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Arte. Historia del Arte. Iconografía. Obras artísticas. Jardines en el arte. Plantas en el arte. Naturaleza en el arte. Mitología clásica

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EL DIOS ENTRE LAS FLORES; EL MUNDO VEGETAL EN LA ICONOGRAFÍA DE LA MAGNA GRECIA

Eros, “el más bello de los dioses inmortales”, viejo como el mundo, preside en el relato de Hesiodo el nacimiento del cosmos. Fuerza de la generación, desencadena la interminable sucesión de nacimientos, la multiplicidad y pluralidad de los seres. Empuja a las unidades primordiales, Caos y Gaia-la Tierra- a dar a luz lo que esconden oscuramente en su seno. En la tradición literaria y religiosa griega Eros será también el hijo de Afrodita, el Dios-niño que desata la locura del amor, la búsqueda en el otro de lo que en uno falta.

Pero no es de este Eros, que en la obra platónica es hijo de Penia-la pobreza, la carencia-, de quien hablaremos aquí, sino del viejo Eros cósmico, el que encarna el exceso de ser del uno original, y desencadena el movimiento hacia fuera de ese demasiado-lleno, hacia la generación y el crecimiento.

El impulso para el nacimiento, crecimiento, multiplicación y diferenciación de los seres que conforman el cosmos reside en el dios, es encarnado en él. Eros, por tanto, gobierna la Physis, ese proceso generativo que, como nos ha explicado Ricardo Olmos en su obra “Paraíso cerrado,jardín abierto”, Eros se entiende, en el mundo vegetal, como surgir o brotar, proceso que se dilata y desarrolla en el tiempo.

Eros gobierna la naturaleza. Señor de lo húmedo, está al mismo tiempo en flor brillante que brota y se abre a la luz, en el rocío leve que centellea sobre plantas y hierbas en el primer amanecer, las nutre y calma su sed, en el céfiro fecundador, en la semilla que germina tras el largo sueño invernal, en el aroma de las flores que inunda los dulces jardines, en los frutos deliciosos que cuelgan de refrescantes pérgolas y en todo aquello que quiere ser y fluir en formas múltiples,transformarse, participar de esencias ajenas y hacerlas propias. Su mágico poder contamina a la naturaleza toda-plantas,animales hombres- y desencadena metamorfosis prodigiosas.

Eros gobierna la vida y también, no podría ser de otra forma, la muerte. Pues, para el pensamiento griego, ambas realidades existenciales no están dramáticamente alejadasni son irreconciliables. La muerte es afirmación, y no negación, de la potencialidad de la existencia en un tiempo que es otro, el de los dioses. Es un acto más de esa Physis, ese brotar y transformarse iniciado en el nacimiento y nunca interrumpido.

Eros reina sobre la muerte. Y ese reino es también, paradoja sólo a nuestros ojos, espacio florido, húmedo, dinámico. Nunca, como en la imaginería magnogreca de época helenística, la imagen de Eros unió tan vívidamente la vida y la muerte.

A lo largo del siglo IV a.C. cientos de vasos suritálicos, destinados a la tumba como ofrendas o monumentos funerarios, evocaron en sus imágenes a este dios de la vegetación y la fecundidad, de la transformación y de la muerte. Y en ningún otro sistema iconográfico el paisaje mítico donde transcurren las acciones del dios, donde se expresa con mayor fuerza su poder generador adquirió una expresión gráfica más vívida y colorista. Porque, efectivamente, como indicaban las palabras de Platón, tambien en las imágenes suritálicas la vida del dios transcurre entre flores y donde hay un lugar floido y perfumado allí se queda.

El reino vegetal adquiere en el imaginario magnogreco una dimensión sorprendente. No es, sin embargo, indagación científica ni deseo de representar la variedad y riqueza naturales en su taxonomía o realidad biológica. Es cierto que su variedad, riqueza formal y cromática- aun dentro de la limitada policromía de los vasos suritálicos-son indicios de una creciente preocupación, propia del nuevo espíritu helenístico, por la naturaleza como paisaje donde transcurren acciones humanas y divinas. Es cierto también que la variedad de la naturaleza es ahora aprehendida desde la diversidad de la experiencia sensible, y su cualidad esencial, la mutación, el fluir,oximan al hombre, inmerso en el devenir.

