitir que se trató de un régimen de amplias libertades, caracterizado por el libre juego de opiniones y de organizaciones políticas. En el gabinete del nuevo gobernante, Arturo Uslar Pietri tuvo figuración desde el comienzo. Primero, fue Secretario de la Presidencia de la República y se le atribuyeron condiciones de ser el gran consejero presidencial en las medidas de distensión política. Luego actuó como Ministro de Hacienda y, finalmente, para el momento en que fue derrocado aquel militar admirable en su sentido libertario, Uslar sería su Ministro de Relaciones Interiores.

     Medina introdujo medidas de liberalización ideológica, legalizó las organizaciones de izquierda, mantuvo un amplio clima de amnistía. En el momento de ser derrocado no había un solo prisionero político en las cárceles venezolanas. La importancia de Uslar como figura descollante en esos momentos en que se liquidaban las ejecutorias del caudillismo andino en nuestra política, la significa Ramón J. Velásquez en la siguiente forma:

“Por otra parte, Arturo Uslar Pietri ya para 1942 se ha convertido en la gran figura del régimen. A Uslar Pietri se le asigna entonces el papel de sumo inspirador de los grandes cambios de estilo en el gobierno, al tiempo que sus enemigos lo acusan de atizar la división entre los generales López Contreras y Medina Angarita. Para los ya reducidos grupos regionalistas, Uslar es antiandino y para los conservadores es un peligroso aliado de los comunistas.

Correspondan o no estos elogios y estas acusaciones a la verdad, es lo cierto que Uslar Pietri, desde Miraflores, tendió un puente entre la mayoría de los escritores, poetas y artistas y el gobierno, y abrió el camino de los representativos de la generación del año 28 que no quisieron aceptar la jefatura de Rómulo Betancourt.”

 En realidad, a partir de aquella época, la equidad demostrada por Uslar Pietri en materia política le ha granjeado respeto hasta de sus más encarnizados adversarios.

     El 18 de octubre de 1945, Medina Angarita fue derrocado por un golpe cívico-militar al que se le quiso imprimir nuevamente el sentido de una «Revolución». En él se habían confabulado políticos como Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Gonzalo Barrios, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Luis Augusto Dubuc, Luis Lander, Alejandro Ávila Chacín, en connivencia con militares de graduación intermedia: Mario Vargas, Carlos Delgado Chalbaud, Luis Felipe Llovera Páez, Marcos Pérez Jiménez y otros. Se constituyó en seguida una junta «Revolucionaria» de Gobierno presidida por Rómulo Betancourt. Los funcionarios del medinismo son hechos prisioneros. Entre ellos Arturo Uslar Pietri, quien comparte una celda de la Escuela Militar con el general Eleazar López Contreras. Entonces el escritor sabe del exilio, de la persecución, de la enajenación de sus bienes, medida ésta adoptada por un Jurado de Responsabilidad Civil y Administrativa que gozaba de poderes extraordinarios otorgados por la Junta Revolucionaria de Gobierno.

     A fines de noviembre Uslar es «extrañado» del país con los ex presidentes López Contreras, Medina Angarita y otros altos representantes del régimen depuesto. Reside en Estados Unidos. En ausencia se le juzga bajo acusación de haberse apropiado 1.400.000 bolívares. Le son confiscados sus bienes (18). Desde Nueva York, en marzo de 1946, escribe una carta pública a Rómulo Betancourt, donde se defiende por el atropello contra su dignidad, puesta en entredicho en un juicio que, por lo demás, fue arbitrario, como lo demostró el tiempo.

     En Estados Unidos, Uslar Pietri se dedica al ejercicio de la docencia en la Universidad de Columbia. Enseña nuestra literatura a los estudiantes de español. Producto de sus cursos es el volumen Letras y hombres de Venezuela. Colabora, además, semanalmente en el diario El Nacional de Caracas, actividad que mantiene en forma ininterrumpida hasta hoy. Por aquellos años sostiene una valiente posición crítica sobre asuntos políticos y económicos, desde su perspectiva ideológica.

     Mientras tanto, Venezuela se abocaba a un proceso de elecciones populares directas, las primeras del presente siglo, la única reivindicación permanente concedida por la Junta de Rómulo Betancourt. Rómulo Gallegos es electo Presidente de la República. Su mandato será efímero. Los mismos militares que habían echado del poder a Medina Angarita, acechaban en la sombra. El 24 de noviembre el novelista fue derrocado, puesto en prisión y lanzado fuera del país. La conjura se expandía en un corto mandato de Carlos Delgado Chalbaud, quien sería asesinado por sus propios compañeros para abrir cauce sangriento a otra dictadura: la de Marcos Pérez Jiménez.

     En Norteamérica, la actividad intelectual de Uslar se intensifica. Concluye su segunda novela: El camino de El Dorado (1948) con la cual le es concedido en Venezuela el Premio Arístides Rojas. Era el reconocimiento nacional a un gran ausente. Además termina y publica un tercer volumen de cuentos: Treinta hombres y sus sombras (1949), conjunto de extraordinaria calidad renovadora. Por último, concluye y edita en Chile una serie de ensayos bajo el título de Las nubes, cuyas páginas están cargadas de inquietantes reflexiones sobre nuestro devenir cultural. La plenitud llegaba.

     En julio de 1950 regresa a Caracas. Se integra en la docencia superior, en la Universidad Central de Venezuela y el Instituto Pedagógico Nacional. La brillantez de sus exposiciones sobre literatura venezolana no demoraron en granjearle prestigio y simpatía. Combina esta labor con actividades de la empresa privada. Con su amigo de infancia, Carlos Eduardo Frías, trabaja en una compañía publicitaria, que dirige hasta 1963. Dirige también el Papel Literario de El Nacional, en cuya tarea destacó por su receptividad y amplitud frente a nuevos valores literarios.

     El asesinato de Carlos Delgado Chalbaud, perpetrado en 1950, había sumido a Venezuela en umbrosa situación política. Gradualmente cesó el libre juego de los partidos. Los sindicatos, clausurados primero, se oficializaron bajo el control de la dictadura. Una inmigración anárquica provoca el desempleo y el descontento general. La ciudad sufre una metamorfosis endemoniada dentro de una improvisación arquitectónica que desfigura su ya maltrecho rostro. Uslar mantiene una conducta mesurada.

     No obstante, en su columna periodística deja traslucir, entre líneas, observaciones críticas valiosas. La censura de prensa no permitía que nadie fuera más explícito. Quien lo intentaba estaba expuesto a sufrir la misma suerte de una figura que, por la valentía de sus mensajes, debió salir expulsada y terminó padeciendo atropellos físicos en el exilio: Mario Briceño Iragorry.

     El proceso represivo se agudizó a partir del desconocimiento de elecciones libres convocadas y realizadas en noviembre de 1952. El ganador había sido el partido URD, donde convergía todo el descontento y el rechazo unánime contra el régimen de Pérez Jiménez.

     Los campos de concentración y las cárceles, la tortura y la persecución, los atentados y las liquidaciones físicas de dirigentes democráticos campean nuevamente en la escena venezolana.

     La labor cultural de Uslar Pietri comienza a difundirse desde 1952 a través de un programa de televisión denominado «Valores Humanos». Su marginamiento de la vida política del país será prolongado, casi hasta vísperas de la caída de Pérez Jiménez. El régimen dictatorial entra en descomposición y crisis a mediados de 1957. La resistencia clandestina se organiza de manera unitaria. Insurge una Junta Patriótica donde convergen sectores políticos y clases sociales sin excepción. Las protestas estudiantiles y sindicales se intensifican. El 1 de enero de 1958 emerge un primer movimiento militar de la Fuerza Aérea. Los grupos económicos y religiosos apoyan las sacudidas que desde distintos ángulos cristalizan en un gran movimiento nacional. El 10 de enero aparece en la prensa un manifiesto firmado por numerosos intelectuales. Entre ellos está Uslar Pietri. Los firmantes son detenidos en la Cárcel Modelo de Caracas. El 23 de enero de ese año el país queda liberado del dictador y se restituyen las libertades públicas.

     En el quinquenio de 1952 a 1957 la tarea de escritura es fecunda para Uslar. Desde 1950 en que editó De una a otra Venezuela, sus ideas liberales, proclives a la defensa de la libre empresa, son discutidas con calor pero también con respeto hacia un hombre consolidado ya de manera indiscutible en la historia intelectual. Alterna la crítica con los ensayos de temas económicos, sociales o literarios. Así van sucediéndose ininterrumpidamente sus libros: Apuntes para retratos (1952), Arístides Rojas (1953), Breve historia de la novela hispanoamericana (1954), El otoño en Europa (1954), Pizarrón (1955). Las academias lo incorporan como Individuo de Número: en 1955, la de Ciencias Políticas y Sociales. Su discurso relativo al problema petrolero hace recordar al hombre que muchos años antes había acuñado una frase: «Hay que sembrar el petróleo». La polémica no se hace esperar. En 1958 es sucesivamente recibido por las Academias de la Lengua y de la Historia.

     El retorno a la normalidad política del país lo inserta nuevamente en actividades públicas. En 1958 es electo Senador Independiente. Llegó a constituir la inteligencia parlamentaria llamada a la toma de grandes decisiones. Es la década de los 60, de turbulencia política inusitada. En efecto, entre 1959 y 1964, durante el ejercicio presidencial de Rómulo Betancourt, Venezuela vive una de sus más tremendas crisis político-sociales. La división de Acción Democrática y la aparición del Movimiento de Izquierda Revolucionaria como desprendimiento de aquella organización en el poder, señalan una tormenta política inminente. En 1961, el Partido Comunista de Venezuela emite, a través de su Secretario General, Jesús Faría, la tesis de que hay que prepararse para la toma del poder por cualquier vía, sin descartar la lucha armada. La Revolución cubana ilumina esperanzas revolucionarias con su ejemplo insoslayable. Se veía entonces la vía armada como salida para solucionar los problemas sociales y económicos, la dependencia económica y política, vigentes a lo largo de todo el siglo. La respuesta oficial del partido de gobierno fue la persecución y las provocaciones contra los grupos de izquierda. Aquello generó una cadena de convulsos movimientos que culminaron con el allanamiento de inmunidad parlamentaria ejercida contra los líderes del Partido Comunista y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Las guerrillas proliferaron en la ciudad y el campo. Dos levantamientos armados de carácter militar tuvieron como escenario las ciudades de Carúpano y Puerto Cabello. Esta última fue teatro de una masacre ordenada personalmente por el Presidente Constitucional y Comandante en jefe del Ejército: Rómulo Betancourt.

     En 1963, dentro de un clima de gran agitación, el país se preparaba para una nueva contienda electoral. Las coaliciones de partidos y los frentes originan numerosas fórmulas. El nombre de Arturo Uslar Pietri, respaldado por su enorme prestigio intelectual y por su irreductible oposición contra Acción Democrática participará en la campaña como candidato a la Presidencia de la República. Inicialmente se le consideró como el más llamado a constituir una candidatura de unidad nacional. Ramón J. Velásquez refiere así aquella circunstancia:

“Además de su nombre como literato y humanista, había sido la principal figura política en el gobierno de Medina Angarita. (...) Además había sido el primer político que utilizó la televisión como medio para llegar al gran público con el sistema semanal de charlas sobre los grandes personajes del mundo. Y era un vocero del más duro e intransigente antiacciondemocratismo. El AVI desilusionado por la respuesta de Acción Democrática podría respaldar u empresa, así como los numerosos sectores nacionales que simpatizaron con Medina Angarita y también el Partido Comunista que recordaba las excelentes relaciones mantenidas durante su gestión como consejero político del Presidente Medina. En su primera presentación como posible candidato presidencial de la oposición, Uslar criticó severamente al gobierno de Betancourt por «no haber sabido liberar al país del proceso de divisionismo y violencia imperante y por no resolver ninguno de los problemas nacionales, poniendo en peligro la estabilidad del sistema democrático.”

El sectarismo de unos, la soberbia de otros y el señalamiento de las izquierdas de que Uslar Pietri era un representante de las oligarquías financieras nacionales y transnacionales hicieron fracasar la posibilidad de un entendimiento en torno a una candidatura unificadora de los sectores más progresistas del país, en aquellas circunstancias de una democracia que, de representativa se había ido tornando represiva.

     Frustrada la idea de una candidatura única de oposición, coyuntura propicia a la derrota de Acción Democrática, Uslar mantiene su condición de candidato respaldado por un movimiento que organizara Ramón Escovar Salom bajo el nombre de Frente de Unificación Nacional (FUN), de donde saldría más tarde el partido FDN (Frente Democrático Nacional). Sectores independientes, el movimiento Agrarista de Ramón Quijada (grupo disidente de Acción Democrática y de una subdivisión llamada ARS) y algunos otros grupos reiteraron el apoyo a Uslar Pietri.

     Ese mismo año, dentro de las acciones insurreccionales, un grupo guerrillero urbano asalta el Museo de Bellas Artes. Roba unos valiosos cuadros que formaban parte de la exposición «Cien años de pintura francesa». La acción, que procuraba efectos publicitarios para el diezmado movimiento guerrillero venezolano, manifestó la voluntad de entregar dichas obras en manos de una persona de comprobada honradez. Eligió, justamente, a Arturo Uslar Pietri. Aquel gesto dejó disipada, de una vez por todas, cualquier sospecha de apropiación indebida con que se le había acusado a raíz del derrocamiento de Medina Angarita.

     Concluidas las elecciones del 1 de diciembre de 1963, Uslar Pietri resultaba favorecido con una alta cifra de votos (469.240), por sobre la figura de Wolfgang Larrazábal, quien había sido el carismático líder del retorno a la democracia en 1958. Alcanzó, pues, un cuarto lugar, superado sólo por el candidato triunfante -Raúl Leoni-, Rafael Caldera y Jóvito Villalba. Era además un tenso proceso donde las izquierdas insurrectas habían proclamado una fallida política de abstención militante. Por lo demás, Uslar logró aglutinar electores de clases contrapuestas: los sectores marginales de la capital, la clase media y los grupos económicamente más fuertes de Caracas.

     Triunfante Raúl Leoni, para el ejercicio de su mandato buscó y logró una alianza triple en el poder: Acción Democrática -su partido-, URD y los sectores que habían apoyado a Uslar Pietri. Este fenómeno se conoce históricamente como gobierno de Amplia Base. Uslar invita a los distintos grupos que lo habían secundado en su campaña electoral para que se unifiquen. Funda un nuevo partido, del cual será presidente: Frente Nacional Democrático. Por primera vez su nombre asume públicamente una connotación de líder partidista. Esta actitud le fue recriminada por el hecho de que su candidatura presidencial había nacido con signo independiente. Su comportamiento amplio y tolerante, sus esfuerzos por lograr una política de pacificación y de retorno a la legalidad para los grupos de izquierda, fueron el balance en favor de aquella participación breve en el gobierno de amplia base. Esto le fue reconocido unánimemente, al igual que sus sinceras gestiones por conseguir la inmediata libertad de los numerosos prisioneros políticos que Betancourt había legado al gobierno de Leoni como lastre muy incómodo. Solicitaba, además, la revisión de cuantiosos juicios militares seguidos a civiles que habían participado en las luchas insurreccionales. Poco éxito habrían de obtener sus planteamientos. Las guerrillas prosiguieron sus actividades, por lo menos en tres estados del país: Lara, Falcón y Trujillo. Del lado oficial, las torturas y la represión se mantuvieron inmodificadas; el enorme aparato represivo montado por Betancourt permaneció incólume. Sólo a fines de 1964 se atenuó el enfrentamiento con la medida de conmutación de penas de prisión por exilio, para los dirigentes revolucionarios en armas.

     Aquel experimento tripartita de gobierno duró poco tiempo. En marzo de 1966 Uslar Pietri anuncia públicamente el retiro de su partido político, en carta al presidente Leoni. ¿Razones? El poco éxito alcanzado en el cumplimiento del programa común y la carencia de consenso en las decisiones políticas. En realidad, su propio partido estaba conmovido por contradicciones y divergencias internas que habrían de concluir en la disolución de la militancia en varios grupos. El primero de ellos acompañó a Ramón Escovar Salom. Se avecinaba un nuevo proceso electoral. Uslar entra en alianza con otras fuerzas dentro de un Amplio Frente de Oposición promovido por Miguel Ángel Capriles, secundado por Wolfgang Larrazábal y Jorge Dáger, entre otros. El amplio frente resultó estrecho. Un sector era partidario de lanzar la candidatura presidencial de Miguel Ángel Capriles. El otro, dentro del cual se insertó Uslar, proponía respaldar la candidatura de Rafael Caldera, quien habría de resultar el nuevo triunfador. Posteriormente, Uslar, Miguel Otero Silva y otros integraron un nuevo frente llamado de la victoria, que respaldó la candidatura de Miguel Ángel Burelli Rivas. Eran momentos dramáticos para el partido de gobierno, que nuevamente se escindió por divergencias en la elección de su candidato. De un lado afloró el Movimiento Electoral del Pueblo, cuyo candidato presidencial fue Luis Beltrán Prieto Figueroa. Lo que restaba de Acción Democrática acompañó en la derrota la candidatura de Gonzalo Barrios. Las nuevas elecciones expresaron el eclipse político de Arturo Uslar Pietti. Volvería a ser electo al Congreso Nacional, pero su partido entraba en franco declive hasta la disolución posterior. Uslar renuncia a la Secretaría General de su grupo, cargo que entrega a Pedro Segnini La Cruz. Queda como asesor político, solamente. Retorna de manera predominante a su labor intelectual que, por lo demás, en los últimos cinco años, había quedado reducida a una mínima producción. En efecto, si se revisa su bibliografía entre 1962 y 1967, se observará que publica dos novelas integrantes de una trilogía titulada El laberinto de fortuna. Ellas fueron: Un retrato en la geografía (1962) y Estación de máscaras (1964). Ambas novelas dejaron mucho que desear en lectores acostumbrados a la impecable escritura literaria del autor. No ocurrió así, en cambio, con el cuarto volumen de cuentos, Pasos y pasajeros (1966) de excelente elaboración.

     En la ensayística, entre 1958 y 1962, aportó tres libros de importancia: Venezuela, un país de transformación (1958), Materiales para la construcción de Venezuela (1959), Del hacer y deshacer de Venezuela (1962). Publicó además una serie de textos sobre la educación, bajo título La universidad y el país (1961) destinado a encender polémicas un tanto ácidas. Como se ve, los años de mayor actividad en la vida política fueron de escaso incremento literario para su obra.

     En 1969, Caldera toma posesión de la Presidencia de la República. Uslar actúa como parlamentario. La política de pacificación del nuevo gobernante fue recibida con alguna reticencia por ciertos sectores parlamentarios, especialmente el derrotado partido Acción Democrática. La legalización de los partidos de izquierda comienza con el retorno a la vida abierta de un maltrecho Partido Comunista. El MIR propone acogerse a la legalidad y pide que sea Uslar Pietri el vocero de su decisión ante el gobierno. Nuevamente su nombre está señalado por el respeto a su amplitud de ideas y a la tolerancia de puntos de vista contrarios al suyo.