Pero este interés por la naturaleza lo que transluce es el sentimiento profundo de su inefabilidad, de su carácter sagrado y de la relación íntima y trascendente que el hombre puede establecer con ella. Importa más su cualidad de signo que su representación “real”. Flores, plantas y árboles se entienden y utilizan como iconos, como símbolos precisos de contenidos religiosos.

Flores, plantas y árboles inundan las escenas de los vasos suritálicos. Ramas de nátrex, de laurel, de hiedra, de mirto, de vid, acantos, flores complejas de múltiples cálices, zarcillos y roleos, capullos y brotes, tallos enrollados en espiral, palmetas desplegadas en complicadas teorías, guirnaldas florales entrelazadas con brillantes frutos, son llevadas, sostenidas ,presentadas y ofrendadas por dioses y mortales, brotan a sus pies, se despliegan por el espacio, envuelven y enmarcan las acciones humanas y divinas, procuran frescas y deliciosas sombras, y contagian de dinamismo y fecundidad a quienes por estos espacios imaginados transitan.

En la iconografía suritálica y especialmente en los vasos apulios, flores, acantos, zarcillos y roleos vegetales alcanzan una simbolización extrema, alejada del modelo natural con los que se construye un espacio simbólico. En este lugar maravilloso transitan seres de diversa naturaleza-dioses, démones, mortales, monstruos, híbridos- y tienen lugar diversas acciones. Allí cantan las sirenas, vigilan y aguardan las esfinges, cabezas femeninas brotan de cálices de flor, Bóreas rapta a Oritía, Gamínides es transportado por un cisne, un Arimaspo lucha contra un grifo, Belerofón montado sobre Pegaso da muerte a la Quimera, Frixo cabalga sobre el carnero, un personaje oriental sobre un grifo, o sobre un caballo mientras persigue a una liebre. Dionisos y Ariadna yacen y se besan, una ménade danza con el pelo alborotado, un sátiro toca la cítara, Hermes camina con un gran racimo de uvas en la mano, Afrodita es atendida por Eros o vuela acompañada de Photos- la añoranza- e Himeros- el deseo.

Estas imágenes quieren representar un jardín, pero no el jardín terrestre, sometido al cultivo y a la acción del hombre, sino aquel que comparte, con las praderas regadas por aguas abundantes y fecundadas por las brisas, una vegetación lujuriante en constante y espontáneo crecimiento, espacio impregnado de divinidad.

Bóreas, representado como un joven viril y musculado portador de unas grandes alas, es un elemento muy presente en la iconografía de los jardines ya que en la mitología clásica es considerado el poderoso y gélido dios del Viento del Norte, elemento básico para la polinización y la procreación vegetal. Oritía por su parte es la hija del rey de Ática Erecteo y fue raptada por el.

PRADERAS Y JARDINES, ESPACIOS PRIMORDIALES

Una larga tradición religiosa y literaria concibe prados, jardines y bosquecillos como hieroi topoi, espacios sagrados, edénicos, fértiles, abundantes y floridos. En estos microcosmos se concentra la fuerza germinativa de la naturaleza, y por ello son morada habitual de los dioses que los fecundan y escenarios de hierofanías y hierogamias. En el jardín de los dioses se unió Zeus a Hera:

“La tierra produjo verde hierba, loto fresco, azafrán y jacinto espeso y tierno para levantarlos del suelo. Acostáronse allí y cubriéronse con una hermosa nube dorada, de la cual caían lucientes gotas de rocío”. “La Iliada”, canto viii.

En el jardín de los dioses fue concebido Eros. En “el suave prado, entre primaverales flores” yació Poseidón con Medusa. Las cualidades esenciales de estos prados y jardines son su diversidad, humedad, frescor, dulzura y suavidad, el estallido de sus brillantes colores, los perfumados aromas que destilan sus flores, los sonidos deliciosos de riachuelos cantarines y de los trinos de los pájaros y, especialmente, el espectáculo de su fertilidad. Estas cualidades ejercen una atracción sensual, una fascinación inmediata e irresistible que penetra por todos los sentidos. El asombro ante tal espectáculo, sentido como prodigio, se traduce en una admiración contemplativa en sobrecogimiento ante lo sagrado.

En la lujuriante pradera donde Perséfone juega con las Oceánides, la Tierra hace brotar para ella un narciso. El narciso es flor de muerte y flor divina “y es que de su raiz habían crecido cien brotes, y al fragante aroma todo todo el ancho cielo en lo alto, y la tierra toda sonreían, así como el acre oleaje del mar”. (Himno Homérico a remeter).