     En el mismo período de gobierno de Rafael Caldera, Uslar Pietri pasa de la vida política al periodismo, como director del diario El Nacional. Mantiene el prestigioso periódico en una línea de eclecticismo y objetividad informativa y continúa escribiendo semanalmente su columna. De esa labor sólo habría de retirarse con otro cambio de poder, operado con el triunfo aplastante de Carlos Andrés Pérez para la Presidencia de la República. En ese mismo tiempo se retira del Congreso con un memorable discurso. Publica dos nuevos volúmenes de ensayos: En busca del nuevo mundo (1969) y La vuelta al mundo en diez trancos (1971). Durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez es designado representante de Venezuela ante la UNESCO, un organismo donde su claridad de ideas, la asombrosa cultura y, sobre todo, su gran ponderación lo llevaron a desempeñar altísimas responsabilidades hasta ahora, cuando regresa al país, para continuar incansablemente su trabajo de escritor, sin desligarse de la institución internacional donde han transcurrido sus últimos años.

     Desde el punto de vista de la evolución de sus ideas literarias, aquel joven escritor que había convulsionado el ambiente intelectual venezolano de los años 20 con sus textos doctrinarios sobre la vanguardia, particularmente a través de válvula y de su muy meditado ensayo de 1927, mantuvo a lo largo del tiempo una definida voluntad de universalizar nuestros temas contextuales. No fue la suya una prolongación de cosmopolitismos asimilados de la estética modernista. La diferencia entre ambos conceptos fue aprendida por Uslar en sus lecturas de Guillermo de Torre, quien dedicó unas líneas de clarificación del problema en sus Literaturas europeas de vanguardia:

“Mientras lo cosmopolita es solamente general, lo universal es general y local; y esta característica es lo que hace (...) que una obra literaria (...) de valor universal pueda ser gustada con plenitud de entusiasmo tanto en su medio nativo, por virtud de las cualidades locales que posee, como por un medio exótico, merced al valor de amplia universalidad que irradia.”

Esa conciencia de universalidad le permitió reelaborar la materia local para proyectarla más allá de su ámbito, especialmente en sus cuentos y en Las lanzas coloradas. La difusión que su obra narrativa llegó a alcanzar entre los países de América Latina y la gran acogida que ha tenido en España, se complementa con las numerosas traducciones a otras lenguas, que esas obras han conquistado por derecho propio. No obstante, en el momento en que aquellas ideas y propósitos incursionaban en el estrecho cauce literario del país, sonaron a provocación e irreverencia contra la mitificación del criollismo. Hasta su tercer libro de cuentos, esa posición ideológico-estética rigió la escritura narrativa de Uslar. El cambio de perspectiva hubo de producirse por la década de los 60.

     En 1967, Caracas congregó un numeroso conjunto de escritores y críticos. Se reunían en un Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, convocado en la capital venezolana con motivo de ser concedido por primera vez el Premio Internacional de Novela «Rómulo Gallegos» al escritor peruano Mario Vargas Llosa. Por esos días, Uslar es centro de polémica literaria por dos planteamientos, uno sobre «La muerte de la crítica»; otro, relativo al «vasallaje intelectual» de Venezuela, donde pareció que regresaba intencionalmente a un nacionalismo estético, antítesis conceptual de sus posiciones a lo largo de todo un camino luminoso de creación universalista. Sin embargo, la repercusión en su obra narrativa no fue tan absoluta. Su libro Pasos y pasajeros (1966) mantenía la misma línea de expansión temática y expresiva donde hábilmente se escamotea el localismo. No es que la materia estuviese ubicada en un ámbito geográfico diferente al nacional. Por el contrario: su arraigo histórico y espacial continuaba bien fincado en nuestros contextos. Pero la destreza del narrador supo ubicar el desarrollo en una dimensión válida para cualquier marco referencial de sus lectores y ése es uno de los grandes secretos de su éxito internacional como cuentista.

Cronología

1906: Nace el 16 de mayo en Caracas. Hijo del General Arturo Uslar y de Helena Pietri, su infancia transcurre en la capital venezolana hasta los 9 años de edad.

1915: Se traslada con su familia a Cagua y más tarde a Maracay.

1923: Acaba su bachillerato en el Liceo San José de Los Teques. Comienza a publicar poemas y ensayos de diversa índole en diarios caraqueños como El Hogar, El Nuevo Diario o El Universal. Ese mismo año, ingresa en la Universidad de Caracas, donde estudia Ciencias Políticas.

1925: Publica sus primeros relatos en diversas revistas, que luego formarán parte de su primer volumen de cuentos.

1928: Redacta el manifiesto fundacional de la histórica revista válvula, promotora del vanguardismo en Venezuela. Edita su primer libro Barrabás y otros relatos.

1929: Obtiene el grado de Doctor en Ciencias Políticas y marcha a París con un cargo diplomático en la Sociedad de las Naciones. En la capital francesa, se inicia en las tertulias surrealistas y entabla relaciones con numerosos escritores franceses e hispanoamericanos.

1931: Publica su primera y más reconocida novela Las lanzas coloradas.

Arturo Uslar Pietri

1934: Regresa a Caracas.

1936: Publica su tercer libro, una recopilación de cuentos titulada Red.

1945: Se exilia en Nueva York.

Arturo Uslar Pietri

1947: Publica El camino de El Dorado.

Arturo Uslar Pietri

1949: Aparece otro volumen de cuentos, Treinta hombres y sus sombras y una recopilación de ensayos, De una a otra Venezuela.

1950: Regresa nuevamente a Venezuela, reincorporándose a la vida cultural y política del país. Recibe el premio «Arístides Rojas» por su novela El camino de El Dorado.

1954: Aparece su primera antología de cuentos con el título de Tiempo de contar.

1959: Comienza a publicar numerosos libros de ensayo: Materiales para la construcción (1959); Del hacer y deshacer de Venezuela (1962); En busca del Nuevo Mundo (1969); La otra América (1974); Fantasmas de dos mundos (1979).

Arturo Uslar Pietri

1962: Inicia una trilogía titulada El laberinto de la Fortuna, integrada por las novelas Un retrato de geografía (1962) y Estación de máscaras (1964).

1963: Presenta su candidatura a la presidencia de la República.

1966: Reanuda su obra cuentística con Pasos y pasajeros (1966) y Los ganadores (1980).

1974: Publica otro libro de ensayos La otra América.

1976: Publica la novela histórica Oficio de difuntos.

Arturo Uslar Pietri

1990: Recibe el premio Príncipe de Asturias de las letras, 18 de Octubre.

Arturo Uslar Pietri

1991: Obtiene el Premio Internacional de Novela «Rómulo Gallegos» por su novela La visita en el tiempo.

Arturo Uslar Pietri

2001: muere el 27 de febrero en Caracas a los 95 años de edad.

Obra literaria

El primer libro de Uslar Pietri y la vanguardia literaria de los años veinte


     En 1978 se cumplieron cincuenta años de la primera edición de Barrabás y otros relatos, libro con que inicia su carrera literaria el venezolano Arturo Uslar Pietri (1906-2001). La editorial Monte Ávila de Caracas conmemora este aniversario con una reedición de ese texto que enriquece con un trabajo prologal del autor y un valioso trabajo introductorio de Domingo Miliani (1). Cincuenta años de distancia y un libro de juventud pueden surgir como explicación al hecho de que el lector actual encuentre que no todos los relatos del volumen han resistido -dicho sea retóricamente- la prueba del tiempo, y que desde la perspectiva del crítico el interés tienda a centrarse más bien en su valor y significación histórico-literarios. Por eso, esa nota sólo pretende contribuir a una valoración actual de esta obra a partir de su significación en el desarrollo de la producción literaria venezolana, y no de su posible vigencia en nuestros días.


I

     Barrabás y otros relatos se publica en setiembre de 1928, 1928 en Venezuela es muchas cosas. Entre otras, es el año que marca la presencia activa de nuevas fuerzas sociales en la vida política y cultural del país. En lo político, tanto las ideas reformistas como las revolucionarias comienzan a cristalizar orgánicamente en las luchas antigomecistas (2), como expresión de los dos sectores que formarán la base social de la nueva oposición: pequeña burguesía (y capas medias) y proletariado. En lo cultural es el año que irrumpe la insurgencia juvenil de las vanguardias literarias contra los epígonos del Modernismo: en el mes de enero se publica la revista válvula (así, con minúsculas) y en los diarios y revistas de la capital se trenzan ardorosas polémicas entre los defensores y detractores del arte nuevo.

     Estos hechos en lo político y cultural no son una particularidad de la Venezuela de esos años. En el fondo no son sino la manera nacional como se manifiesta un proceso que afectaba a todo el continente en ese decenio.

     La Primera Guerra Mundial la crisis que implica marcan la declinación de las oligarquías agrarias en el dominio político de nuestras sociedades. Nuevos sectores sociales irrumpen en la vida política y se cuestiona todo el sistema de valores heredados. Los años veinte en la literatura hispanoamericana muestran la búsqueda de la superación del Modernismo, búsqueda que se encauza ya sea por las vías del nacionalismo regionalista o por el cosmopolitismo vanguardista y experimental. Por eso, si bien este decenio produce las que Marinello llamara «novelas ejemplares de América», también surgen las manifestaciones más agresivas del vanguardismo hispanoamericano.

     El vanguardismo, uno de los rostros de la renovación literaria de ese período, no ha sido aún suficientemente estudiado en otros países. Sin embargo, se trata de un movimiento que afecta en mayor o en menor grado a todas las literaturas nacionales, con distintas formas, variados nombres, pero obedeciendo a un similar impulso crítico y agresivo, antirretórico y contestatario. Y su importancia como fertilizador del desarrollo de las letras es tal que no puede comprenderse la renovación de los últimos lustros sin considerar sus raíces en esta vanguardia.

     Producto de ese espíritu, de esa nueva sensibilidad como se decía entonces, es en Venezuela la publicación de la revista válvula.

     «Somos un puñado de hombres con fe, con esperanza y sin caridad», se lee en el editorial del único número que logra imprimirse: «válvula -se agrega más adelante- es la espita de la máquina por donde escapará el gas de las explosiones del arte futuro». El texto de este manifiesto editorial fue redactado por un joven que apenas se empinaba sobre los veinte años: Arturo Uslar Pietri, uno de los promotores de la revista.

     Los jóvenes que acometían esa empresa venían desde antes publicando en revistas y periódicos, principalmente en el semanario Élite, que desde su fundación, en setiembre de 1925, había dado cabida a los nuevos escritores y poetas que apuntaban renovadoramente en las letras venezolanas (Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Carlos Eduardo Frías, etc.). Las principales ideas y postulados del vanguardismo europeo, por lo menos, no fueron desconocidos por estos jóvenes, pese a las limitaciones impuestas por la dictadura. Ya en 1917, en Mérida, un estudiante llamado Mariano Picón Salas anticipaba en una conferencia algo recargada, la inquietud por un arte nuevo (3). Poemas futuristas fueron traducidos por Fernando Paz del Castillo en los años de inicio del Círculo de Bellas Artes (1912) (4). Textos de Marinetti se publicaron en la revista Cultura Venezolana, donde también aparece en 1920 el Manifiesto del Grupo Clarté. Por otra parte, a los pocos meses de publicarse el libro de Guillermo de Torre Literaturas europeas de vanguardia (Madrid, Caro Ragio, 1925) el poeta Fernando Paz Castillo publica una extensa reseña en la revista Élite (diciembre de 1925), y en esta misma publicación se reproduce un capítulo del libro.

     La publicación de la revista válvula, por consiguiente, era la forma de encauzar una inquietud y una presencia colectiva fermentada en años anteriores, una manera de organizar la fisionomía de un grupo que postulaba la renovación de la literatura venezolana en consonancia con los aires que agitaban la vida cultural del continente y el mundo.

     La aparición de válvula se produce en los días anteriores a la celebración de la Semana del Estudiante que organiza la FEV (Federación de Estudiantes de Venezuela) en febrero de 1928. Estos festejos sirvieron en cierto modo también como «válvula» de escape a la contenida efervescencia antigomecista que se incubaba en el pueblo venezolano, y rápidamente se transforman en algaradas y manifestaciones políticas de oposición, en la que participan estudiantes y trabajadores. La represión que el gobierno desencadena (que se inicia con la prisión de centenares de estudiantes) altera profundamente la vida política del país y estos sucesos se convierten en un importante hilo histórico de las luchas democráticas y populares venezolanas. Los colaboradores de válvula se ven también afectados -muchos de ellos sufren persecución y cárcel- y la publicación no puede seguir saliendo. Pero el objetivo que pretenden se logra en gran medida. Una polémica se desata y se hace evidente la existencia de una nueva promoción de jóvenes escritores con otra sensibilidad y otra conciencia de su oficio y quehacer. A esta promoción es la que se conoce en la historiografía literaria venezolana como la «generación del 28».

     Algunos meses más tarde, en setiembre, se publica Barrabás y otros relatos de Arturo Uslar Pietri, una de las primeras muestras concretas de esta nueva sensibilidad.


II

     Resulta interesante y curioso ver cómo del examen de la primera edición de Barrabás... de Uslar Pietri surge la presencia de los mismos que participaron en la preparación de válvula. La portada es de Rafael Rivero, que es también el autor de la portada semicubista de válvula, donde además se reproduce su óleo «La cupletista». El relato que abre el volumen («Barrabás») está dedicado a Carlos Eduardo Frías, y el siguiente («S.S. San Juan de Dios») a Nelson Himiob: ambos son activistas de la publicación de la revista (N. Himiob es nada menos que «Comisario para la Administración») y ambos publicarán luego, en 1939, un libro agresivo formato siamés: por un lado Canícula de C. E. Frías, y por el otro Los giros de mi hélice de N. Himiob. Al igual que la revista, Barrabás... se imprime en la Tipografía Vargas, y tanto en la revista como en el libro el tradicional «índice» se identifica anticonvencionalmente como «Plano».

     No puede caber duda que tanto válvula como Barrabás y otros relatos deben ser considerados como expresiones de un impulso que identifica colectivamente a los jóvenes vanguardistas del 28 literario venezolano. Y que a partir del examen de ambas publicaciones se podría hacer un intento para caracterizar la fisionomía de este primer momento de la vanguardia literaria en el país.

     Si para comprender este primer grupo de vanguardia se utilizan los parámetros de las escuelas canónicas de las vanguardias europeas (Cubismo, Futurismo, Dadaísmo, Expresionismo, Surrealismo) es poco probable que se logre captar su imagen real. Hay que tratar de situarla y comprenderla más bien como expresión de un impulso de búsqueda y rechazo que es común a un amplio sector de los escritores del período Post-Modernista, y tomar en cuenta las particularidades condiciones políticas y culturales de Venezuela bajo la dictadura de Gómez. Puesta en relación con este contexto, una obra como Barrabás y otros relatos se convierte en un texto particularmente interesante e ilustrativo.

     Sus dieciséis relatos tienen una factura desigual, polimorfa y abigarrada. Y el conjunto se constituye como una especie de muestrario de todo lo que en esos años se producía en la literatura del continente.

     Hay relatos en que en el sello de un modernismo epigonal es evidente («Zamurrud», por ejemplo), otros que se hermanan en el criollismo («La tarde en el campo»), otros que están aún dentro de una temática de raigambre simbolista («No sé»), muchos se lastran de motivos y situaciones naturalistas («El idiota»), etc. Lo que sí es evidente y constituye uno de los mayores méritos del libro es la presencia de un lenguaje renovador, la búsqueda de la metáfora audaz, plástica, la elaboración de imágenes frescas y refrescantes. Escribir que «en el horizonte el cielo es una llama roja que chorrea sangre sobre el agua» (5) era para esos años en Venezuela de una gran audacia poética. Y por cierto que debe haber provocado más de un repeluzno en algunos espíritus encorbatados el colocar «Una noche [...] embadurnada de luna» (p. 19) o una tarde «chorreada de violeta y rojo» (p. 50), o mostrar los árboles levantados y abiertos como candelabros de llamas verdes» (p. 92).

     Hay momentos en que la audacia de la elaboración produce imágenes de una extraordinaria plasticidad: «aquella charca muerta cuajada de flores de agua, clavada de juncos tísicos, en cuya orilla había siempre una garza estática sobre un solo pie como un árbol de sal» (p. 59).

     Este lenguaje refrescante, estas imágenes agresivamente novedosas son la prueba de que la vanidosa retórica del relato anecdótico estaba siendo dinamitada.

     Otro aspecto que muestra la apertura de nuevos horizontes es la interiorización del proceso narrativo. No tan sólo la presencia de un narrador personal y caracterizado, sino el traslado de la sustancia misma del acontecer al interior de la vida psíquica. Relatos hay que reconstruyen un universo casi onírico (como en «La bestia»), o que incorporan directamente la materia de los sueños y su incoherencia en la narración (como en un pasaje de «El camino»). LO que caracteriza al libro es la pérdida de importancia de la anécdota exterior en parte de los relatos, donde queda sólo como soporte interior, que es el foco artístico fundamental.

     Todo esto es lo que establece la vinculación de este primer libro de Uslar Pietri con las tendencias renovadoras que impulsan los vanguardistas del continente. Y es lo que determina su importancia en la renovación de la prosa narrativa venezolana. Pero su aporte a la renovación y su vinculación al espíritu de las vanguardias no significan que el libro mismo pueda ser considerado objetivamente como una obra vanguardista.


III

     Por los años en que se escribe Barrabás y otros relatos se publican también en la América Hispana otras obras que registran la actitud renovadora con que los jóvenes escritores se enfrentaban al ejercicio de la prosa narrativa. De por esos años son los cuentos de Felisberto Hernández en Uruguay y las novelas de Roberto Arlt en Argentina; en ese mismo año publica Gilberto Owen en México su Novela como nube y Xavier Villaurrutia Dama de corazones; también de ese año es La casa de cartón del peruano Martín Adán. Un año antes Pablo Palacio editaba en Ecuador los relatos de Un hombre muerto o puntapiés, y Jaime Torres Bodet en México su novela Margarita de niebla, y Sara Etchevers su novela El animador de la llama en Buenos Aires. Y al año siguiente se publicaba en Chile País en Blanco y Negro, de Rosamel del Valle, y Huidobro daba a conocer su singular Mío Cid Campeador. Éstos son sólo algunos ejemplos -no por descuidados menos importantes- del proceso de renovación vanguardista de la prosa narrativa que se pueden encontrar alrededor de 1928, ejemplos que nos muestran la existencia -a contrapelo de la producción literaria institucionalizada- de una «narrativa subterránea» que ilustra el impulso vanguardista en este género.

     Dentro de tal contexto, los relatos de Uslar Pietri aparecen como mucho menos audaces, más endeudados con la tradición, menos rupturales. Pero hay que comprenderlos también dentro del contexto nacional. La producción vanguardista venezolana se desarrolla en un marco de condiciones mucho más precarias y menos favorables que en otros países del continente. La falta de un ambiente democrático, de libre discusión y circulación de ideas, la suspicacia agresiva con que la cultura oficial miraba toda novedad, la espesa mediocridad que el gomecismo imponía en el medio cultural y artístico, todo eso hacía que el proceso de renovación implicaría un esfuerzo enorme, y que sus logros adquieran una importancia particular.