La reacción cósmica que este surgimiento maravilloso provoca y las cualidades excepcionales de la flor denotan su carácter sagrado y refuerzan su irresistible poder de seducción.

En el prado de Pan y de las Ninfas donde transcurre el dialogo entre Sócrates y Fredo sobre el amor-escenario perfecto para tal discurso-, el maestro siente una presencia invisible, sagrada, y se interrumpe para saludar a las divinidades que allí habitan. Inmediatamente se siente sobrecogido y presa de una extraña posesión divina. Huésped de Pan y de las Ninfas, Sócrates recibe de ellos la inspiración de su discurso sobre el amor. Eros también está presente para embriagar al filósofo con el espectáculo de la belleza terrestre y transportarle en espíritu hacia la celeste pradera de la verda. La fuerza sensual y cautivadora que emana del lugar provoca el éxtasis de Sócrates, ese “estar fuera de sí” que es el primer paso de la metamorfosis de quien abandona su esencia humana para adquirir en la posesión la misma naturaleza de quien le posee. En el prado divino el delirio de Eros favorece ese momento de iluminación que permite aprehender la verdadera existencia.

Jardines, bosquecillos y prados participan también de una cualidad esencial a todo espacio sagrado: son inaccesibles, están escondidos a los ojos de los mortales. El jardín de Calipso es un paraíso “oculto” como la misma diosa, situado en una isla fuera de la memoria de las gentes, del espacio de los hombres. Al Jardín de las Hespérides, donde maduran los dorados frutos de la inmortalidad, solo puede acceder tras innumerables esfuerzos, Heracles, el mayor de los héroes. Esta cualidad ligará inmediatamente estos lugares con el espacio oculto por excelencia: El Reino de la Muerte.

El prado florido donde cantan las Sirenas odiseicas esconde en realidad las puertas del Hades, su morada subterránea. El bosquecillo de Colono consagrado a las Euménides es el lugar sobrecogedor donde Antígona reconoce en los laureles, olivos, viñas y el canto de los ruiseñores su carácter sagrado y donde Edipo realiza el tránsito de la muerte. En las praderas de Nisa, escenario del rapto de Perséfone, la tierra se abrirá y Plutón, dios de los muertos, conducirá a través del abismo a la joven novia del reino de las sombras. El mismo Hades y los paraísos construidos por el imaginario griego para acoger las almas de los bienaventurados se visten con los ropajes vegetales, fecundos y floridos que caracterizan a los espacios primordiales. Las praderas de purpúreas rosas y sotos infernales de Perséfone, los Campos Elíseos o las Islas de los Bienaventurados, son otros tantos paisajes edénicos y atemporales.

Como tales espacios primordiales, jardines y prados don universos ambiguos, imágenes ejemplares de la vida, metáfora de la muerte. Más aun, son espacios iniciáticos donde el hombre, tras la muerte, camina hacia la vida, escenarios idílicos de una existencia eterna y beatífica. Un paisaje así configurado, presidido por la acción sagrada y cósmica de la espontaneidad germinativa, está gobernado por divinidades de la naturaleza, Afrodita o Dionisios, dioses floridos, que al recorrer la tierra ejercitan su poder sobre el reino vegetal, pero sobre todo por la fuerza cósmica de Eros.

“El Jardín de las Hesperides”

En la iconografía suritálica Eros es el dueño y señor de estos jardines. Son numerosas las imágenes del dios representado como un joven hermafrodita, pero las más de las veces como un adolescente, que surge, camina, revolotea, ayuda a libar a un ave de una flor o descansa sobre una profusión exuberante de flores, capullos, zarcillos, espirales y roleos vegetales. A veces es el Eros diminuto de la poesía bucólica, personaje de un mundo encantador en miniatura de flores y abejas, de pétalos de rosa sobre los que el dios duerme y de ramas en las que se posa como un pajarillo. P es el demon de la vegetación, fuente de “vigor” y de vida, que se revela en un estadillo de formas, colores, aromas y sensaciones en este microcosmos sagrado.

La acción sagrada, la Physis universal ha dado surgimiento al dios, le ha hecho brotar en un impulso simultáneo y solidario con las flores y las plantas que le acogen en este espacio edénico. Pero, al mismo tiempo, él ha desencadenado la metamorfosis de esta naturaleza incontenible. En la escala sobrehumana de este paisaje vegetal, Eros toca levemente la flor con su pie y, a través de este mágico gesto hace surgir este mágico lugar. Podemos afirma que Eros es el jardinero de este paraíso.

CONCLUSIÓN

En este primer capítulo hemos hecho un pequeño repaso por la mitología clásica y la importancia del jardín como escenario para el desarrollo de las acciones llevadas a cabo por los “ Dioses Olímpicos”.

En este pasaje del trabajo se hace especial hincapié en la figura de Eros como dios creador de este paisaje ideal y se fusiona la idea de la concepción de Eros como dios del amor con la de creador y guardián de la Natualeza, entendida ésta como un ente edénico cargado de erotismo y protagonista de las aventuras de los infinitos personajes homéricos.

Mención a parte merece el mito griego del “Jardín de las Hespérides”, que ha dado lugar a infinidad de textos e interpretaciones tanto literarias como pictóricas a lo largo de la Historia del Arte.

*El Jardín de las Hespérides*

En la mitología griega las Hespérides (en griego , `hijas del atardecer') eran las ninfas que cuidaban un maravilloso jardín en un lejano rincón del occidente, situado según diversas fuentes en las montañas de Arcadia en Grecia, cerca de la cordillera del Atlas en Marruecos, o en una distante isla del borde del océano.

Adicionalmente, Hespérides (o también Islas Afortunadas) es un nombre dado por los antiguos a una serie de islas situadas en el extremo oeste del mundo entonces conocido. Éstas podían haber incluido Canarias, Madeira y Cabo Verde.

El Jardín de las Hespérides es el huerto de Hera en el oeste, donde un único árbol o bien toda una arboleda daban manzanas doradas que proporcionaban la inmortalidad. Los manzanos fueron plantados de las ramas con fruta que Gea había dado a Hera como regalo de su boda con Zeus. A las hespérides se les encomendó la tarea de cuidar de la arboleda, pero ocasionalmente recolectaban la fruta para sí mismas. Como no confiaba en ellas, Hera también dejó en el jardín un dragón de cien cabezas llamado Ladón que nunca dormía, como custodio añadido.

Aunque se suponía que Heracles sólo había de realizar diez trabajos, Euristeo no quiso contar aquellos en los que fue ayudado o pagado, por los que le fueron encomendados dos más. El primero de éstos (el undécimo en total) fue robar las manzanas del jardín de las hespérides. Para ello Heracles capturó primero a Nereo, el dios del mar que cambiaba de forma, para averiguar dónde estaba situado el jardín.

En algunas versiones de la historia, Heracles no sabía adónde viajar y por tanto pidió ayuda, siendo dirigido a Prometeo, a quien liberó de su tortura como pago. Esta variante suele encontrarse más frecuentemente en el lugar del jabalí de Erimanto, puesto que está asociada con la elección de Quirón de renunciar a su inmortalidad poniéndose en el lugar de Prometeo.

En algunas variaciones Heracles conoce al principio o al final de su tarea a Anteo, quien era invencible siempre que estuviese en contacto con su madre, Gea, la Tierra. Heracles mató a Anteo separándole de la tierra, suspendido a un árbol.

Ocasionalmente alguna versión cuenta que Heracles se detuvo en Egipto, donde el rey Busiris decidió hacer de él su sacrificio anual, pero Heracles rompió sus cadenas.

Llegando finalmente al jardín de las hespérides, Heracles engañó a Atlas para que recuperase algunas manzanas de oro ofreciéndose a sujetar el cielo mientras iba a buscarlas (en esta historia Atlas podría tomarlas pues sería el padre de las hespérides). Al volver con las manzanas, Atlas decidió no aceptar la devolución de los cielos, y dijo que él mismo llevaría las manzanas a Euristeo, pero Heracles le engañó de nuevo pidiéndole que sujetase el cielo un momento para que pudiera ponerse su capa como almohadilla sobre los hombros, a lo que éste accedió. Entonces Heracles tomó las manzanas y se marchó. Según una versión alternativa, Heracles habría matado a Ladón.

Heracles fue la única persona que logró robar las manzanas, aunque Atenea las devolvió más tarde a su lugar apropiado en el jardín.