     Las debilidades y el eclecticismo artístico que a esta altura pueden detectarse en el primer libro de Uslar Pietri son, pues, tributos que se pagan a las precarias condiciones en que se desenvolvía la renovación artística venezolana en los años 20.

     Tomando en cuenta la producción vanguardista hispanoamericana de esos años, parece excesivo considerar Barrabás y otros relatos como un libro representativo de la vanguardia. Pero es un libro renovador, con muchos elementos de la literatura vanguardista, y significa un hito de gran importancia en el proceso de constitución de las formas actuales de la narrativa venezolana.

ANEXO

La trilogía inconclusa de Arturo Uslar Pietri

ANEXO

La trilogía inconclusa de Arturo Uslar Pietri

Patrizia Spinato

     Si compartimos lo que afirman Roland Bourneuf y Réal Ouellet en el primer capítulo de L'univers du roman (1972), cuando valoran la importancia literaria de las posibilidades desechadas con respecto a las elecciones efectivamente hechas por el escritor, aflora apremiante la necesidad de rescatar y de volver a examinar la trilogía inconclusa que Arturo Uslar Pietri entregó a los impresores argentinos en la década de los años sesenta. Efectivamente, la larga y prestigiosa trayectoria artística del escritor venezolano, uno de los más completos y prolíficos del siglo XX, presenta una evidente interrupción narrativa cuando él estaba en la plenitud de su actividad pública. El ambicioso ciclo de El laberinto de fortuna, «estados de gentes que giras y trocas» en las palabras de Juan de Mena puestas en el segundo epígrafe (1), se inaugura en 1962 con la novela Un retrato en la geografía, que precede de dos años a Estación de máscaras, mientras que la tercera nunca será editada, dejando incompleta la serie.

     Las intenciones del autor están esbozadas por Luis Sormujo en la primera novela, quien con un tono amargo comenta la nueva realidad del país:

todo es petróleo, todo esto es petróleo, todos nosotros somos petróleo. [...] Si por arte de magia alguien quitara bruscamente, en este momento, el petróleo de la vida venezolana, sería como si quitaran el esqueleto de una persona, o el sistema nervioso. [...] Se podría escribir una especie de novela surrealista sobre el petróleo en Venezuela. En la que de repente las gentes se dan cuenta de que están vestidas de petróleo, de que comen petróleo, de que hablan petróleo y a la niña que toca piano se le empegostan los dedos y hay una gran náusea en el país porque de repente todo el mundo descubre que todo huele a ese olorcito medio podrido y pegajoso del petróleo crudo, y que todo está negro rojizo, pegajoso, derretido y mal oliente. Sería una especie del mito de Midas. No que todo lo que toca se le vuelve oro, sino que todas las cosas que lo rodean de pronto se le vuelven petróleo.

 Sin embargo, los proyectos literarios de Uslar Pietri encuentran una expresión más ajustada por boca del protagonista, Álvaro Collado, al final del segundo volumen. Durante un encuentro de un grupo de amigos, el joven presenta su propio proyecto de una novela de nueva concepción, que revele la situación económica y social producida por el petróleo en Venezuela:

Álvaro estaba escribiendo un libro sobre la nueva realidad que había surgido de la riqueza petrolera. [...] Un libro no sobre los hechos, sino sobre las concepciones y el cambio de mentalidad.

     -Ya no somos el país rural de hacendados y peones, de guerrilleros y leguleyos que sigue apareciendo en nuestras novelas. Nos hemos convertido en otra cosa y hay que reflejar eso en los libros. La noción mágica de la realidad que el petróleo ha despertado en nosotros. Tal vez una especie de epopeya primitiva. La Odisea del venezolano que no puede regresar a su vida ordinaria perdido entre los dioses y los fantasmas malvados. Todo este delirio que los posee. Ser ricos sin trabajo, ni ahorro. Alcanzar todo sin esfuerzo, los inmigrantes, los especuladores, los intermediarios, los traficantes de influencias, los peladeros que se convierten en urbanizaciones, la sensación de poderse topar en cualquier desván con una lámpara de Aladino. Eso hay que buscar el modo de decirlo. [...] Sería una novela mítica y realista a la vez. Tal vez podría llamarse El laberinto o El Minotauro. El petróleo es como un Minotauro en el fondo de su laberinto por el que andamos perdidos en busca de la riqueza o de la muerte.

En efecto, se trata de unas novelas diferentes de las que Uslar Pietri había publicado anteriormente: aquí no se sacan noticias de los textos históricos para reconstruir una historia verosímil, ni, como en la literatura de principios de siglo, el paisaje rural constituye el escenario privilegiado. Aquí se empieza por el hic et nunc: la realidad cotidiana, las personas conocidas, el propio marco geográfico ciudadano, los problemas de todos los días que, según el escritor, se originan del petróleo y de la riqueza desmesurada y desordenada que con éste se manifiesta. Uslar Pietri piensa que los hidrocarburos han desempeñado un papel fundamental en el desajuste crónico de los equilibrios económicos, sociales, políticos y culturales de Venezuela, y eso merece ser reproducido en ámbito literario con modalidades nuevas. Concibe, por lo tanto, la idea de un tríptico que refleje la grandiosidad del cambio y que desarrolle de la manera más completa posible su epopeya caraqueña, su mural de la revolución petrolera y de sus repercusiones.

     La trilogía modelada con esas premisas se estrena con la novela Un retrato en la geografía, publicada en enero de 1962 por Losada, en Buenos Aires. El volumen se abre y se cierra con la figura, literaria por su aséptica integridad, del general Diego Collado, pero, en la pausa entre esas dos apariciones, el personaje de carne y hueso va esfumándose a medida que aparecen otras voces, entre las cuales emerge la conflictiva e insegura de su hijo menor. Álvaro Collado, en efecto, puede ser legítimamente considerado como el protagonista de la novela, un anti-héroe que, con sus pensamientos confusos, sus sueños, sus ideales y su ímpetu juvenil, a menudo consigue envolver a las numerosas comparsas que se suceden en la escena y trazar un retrato eficaz de la sociedad ciudadana del comienzo del siglo XX. Caracas aparece como una capital vivaz y activa, animada por numerosas y distintas fuerzas que presagian estímulos innovadores; hombres y mujeres de toda edad y linaje ahora tienen que compartir la necesidad de enfrentar el debate sobre la difícil situación política del país después de una larga dictadura:

Venezuela era una gallera, donde se jugaba el destino de los hombres. O era un patio de presidio. O era aquella inmensa soledad a la que había vuelto Diego Collado.

 El plot, entonces, se origina con las reflexiones del general que, después de quince años de permanencia en la cárcel, se siente completamente aislado del mundo exterior, «lejano y venerado como una leyenda. Puesto que sufre de insomnio, tiene todo el tiempo para reflexionar sobre la circunstancia de su detención, sobre el tiempo que transcurre inexorablemente, sobre los inevitables cambios de su ahora remoto núcleo familiar. Los acontecimientos que podrían determinar una amnistía se suceden sin que ninguna decisión se tome en pro de los presos, pero un día, finalmente, se infringe la mistificada inmortalidad del dictador -Juan Vicente Gómez- y se abren las puertas del presidio. A partir de ese preámbulo, decididamente estático por su localización unívoca y por lo tanto muy limitada, toma cuerpo un acontecimiento animado principalmente por la incesante rotación de los personajes sobre una escena casi integralmente ciudadana.

     El general Collado es el personaje principal de la primera parte de la novela; una vez liberado, es absorbido por una familia que, exactamente como sospechaba entre los muros de la cárcel, ya no le pertenece y que hay que reconquistar con paciencia. El grupo lo acoge como si fuera un querido huésped, que debe ser respetado pero que no tiene derecho a participar plenamente de una vida que le es extraña, debido a su larga ausencia: «nada de aquello le pertenecía, era como un intruso que había surgido de pronto dentro de unas vidas ajenas. La mujer, Celmira, emerge para desaparecer casi inmediatannente junto a su pareja, mientras son los hijos los que se imponen a la atención del lector. El primogénito, Rubén, idea un sistema para lucrarse sobre una grande extensión de tierra en una zona rica en petróleo y sobre la cual en el pasado se había encallado la burocracia del dictador. Para asegurarse un soporte legal y los relativos conocimientos útiles para favorecer las prácticas incluye en el proyecto al cuñado Saúl Verrón -protagonista de la segunda parte de la novela-, abogado potente y ambicioso, con el que su ingenua hermana Marta se había casado meses antes.

     Por lo que concierne a Álvaro, «Tenía todo el aspecto de esos jóvenes que hablaban en los mítines de barrio con una oratoria gritona y desenfrenada, animado por puro idealismo y sinceros propósitos para una radical renovación de la nación hacia la democracia. Después del paréntesis, completamente femenino, que ocupa la tercera parte de la novela, Álvaro monopoliza el escenario desde la cuarta hasta la novena y última sección: el joven frecuenta los círculos literarios más inquietos de la capital movido sobre todo por un fuerte espíritu patriótico, pero en realidad no quiere y no consigue identificarse con una particular corriente política. Cuando su amigo Geremías Centalla lo exhorta para que defina su propia posición, él vacila, sintiéndose incómodo, exactamente como Fernando Fonta en Las lanzas coloradas al ingresar en un grupo masónico:

Soy una persona que cree en la libertad, que respeta la dignidad del hombre, que quiere justicia para todos, que no quiere dictaduras. [...] yo no veo la necesidad de ponerme una etiqueta. Yo quiero comprender las cosas con mi cabeza, analizarlas, discutirlas. [...] sería insincero si dijera que soy un liberal convencido o un socialista convencido. Soy un hombre que piensa y que trata de buscar su camino.