EL ÁRBOL BIBLICO DE LA CONCIENCIA

No hay planta más arragaida en nuestro imaginario religioso y cultural que el árbol de la ciencia del bien y del mal, ni paisaje vegetal más soñado y representado que el jardín de las delicias que alberga su sombra, en algún lugar fabuloso de Oriente bañado por las dulces y fecundas aguas del Tigres y el Éufrates. Las ramificaciones exegéticas y artísticas que han ido brotando y creciendo con el paso de los siglos han sido múltiples, llegando a alcanzar en ocasiones planos distantes y aun distintos del tonco ancestal bíblico, como sucede con no poca frecuencia con tantas figuras y episodios veterotestamentarios. El tema original protagonizado por Yahveh, Adán y Eva, la tentadora serpiente y el árbol del futo prohibido es, por lo demás, sencillo, armónica y formalmente despejado de toda aspereza, y a la vez sublime, propio del genio literario de su creador. Las variaciones, sin embargo, como decíamos presentan mayor desarrollo, más adornos y elementos figurativos, así como estilos diversos, en función de las épocas e inquietudes (y naturalmente intereses). En el siglo XVII, por ejemplo, se procuró incluso proyectar la luz de la razón y la ciencia a ese fantástico o mítico paisaje, imaginándolo en el corazón de Mesopotamia cual paradeisos, el característico parque vallado cuadrilátero de los monarcas persas, concebido para su deleite personal y distinguido como maravilla de la antigüedad. Un escenario convincente, histórico y exótico, y supuestamente lujurioso, para situar el pecado original.

En el otro extremo del imaginario, acaso más en acorde con el tema bíblico de un vergel sobre natural, cabría situar la imagen mágica o, mejor, preciosista que tantas veces se ha llevado a la pintura.

Podemos decir, que esta narración del árbol de la ciencia es una historia de corte infantil que trata de explicarnos la penosa condición del hombre (así como de la serpiente). En efecto, desde que creará al hombre a modo de alfarero, Yahveh parece comportarse, en la imaginación del receptor del mito como un padre y una madre con su hijo. Concibe y construye un parque para él, y lo puebla de bellos árboles frutales para su deleite y alimento. Le advierte, como se advierte a un niño que no sabe lo que es bueno o malo para él, que no debe comer de aquel árbol que está en el centro. Crea entonces los animales para que no se sienta solo en el jardín y deja que el les ponga nombre, y finalmente hace a la mujer para que le haga compañía. Cuando Yahveh sale a pasear por el parque a la hora de la brisa, le busca, como padre a su hijo al final del dia, para saber suidades y deberes. ¿y que decir del interrogatorio paternal al comprobar que su criatura le ha desobedecido, y del consiguiente castigo?; ya, al final del relato, Yahveh aparece confeccionando a Adán y Eva la ropa adecuada con la que los acaba vistiendo, como una madre a sus hijos, antes de su definitiva marcha del Edén, “Su jardín de infancia”.

El jardín del Edén

Etimología: La palabra Edén suele ser utilizada como sinónimo de Paraíso, sin embargo la palabra Paraíso originalmente se refiere a un bello jardín extenso; mientras que Edén, es una palabra de origén acadio (un pueblo de estirpe semita), cuyo significado se refiere a un lugar puro y natural. Así, Edén se refiere más bien a una región geográfica, mientras que el Paraíso se refiere a un lugar más específico (un huerto o jardín situado en la parte oriental de dicha región).

Descripción e historia

En la Biblia se indica que el Edén es un huerto o jardín que habría existido, indicando su existencia en una región que se hallaría en el Oriente Medio. Igualmente se dice que de él salía un río que se dividía en cuatro, llamados: río Pisón, que se dice, rodeó toda la tierra de Havila; el río Gihón, que habría rodeado toda la tierra de Cus; el río Hidekel (río Tigris); que iría al oriente de Asiria; y el río Éufrates.

En el jardín del edén Dios habría colocado dos árboles especiales, llamados el árbol de la ciencia del bien y del mal y el árbol de la vida; y, además, en este huerto, Dios habría colocado a Adán y Eva, para que vivieran.

En este lugar, Dios le otorgaría al hombre todo aquello que necesitase para tener gozo, placer y armonía, de este modo no le faltaría nada.

Aquí también Adán y Eva desobedecieron a Dios y comieron la fruta del Árbol de la ciencia del bien y del mal. Fueron maldecidos por su desobediencia: él trabajaría con el sudor de su frente, ella daría a luz con dolor y la culebra reptaría.

“Luego fueron expulsados para evitar que el hombre alcanzara la vida eterna, pues ya tenía conocimiento del bien y mal al igual que la mujer provocó al hombre para que comiera del fruto del conocimiento”.

Génesis 3:22 y 3:24.(Génesis 3:22-24).

“El ser humano ha llegado a ser como uno de nosotros, pues tiene conocimiento del bien y del mal. No vaya a ser que extienda su mano y también tome del fruto del árbol de la vida, lo coma y viva para siempre”

Génesis 3:22

Por esa razón Adán y Eva serían echados del jardín de Edén, para la protección del Edén y el camino hacia del árbol de la vida, La Biblia dice que Dios puso unos querubines al oriente del huerto de Edén, y una espada ardiente.

Debate sobre la existencia del huerto del Edén

Cuando en la Biblia se lo define como huerto, algunos grupos de personas y eruditos creen que se estaría aludiendo posiblemente a un lugar real, y no a una simple alegoría; ya que también se menciona un lugar geográfico, donde habría existido (al oriente), indicando una región que se hallaría en Oriente Medio, al este del actual Israel, situándose de este modo en algún lugar de Mesopotamia o de Arabia. Sin embargo hay que tener en cuenta que a nivel científico e histórico, no existen pruebas que indiquen que haya existido realmente el Edén en esa zona geográfica, por lo menos, tal como esta descrito en el génesis. Por otra parte resulta contradictorio que, estando el Edén ubicado hacia el Oriente, sea precisamente en la puerta oriental de éste donde Dios pusiese un querubín guardián, lo que alimenta las tesis de que el jardín del Edén bien pudiera ser una adopción semita del mito del Jardín de las Hespérides (explicado anteriormente), situado al Occidente y donde una serpiente, Ladón (de evidente homofonía con Edén), actua de guardiana del árbol de la inmortalidad el robo de cuyos frutos también es considerado sacrilegio por Hera.

FLOR Y RITOS DE INFANCIA EN LA ANTIGUA GRECIA:

AZAFRÁN, NARCISO Y JACINTO

En la Antigua Grecia, el mundo de la naturaleza, tanto animal como vegetal, es un recepectáculo de signos, una esfera de extraordinaria riqueza que interactúa con el ser humano: el espacio del encuentro con lo divino, pero también aquél que le es necesario al hombre para construirse en ciudadano. Por otro lado, la naturaleza vegetal, es un ámbito sexuado donde hombres y mujeres se encuentran de manera diferente, un mundo variopinto que no parece haber vehiculado siempre las mismas nociones en el imaginario. Lejos de ser una estructura monolítica e inmutable, la naturaleza va a ser sentida y percibida de distintas formas a lo largo de las épocas, dependiendo siempre de quien la interrogue. Así árboles, plantas y flores, aun compartiendo la capacidad generadora primera y el ser sinónimos del brotar, connotan aspectos diversos. Nos detendremos aquí, de manera más concreta, en la flor, cuya función trataremos de interpretar a través de las leyendas de Jacinto, Cronos y Narciso y de la relación que esta teje con el mundo de la infancia, aunque quizás sea más correcto decir de la adolescencia. Veremos también como, la flor-como todo elemento vegetal- tiene la capacidad de convertirse en signo y que en este sentido, comparte con árboles y plantas su naturaleza polisémica.

Cuando nos adentramos en la concepción mítica que la Antigua Grecia construye en torno a los árboles, las plantas y las flores llegamos a una doble constatación; por un lado, que la mayor parte de las narraciones míticas, por no decir todas, se resuelven mediante metamorfosis y por otro, que los textos que han llegado hasta nuestros días, no son anteriores a la época helenística. Es cierto que el tema de la metamorfosis aparece ya desde los poemas homéricos, no hay más que pensar en Circe transformando en cerdos a los compañeros de Ulises.

Sin embargo, el concepto de transformación, está llamado a evolucionar y así, cuando observamos las historias recogidas por Hesíodo y aún más aquellas de las que se hacen eco los Trágicos, la transformación no es ya la capacidad inherente a la que pueden recurrir algunos seres como Circe o Proteo o un signo maravilloso que nos muestra la capacidad o la presencia divinas, sino el resultado de la intervención de los dioses para transformar, de manera definitiva, la naturaleza humana.