Sin embargo, Álvaro se da cuenta de que esa postura, manifiestamente autónoma, despierta perplejidad y resentimiento entre los amigos, y por lo tanto capta la ineluctabilidad de participar más activamente en sus iniciativas y convertirse, muy a su pesar, en un mero «ejecutor de órdenes; de esta manera evita que le envíen al ostracismo y él se alivia de la angustia típica de los que tienen siempre que tomar decisiones independientes. En la que ya concibe como una misión, Álvaro llega al punto de convencer a sus compañeros para actuar drásticamente en contra del gobierno y participa en la ocupación de la universidad, «símbolo de la libertad de la Patria, donde desgraciadamente mata a un policía. Después de esta amarga experiencia, decide escuchar el consejo paterno y elige la dolorosa vía del exilio para evitar el encarcelamiento; sus familiares lo acompañan al puerto, donde lo espera un barco que lo ha de llevar a Europa. Para Álvaro la separación de las cosas queridas representa una verdadera muerte: «Todo lo veía con una avidez angustiada de querérselo llevar, de quererlo apresar y arrastrar dentro de sí»; «Era su mundo que lo dejaba. Gran barco de sombras y de soledades, pero ya percibe la posibilidad del regreso por una pequeña luz en el horizonte: «en ella sentía viva [...] el ansia de resurrección que es el hombre»

     Es interesante notar cómo Uslar Pietri se proyecta fundamentalmente sobre dos personajes de esta novela, constantemente tratando de encontrar una aclaración interior, una justificación y una completa absolución ante el lector que bien conoce sus personales «errores» de juventud. Si Álvaro, por un lado, puede ser un digno representante de sus inquietudes de la adolescencia tardía, el intelectual Luis Sormujo por el otro, representa al escritor ya renombrado que, gracias a su experiencia y a su sabiduría, puede ser un guía paternal para el joven en el camino de la vida. Una síntesis lapidaria de los dos personajes la ofrece, en las últimas páginas de la novela, Higinio Montesdeoca, cuando define a Álvaro como «Un joven que busca en los hechos lo que sólo puede hallarse en los pensamientos»; en efecto, éste acogerá el consejo del anciano, aprendiendo a convertir en la palabra escrita sus propias inquietudes.

distancia de un año de la publicación de la novela examinada, Guillermo Meneses la incluye con cierto entusiasmo en su balance de la actividad literaria venezolana de 1962. Él cree firmemente en el perfeccionamiento del proyecto y subraya su esencial polimorfismo:

 Si se pretende señalar la novela de Uslar como colección de retratos, se niega la característica esencial de la narración. Podría ser, en todo caso, la obtención de síntesis, la yuxtaposición de situaciones que no surgen de una sola experiencia. De acuerdo con «Un retrato en la geografía» se llegaría a la conclusión que no son tan diferentes los hombres y que determinados acontecimientos producen pareja calidad humana. Los acontecimientos venezolanos presentados por Uslar Pietri no han contribuido, al parecer, a formar excepcionales seres; la materia presentada es sucia y baja. Tal vez se tenga como base esencial de este libro de Uslar la contradicción entre sanas intenciones y resultados mezquinos, entre limpios ideales y torcidas empresas.

En opinión de Orlando Araujo, sin embargo, la novela carece del tenso equilibrio «del contar agarrando, mordiendo y desanudando, por lo tanto el interés del lector disminuye: y «cuando el relato se hace moroso o extensamente dialogante, sucede un descoyuntamiento, un andar sin ganas, una pérdida lineal de garra en el lenguaje, en fin, una caída. Pero, en mi opinión, el tipo distinto de novela adoptado por Uslar Pietri no necesita la tensión mencionada por Araujo; además, aunque se trate del primer experimento en este sentido, creo que el escritor consigue plenamente mantener al lector amarrado a la intrincada telaraña de los diálogos, aunque el argumento de la obra no es particularmente interesante ni de universal interés.

     Darío Villanueva y José María Viña Liste perciben una continuidad, desde el punto de vista temático, entre las novelas de Uslar Pietri, la interacción entre individualidad y coralidad, los conflictos de la adolescencia, la divergencia entre pensamiento y acción:

Un retrato en la geografía reitera un planteamiento que ya viene de la primera novela del autor, la interacción de lo individual y lo colectivo, que aquí está presente también, respectivamente, en el aprendizaje y maduración de un joven protagonista [...] y en la búsqueda de las señas de identidad venezolanas por parte de personajes intelectuales [...]. No falta la vinculación expresa entre alguna de las fallas de la convivencia nacional y las raíces españolas reforzado esto por la guerra civil del 36 como telón de fondo inexcusable en toda la segunda parte de la novela.

Al final de octubre de 1964 la Editorial Losada publica también la segunda novela de la trilogía, Estación de máscaras, en la que se continúan fielmente todas las acciones y los personajes del primer volumen y al mismo tiempo se echan los cimientos para el desarrollo sucesivo del tríptico.

     El nuevo texto, menos extenso que el primero, recupera el enredo a pesar del salto temporal: Álvaro, que en la novena parte de Un retrato en la geografía partía hacia el exilio solo y desconsolado, a escondida de todos, ve llegar el momento de su rescate y resurrección con el anhelado regreso a su patria. Al comienzo parece como si la narración se conectara exactamente con el mismo punto en el cual había sido interrumpida en la novela anterior; en realidad, pronto se declara explícitamente que han pasado diez años: «Habían terminado aquellos lentos años, tan llenos, tan cambiantes, y que, sin embargo, no habían sido sino como una víspera. A bordo de un buque que ya ha llegado a las orillas del continente americano y que dentro de cinco días entrará en el puerto de Guaira, Álvaro se presenta aún esquivo e introvertido, como si las experiencias pasadas vividas en el extranjero -por cuanto vagas, siempre fuente de crecimiento- hubieran significado muy poca cosa. Sus elucubraciones parecen gravitar sobre su compromiso de ayudar moral y económicamente a la familia del agente de policía que involuntariamente había matado durante los desordenes en la universidad, y sobre el próximo encuentro con personas casi desconocidas: «Ya no cabía espera, olvido ni aplazamiento. Ahora iba al encuentro [...] de seres nuevos y terribles, porque nada de lo que había dejado lo iba a reencontrar.

     Con gran maestría Uslar Pietri nos da la impresión de que está empezando la narración in media res, pero de repente recupera con mesurados flash back las líneas generales de los acontecimientos anteriores. Siempre con el fin de dejar bien explicados los antecedentes, se detiene progresivamente a hablar de los personajes evocados por Álvaro y traza su perfil para facilitar la implicación del lector.

     En ciertos aspectos, el arranque de Estación de máscaras trae a la memoria el incipit de O País do Carnaval, novela de 1930, donde el joven Paulo Rigger regresa a su patria después de siete años de ausencia por motivos de estudio. También el personaje de Jorge Amado había permanecido en la mistificada capital francesa donde, además de un convencional currículum universitario, había acumulado toda una serie de experiencias que lo habían vuelto cínico e indiferente. Tanto Álvaro como Paulo, en el buque que los conduce a su casa, parecen consultar a un mar mudo e indiferente, que refleja todas sus insatisfacciones y la consiguiente ansia de salvación. Ambos buscan un objetivo que oriente su vida, de nuevo en su país de origen, cuya identidad también están buscando. La confusión en la que se encuentran es simbolizada de manera evidente por el clima carnavalesco que los acoge a su llegada a la patria, y que acentúa más «el juego de la extrañeza y del no conocer.

Entre todas las caras desconocidas de la multitud festiva de Caracas emergen las de Lázaro Agotángel y Eladio Flores: si el lector oye por primera vez estos nombres, pronto descubre que también el protagonista tiene sólo una vaga idea de los personajes que lo están esperando. Lázaro, en particular, contenderá peligrosamente la escena al exiliado, totalmente a oscuras del carisma y de la personalidad que él había reconstruido románticamente alrededor de la figura del primogénito de su víctima. Desde Europa, Álvaro había pedido que sus parientes se pusieran en contacto con la viuda del policía y la acogieran con sus hijos bajo su protección: ésta, que efectivamente necesitaba de una ayuda económica, en un principio parece razonablemente desconfiada y hostil, pero después cede a los halagos de las mujeres que le ofrecen su apoyo.

     Mientras que los Collado no parecen dudar que su hijo esté actuando en buena fe, Soledad Hernández y su primogénito perciben inmediatamente, y con gran sentido práctico, la originalidad de la ayuda proclamada como gratuita y desinteresada. Ya la respuesta de la viuda al pésame por la desgracia es áspera: «¿Y por qué la van a sentir? Si ustedes no nos conocen» Sin embargo, es Lázaro el que comprende plenamente la esencia de la intervención de Álvaro: «¿Él fue el que se pegó a mi papá?» lo que hiere el orgullo materno de Celmira Collado y provoca su reacción:

-Mi hijo no ha matado a nadie, pero como es un hombre responsable y estaba entre los estudiantes el día en que ocurrió esa desgracia, siente que tiene una parte de responsabilidad en todos esos hechos y en sus consecuencias; ¿comprende ahora?