Dentro de este amplio e imaginativo corpus de transformaciones, las narraciones en torno a las plantas, tomado éste como término genérico, comparten una serie de rasgos. Así la mayor parte de los héroes o heroínas que las sufren nos transportan a los primeros compases de la historia mítica griega; son en ocasiones seres primigenios como Dafne (el laurel) o Élate y Plátano, hermanas de los Gigantes…En todas estas historias, las fuerzas de la naturaleza intervienen de forma más activa que cuando se trata de metamórfosis en animales o piedras; así los vientos son amantes de Jacinto o de Pitis y según algunas versiones, Boreas, el viento del Norte, habría plantado el primer ciprés en memoria de su hija. La Tierra también jugará un papel fundamental en todo este “juego” de las transformaciones naturales y obradas por la naturaleza.

A continuación, abordaremos las tres leyendas que nos van a servir de hilo conductor para tratar de proponer una lectura sobre el papel de la flor en la Antigua Grecia:

1) Jacinto, es un hermoso joven de estirpe real, hijo de Amielas y de Esparta del que Apolo se enamora perdidamente. Un dia en que ambos se ejercitan en el lanzamiento de disco cerca del rio, el joven Jacinto permanece en la trayectoria de aquél que acaba de lanzar el dios que le golpea en la cabeza causándole la muerte. Según algunas versiones, el disco habría sido desviado por el viento Céfiro, celoso del amor del dios. Apolo intentará salvar en vano la vida de su amado. Algunos autores añaden que de la sangre del joven nace la flor del jacinto que lleva inscrita en sus pétalos el lamento del dios,ai,ai.

2) La leyenda de Narciso, es sin duda la más conocida. Según la versión que nos transmite Ovidio en su Metamorfosis, Narciso es hijo del rio Éfiso y de la ninfa Leiriope.

Al nacer, sus padres preguntaron sobre su futuro al adivino Tiresias quien les profetizó que su hijo tendría una larga vida y que llegaría a viejo “siempre y cuando no se mirase a sí mismo”. Adolescente Narciso fue objeto del amor tanto de hombres como de mujeres a los que fascinaba su belleza. Sin embargo, el joven permanecía ajeno a las pasiones que despertaba, despreciando este sentimiento. La ninfa Eco se enamoró de él sin conseguir tampoco el amor del joven. Desesperada, se retiró en soledad y se dejó languidecer hasta el punto de no quedar de su persona más que su lamento. El resto de las jóvenes despreciadas por Narciso clamaron venganza de los cielos y fueron escuchadas por Némesis. Así un día en el que el joven hizo una parada en una partida de caza y se acercó a una fuente para beber, contempló su propio rostro y, ante su belleza, se enamoró de si mismo. Ajeno a desde ese momento a todo lo que le rodeaba e incapaz de desatarse de su propia imagen, ante la que se inclina, se deja morir. Cuentan los autores antiguos que en su camino hacía los infiernos aún buscaba contemplar su imagen en las aguas de Styx. En el lugar de su muerte nacerá una flor que llevará su nombre.

Existe una segunda versión del mito de Narciso, muy similar a la primera; según esta última, tanto doncellas como muchachos se enamoraban de Narciso a causa de su hermosura, pero él rechazaba sus insinuaciones. Entre las jóvenes heridas por su amor estaba la ninfa Eco, quien había disgustado a Hera y por ello ésta le había condenado a repetir las últimas palabras de aquello que se le dijera. Eco fue, por tanto, incapaz de hablarle a Narciso de su amor, pero un día, cuando él estaba caminando por el bosque, acabó apartándose de sus compañeros. Cuando él preguntó «¿Hay alguien aquí?», Eco contenta respondió: «Aquí, aquí». Incapaz de verla oculta entre los árboles, Narciso le gritó: «¡Ven!». Después de responder: «Ven, ven», Eco salió de entre los árboles con los brazos abiertos. Narciso cruelmente se negó a aceptar su amor, por lo que la ninfa, desolada, se ocultó en una cueva y allí se consumió hasta que solo quedó su voz. Para castigar a Narciso, Némesis, la diosa de la venganza, hizo que se enamorara de su propia imagen reflejada en una fuente. En una contemplación absorta, incapaz de apartarse de su imagen, acabó arrojándose a las aguas. En el sitio donde su cuerpo había caído, creció una hermosa flor, que hizo honor al nombre y la memoria de Narciso.

3) Crocos, el azafrán, es según la versión más corriente, un joven que se enamora de la ninfa Smilax pero su amor no es correspondido. Los dioses se apiadan de él y le transforman en flor, mientras que Smilax a su vez, también es transformada es otra flor.