Lázaro la oía desafiante:

-No, no comprendo, pero eso no importa. Lo que importa es que a mi papá le pegaron dos tiros y lo mataron en el patio de la Universidad. Y ahora la señora tiene remordimientos. No ve que su hijo estaba allí. Su hijo también tiene remordimientos. Para los ricos las cosas se arreglan fáciles.

Para el general Collado la iniciativa de ayudar al joven huérfano no tiene sentido, ante todo porque Esos muchachos de la calle tienen malas costumbres y es muy difícil enderezarlos; y, además, porque la matanza.

no fue sino la consecuencia desgraciada de una acción colectiva. Como la guerra. Si el que toma parte en una guerra se fuera a sentir responsable de todos los muertos y todos los males que sufre el enemigo, se volvería loco.

  De todos modos, decide aislarse y dejar que su mujer y su hija actúen según los deseos del exiliado.

     Con el tiempo efectivamente Lázaro se revela indomable y poco grato al reducido ámbito de sus benefactores: rechaza sus fracasos como aprendiz en la escuela de artes y profesiones, su imagen de protegido por la familia Collado, el trabajo en el despacho del abogado Verrón y entra en las gracias del coronel Abel Maldonado, del cual consigue llegar a ser hombre de confianza. Su oportunismo y su ambición desenfrenada lo conducen pronto a ocupar posiciones de cierto relieve, lo que hace cambiar de opinión a aquellos que antes lo despreciaban: hasta la familia Collado se ve obligada a pedir su ayuda.

     A su llegada a Venezuela, Álvaro experimenta una sensación de molestia y percibe la imposibilidad de comunicar con los que lo rodean: no reconoce su propia adhesión al grupo familiar, ni al grupo ciudadano, ni al nacional. Si ya en el pasado se había distinguido por su anticonformismo y la originalidad de sus posiciones, ahora está cada vez menos dispuesto a aceptar las poco lisonjeras novedades y a dejarse implicar en juegos políticos que le parecen mezquinos y ridículos, finalizados sólo al enriquecimiento personal y no al bienestar del país.

     El símbolo del nuevo curso es Lázaro, «doctor en mañas, licenciado en vivezas, profesor de ardides, veterano en dolos y engaños, con quien Álvaro no quiere tener nada que ver; el que creía un huérfano confuso y vulnerable revela ser, al contrario, un joven independiente y astuto, que poco a poco se perfila como un antagonista ideal. Desde el primer encuentro, casual, en un sitio público, resulta evidente que nada los une y desde el principio se tratan con desconfianza y agresividad. Álvaro pone pronto en claro que él no quiere dejarse arrastrar por la embriaguez del poder que parece inebriar a la camarilla: los que cuentan en Caracas son siempre los del mismo grupo de amigos y conocidos, con un cambio generacional muy reducido y una modesta contribución desde el exterior de las clases aristocráticas y militares. Dentro de ese círculo cerrado, Álvaro oye hablar sólo de mujeres, de negocios y de conspiraciones y se da cuenta de que uno puede ser descalificado en el momento en que decide que no quiere dar la impresión que está a punto de obtener «un ministerio o un millón.

     Incluso su mujer ideal, el ser inalcanzable y perfecto al cual había asociado «el espíritu de la tierra, la imagen de Venezuela , ya no es la misma: separada de su marido, la Zulka tan refinada, misteriosa y llamativa de su juventud pasa a compartir el ámbito rudo y limitado de Lázaro, muy consciente éste del valor que tiene la mujer para Álvaro. Pero la desilusión por el frustrado encuentro, femenino y nacional, en el cual había puesto tantas esperanzas e ilusiones, ahora se ve mitigado por el fulgurante impacto que causa en él su hija, cuya figura monopoliza la segunda mitad de la novela:

  Era como una aparición. La imagen de Zulka limpia de todo tiempo y de toda imperfección. Había un callado esplendor de vida animal y vegetal en sus ojos, en su piel, en su voz. La voz era más cálida y más llena que la de Zulka, La cabellera que le caía sobre los hombros, bronceada y ligera, le enmarcaba los ojos profundos e intensos, la piel mate luminosa, la sonrisa segura y un gesto imperioso de la cabeza.

Sibila le parece pronto más impetuosa, más auténtica y, con el pasar del tiempo, aún más sensible e inteligente que su madre, tanto que llega a substituirla en la imaginación del joven.

     Los días sucesivos a su llegada a Caracas son para Álvaro días de asentamiento y de orientación: aparentemente es libre de hacer lo que más le gusta y al mismo tiempo parece dispuesto a aceptar sugerencias y novedades. Un poco superficialmente, tal como había ocurrido diez años antes, deja que el cuñado, el hermano y el omnipresente Lázaro lo pongan al corriente de todos los secretos y las conspiraciones en acto: de la inminencia de un golpe de estado y del empeoramiento de las condiciones clínicas del general Collado. Álvaro rechaza comprometerse, atrayéndose las críticas de la colectividad, y empieza a aislarse, cuando todo el mundo parece interesado en colaborar con la nueva junta. «Toda esta gente descarada, posesiva, sedienta, mandona, gozona, ostentosa, vulgar y pueril me repugna» (33), confiesa a Zulka: no son tanto las ideas o las doctrinas lo que le disgustan, sino las actitudes cínicas del mundo de Lázaro.

     Es posiblemente por esto que Álvaro se deja tentar una vez más por los mitos de su juventud en la nueva conspiración urdida por Centalla; pero cuando se da cuenta de que no hay nada distinto más allá de la forma, durante una reunión decisiva se retira declarando su propia falta de confianza en ese tipo de acción: «Nuestra vida es como un teatro en el que no hay sino la constante repetición de un solo acto. Apenas termina cuando vuelve a comenzar. En efecto, poco después, es nuevamente detenido, pero en esta ocasión no acepta la intercesión familiar y decide enfrentarse solo a la situación. En realidad es Lázaro el que interviene directamente y lo pone, a pesar suyo, en libertad.

    Álvaro se cree perseguido y condenado por los que lo rodean; le parece que todos traman en su contra, hasta vuelven a proponerle el exilio. Fundamentalmente no puede aceptar el éxito de Lázaro y que un personaje como éste represente a la nación: «no puedo resignarme a que él sea el país. Yo lo admitiría y lo aceptaría si él ocupara su sitio. Pero es que lo ha invadido y lo ha desnaturalizado todo. En la ilusión evolutiva de Lázaro todo está en venta, todo corre hacia un futuro no bien determinado: no existen valores que defender, por los cuales luchar. Álvaro no acepta la idea de marcharse, precisamente porque cree en su propio país, aunque éste está en las manos de gente a las que no estima:

No me voy a ir. Voy a quedarme. En mi país a hacer mi país, a rescatarlo de los que lo han hecho cautivo, de los que lo han doblegado y torcido. Y aquí me voy a estar agarrado, apechugado, solo, o con quien quiera acompañarme. Aunque sea como Noé, para tener que fundar de nuevo la raza y la fauna después de que pase el diluvio

 Y si por el momento no puede tomar parte activa en la vida pública del país, por lo menos puede permitirse soñar con un futuro mejor y seguir, dentro de sus posibilidades, un camino propio: como, por ejemplo, el que lo conduce al amor exclusivo de Sibila, sin compromisos ni vergonzosas sumisiones. La muchacha representa la inocencia de sus ideales juveniles, y es por eso por lo que la busca y percibe la necesidad de tenerla a su lado sin tener que dar cuentas de ello a nadie:

Ya no era la niña de Zulka, ni tenía nombre. Era la que buscaba desde el fondo de los años y de los vericuetos de las andanzas. Era como agua en la garganta. [...] Todo había llegado a ella y era ella a la que buscaba. Ahora lo sabía con la más honda certidumbre. Ahora no quería, ni podía, ni sabía regresar.

     El final rosado de la novela presenta una estructura típicamente cinematográfica. Sobre la escena de las bodas de Álvaro y Sibila, que recompone mágicamente todos los contrastes personales, sociales y políticos, se inaugura una nueva era para el joven, que con su esposa quiere construir el futuro de su país. Después de una rapidísima descripción de las convenciones de las nupcias, la cámara imaginaria se detiene sobre los convidados a la ceremonia y esa visión de conjunto casi parece ser la despedida de los actores y comparsas con el público fiel que los ha acompañado.

     Los dos últimos capítulos echan patentemente los cimientos de la última parte de la trilogía, que posiblemente habría consagrado los ideales puros y leales de la pareja. Álvaro ha decidido cuál será su camino y se yergue como un juez divino en el examen de todos los que podrían merecer de entrar en su reino futuro; pero pronto se da cuenta de la megalomanía que esa idea impone y corrige la perspectiva de sus proyectos:

Tal vez, más que juzgar y condenar había que ganar a los hombres, con el ejemplo de la fundación y del trabajo y del servicio. Si él se pusiera a lo suyo tesoneramente y si hubiera muchos que se pusieran a lo suyo tesoneramente, a hacer sementera y familia y granero.

Más que por los corredores de un tribunal sin término había que andar por el campo abierto de la vida real. Fundar vida y fundar obra con una dimensión humana abarcable.

 No importaba que los otros no quisieran entender ahora. Algún día tendrían que entender. Ni se iba a humillar, ni se iba a ir, pero tampoco iba a exigir que los demás se humillaran o se fueran.

Era tiempo para empezar y no era perdido ni extraviado el camino que lo había llevado a aquella convicción. Había que suspender el juicio inagotable y recomenzar con todos partiendo de las tareas simples e inmediatas de la vida humana

A pesar de la fragilidad del personaje principal, a menudo poco creíble y en general un poco estático, el contexto del tríptico parece ya consolidado y se presta a la natural conclusión del tercer volumen con la apoteosis de Álvaro y el tan esperado y soñado rescate de Venezuela. La obra está, en resumidas cuentas, bien construida y al lector no le cuesta perdonar las pequeñas incongruencias en la construcción de los personajes; la arquitectura es sólida y está claro que, más que la psicología, interesa un cuadro de conjunto, el fresco venezolano que se viene delineando. Si en la primera novela asistimos a la transición dinámica desde la dictadura de Gómez, en la segunda los cuadros empiezan a parecer más inmóviles; la gente habla y entreteja tramas más que actuar a la luz del día, en el marco de una situación política cada vez más precaria a causa de las ambiciones de los gobernantes, que se alternan con las mismas modalidades anticonstitucionales en el poder de la nación. Es posible que en los proyectos del autor se llegara, con la tercera novela, al triunfo de todos los que tenían principios, ideales que hasta aquel momento habían sido puesto en sordina: sobre todo, el «niño perpetuo», como lo llama Lázaro en el que se reflejan el optimismo y la confianza del autor que, después de muchos años de desilusiones, en estos años está a punto de realizar su sueño presidencial.

     «Sonámbulo de libros, atontado de palabras, lelo de teorías, incluso Uslar Pietri ve materializarse la posibilidad de demostrar la bondad de sus convicciones, lo positivo de una larga experiencia madurada entre América y Europa. Después de regresar a Venezuela desde Francia, en 1934, Arturo Uslar Pietri reviste cargos prestigiosos con los sucesores de Gómez; durante el gobierno de López Conteras colabora en los Ministerios de Hacienda, de Asuntos Exteriores y, a la edad de treinta y tres años, es Ministro de la Educación; bajo Medina Angarita ocupa el cargo de Secretario a la Presidencia de la República y de Ministro de Hacienda y de Asuntos Interiores. Con la llegada de Betancourt, Uslar tiene que emprender la vía del exilio y, aunque en 1950 Pérez Jiménez le consiente regresar, vuelve a aparecer en la escena política sólo siete años después. En las vísperas de un nuevo golpe de estado, el escritor está entre los firmantes de una petición para el restablecimiento del régimen democrático, y por eso es arrestado y detenido en la cárcel hasta el siguiente cambio de gobierno. En 1963, con garra y determinación, se presenta como candidato de un grupo de «independientes» a las elecciones presidenciales: a pesar de las previsiones entusiásticas, no obtiene el éxito esperado, pero no se desanima. Al año siguiente consolida los resultados que había obtenido transformando su grupo electoral en un partido, el Frente Nacional Democrático, del cual es secretario general. En el texto programático Uslar Pietri consigna su concepción política, social y económica: es una ocasión preciosa para difundir sus ideas de manera capilar en escala nacional y, en caso de victoria, para intentar realizar en la práctica, su utopía nacional . Todas las convicciones maduradas en ámbito gubernamental las expone de manera clara y ordenada, siguiendo un nacionalismo democrático fundado en la plena confianza en los recursos propios del país; postula así la existencia de «una Venezuela posible, realizable por medio del desarrollo y de la utilización de todas las riquezas materiales y humanas. El partido se propone superar la rigidez de las organizaciones políticas existentes, para conceder el máximo espacio a las aportaciones individuales de cada miembro, huye de las definiciones doctrinarias e ideológicas, intentando canalizar los estímulos que provienen de los distintos sectores sociales para el progreso de la nación. Alrededor del Frente se reúnen individuos de distinta proveniencia, acomunados por la aceptación de determinados valores éticos y políticos propugnados en nombre de la libertad y de la justicia y motivados a trabajar activamente para afirmar esos valores sin abusos y con el respeto que merece a cada ser humano. Sin embargo, el curso de los acontecimientos no favorece a «Arturo, el hombre»: en 1966 se disuelve la formación gubernativa y dos años después Uslar Pietri abandona el partido. El año 1973 marca el definitivo alejamiento del escritor de la vida política y el Frente se disgrega, después de múltiples fracasos electorales.

     Por lo menos hasta 1964, fecha de publicación de la segunda novela, Uslar Pietri parece creer razonablemente en la posibilidad de ver realizadas sus ambiciones políticas; pero cuando éstas empiezan a desvanecerse, pierde sentido también el proyecto del tríptico, dedicado a reflexionar en clave narrativa sobre el sueño de un grupo de idealistas. Por lo tanto, parece que han sido las desilusiones políticas las que han hecho imposible el proyecto literario ya iniciado y las que han inhibido la escritura, o la publicación, de lo que evidentemente habría terminado por ser considerada como la simple teorización de la estéril utopía nacional de un gran hombre de letras. El pudor del escritor, que por un lado nos ha privado de la conclusión del ciclo, por otro lado no puede anular los indudables plagios de dos novelas sui generis a lo largo de su producción: la crítica tiene el deber de volver a considerarlas para resaltar la fe de un hombre que durante toda su vida ha creído firmemente en la fuerza del acto literario y de sus posibilidades para reflejar y, a veces, modificar, los destinos de la gente y de una nación.

CONCLUSIÓN

Arturo Uslar Pietri representa para los venezolanos una de las más contundentes certezas por todas compartidas. Uslar es, tanto para los doctos como para los profanos, no solamente la figura intelectual más importante que hemos tenido a lo largo del siglo XX, sino el prototipo, el modelo supremo, exitoso y respetado, el escalafón máximo, de lo que significa en estas tierras ejercer la escritura como oficio y el pensamiento como relación con el país"

Fue uno de los escritores más valiosos de este siglo para la cultura latinoamericana. Como novelista, historiador, ensayista y periodista ha producido una obra muy vasta de creación y divulgación que ha tenido una enorme audiencia en todos los países de lengua española. Hay que recordar que la novela de Arturo Uslar Pietri Las Lanzas coloradas, abrió la puerta para lo que sería luego el reconocimiento de la novela latinoamericana en todo el mundo."

BIBLIOGRAFÍA

1.       Sobre éste y otros aspectos de la vida política de Uslar, cf. Alfredo Peña: Conversaciones con Uslar Pietri. Caracas, Editorial del Ateneo de Caracas, 1978. Las precisiones crono-bibliográficas se consignan en el Apéndice final de este volumen.

2.       Alfredo Peña menciona este primer artículo publicado el 22 de marzo de 1922, año V, N.º 19 de Billiken. Igualmente cita como aparecidos en 1923 los siguientes trabajos: «El silencio del desierto», «El retorno de Pan», en El Universal; «Las casonas», en el mismo diario y un poema titulado «Nada es».

3.       Datos suministrados por el propio autor en cuestionario que le remití desde México en 1965.

4.       Alfredo Peña enumera una amplia lista de los primeros trabajos entre 1925 y 1927.

5.       Apareció primero en Cultura Venezolana, N.º 83, septiembre de 1927; luego fue reproducido en el único número de válvula.

6.       «La vanguardia, fenómeno cultural». El Universal, 10 de diciembre de 1927, N.º 6674, p. 5.

7.       Remito especialmente a la entrevista publicada en El Nacional de Caracas, el 16 de mayo de 1976, con motivo de los 70 años del nacimiento del escritor. Esas mismas ideas las reitera en su texto «Mi primer libro», que precede al volumen conmemorativo de Barrabás y otros relatos. Caracas, Monte Ávila, 1978; cf. particularmente las pp. 28-29.

8.       Las informaciones sobre estos contactos intelectuales fueron referidas por Uslar Pietri en el cuestionario citado antes (v. nota 3 de este trabajo) y utilizadas en el libro Uslar Pietri, renovador del cuento venezolano. Algunas fueron reiteradas o ampliadas por él en entrevista del 16 de mayo de 1976 (v. nota 7).

9.       «El faro de la torre Eiffel». Obras Selectas, p. 888.

10.       Entrevista en El Nacional del 16-5-76.

11.       Cf. Tientos y diferencias, México, UNAM, 1964. Especialmente el ensayo «De lo real maravilloso americano».

12.       El crítico alemán Franz Rob había publicado en 1925 una obra titulada Nach expresionismus. Fue vertida al español, el mismo año, por Fernando Vela y editada bajo sello de la Revista de Occidente con el título Realismo mágico. Post-expresionismo. El término «realismo mágico» fue utilizado por Arturo Uslar Pietri para caracterizar el cuento venezolano, inserto en su libro Letras y hombres de Venezuela. La primera edición es de México, Fondo de Cultura Económica, 1948. Luis Leal considera que ésta fue la primera vez que la designación se aplicó a la literatura hispanoamericana. Cf. su ensayo: «El realismo mágico en la literatura hispanoamericana». Cuadernos americanos, México, julio-agosto, 1967, N.º 4, pp. 230-235.

13.       Cf. Guiseppe Bellini. La narrativa de Miguel Ángel Asturias. Buenos Aires, Losada, 1969; p. 20.

14.       Cf. Klaus Müller-Bergh. Alejo Carpentier. Estudio Biográfico-crítico. Nueva York-Madrid, Las Américas-Anaya, 1972; p. 26.

15.       «Asteriscos». El Ingenioso Hidalgo, junio de 1935, N.º 2, p. 2.

16.       «Interludio a la novela», Ibid., agosto, 1935, N.º 3, p. 1.

17.       Ramón J. Velásquez. «La evolución política de Venezuela en el último medio siglo». En: Venezuela Moderna. Medio siglo de Historia. 1926-1976. Caracas, Fundación Eugenio Mendoza, 1976; p. 44.

18.       Cf. al respecto Alfredo Peña, op. cit., donde Uslar, por primera vez, rememora con detalles aquel incidente.

19.       Op. cit., p. 240.

20.       G. de Torre, Literaturas europeas de vanguardia, pp. 369-370.

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