Otra versión habla de crocos como un joven que es amado por Hermes. Un día en el que se ejercitan en el lanzamiento del disco, el joven permanece en la trayectoria y éste le golpea en la cabeza causándole la muerte. De su sangre nacerá el crocos.

LAS PLANTAS Y EL HOMBRE EN LA ANTIGUA MESOPOTAMIA

MESOPOTAMIA

En Mesopotamia, que significa "tierra entre ríos", florecieron las primeras civilizaciones humanas. Miles de años después ese territorio es conocido con el nombre de Iraq, un lugar donde los ecos de la guerra amenazan los vestigios de una historia milenaria.

La historia de la Mesopotamia se volvió un tema de actualidad después de la difusión de noticias, muchas de ellas televisadas, sobre la destrucción y el saqueo de sitios arqueológicos y colecciones históricas, incluyendo las del Museo Nacional iraquí en Bagdad.

Desde el comienzo del conflicto la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) planteó la necesidad de proteger en forma especial el patrimonio histórico en Iraq, pero todo parece indicar que la historia no era una prioridad en este conflicto moderno.

En la misma UNESCO destacan cuál es la importancia de los vestigios históricos de la Mesopotamia: fue cuna de civilizaciones de gran relevancia que representaron la transición de la prehistoria a la historia de la humanidad.

La geografía de la Mesopotamia fue determinante para que se produjera el alumbramiento de las primeras culturas en esta zona unos 9.000 años antes de Cristo. Los ríos Tigris y Eufrates, que rodean este territorio, ofrecieron condiciones óptimas para un desarrollo capaz de cambiar el curso de la historia: la agricultura, y por tanto, del jardín.

"La llegada de la agricultura a las fértiles llanuras de Mesopotamia comenzó a transformar la, hasta entonces, salvaje, errante o nómada sociedad humana en la primera sociedad sedentaria y civilizada", recuerda el sitio web de "Atrapados en los mundos del pasado".

A partir de unos 3.500 años antes de Cristo comenzaron a dejar sus rastros en Mesopotamia sumerios, acadios, asirios y babilónicos. Y sabemos que en esa región se conoció la escritura, las matemáticas, la rueda, la arquitectura, la astronomía, el dinero, el riego artificial y las leyes. Y que florecieron en diversas épocas las ciudades estado. Y, por supuesto, que desde hace miles de años ha sido escenario de guerras.

Los nombres de ciudades como Ur o Nippur, de héroes legendarios como Gilgamesh, del Código de Hammurabi, de los asombrosos edificios conocidos como zigurats, provienen de la Mesopotamia antigua. Y episodios míticos como los del diluvio o la pérdida de los idiomas en la Torre de Babel fueron escenificados en esa zona.

"Este amplio legado cultural fue la base de las civilizaciones siguientes, Grecia y Roma, y también de lo que somos hoy en día",

¿Cómo sentían los mesopotamios su entorno natural?

Lo primero que podemos señalar es que el hombre mesopotámico percibió su entorno como un universo animado. Esta concepción se manifiesta claramente, por un lado, por

la imagen que tuvo de sus dioses y, por otro, por la idea que se formó de los fenómenos naturales, entendidos como mensajeros de los dioses.

El reino vegetal en general estuvo relacionado con la figura del Dumuzi/ Tammuz, el joven amante de la poderosa Isthar, diosa del amor y de la guerra. Dumuzi fue condenado a quedarse la mitad del año en el infierno- periodo de tiempo que correspondería al reposo de la vegetacón-, así el dios en todas sus hipóstasis, como, por ejemplo, el racimo de dátiles o el corazón de la palmera, fue equiparado con la Physis, la fuerza de la vegetación en su brotar.

Según uno de los más importantes tratados arcadios de presagios, titulado “Si una ciudad está situada en una colina”, las plantas como los hongos, hierbas, arbustos y árboles, eran portadores de la intención de los dioses. Sus apariciones en una casa, un jardín particular, en las calles, sus crecimientos, sus colores y cualquier extraordinario cambio de aspecto que experimentaran ofrecían explicaciones sobre las decisiones divinas que solo el experto sabía descifrar. Así, leemos, por ejemplo, el siguiente presagio: “cuando una palmera crece con dos cimas, reinarán la peste y la plaga en el país”; o bien, este otro: “cuando las hojas de la palmera se vuelvan amarillas, la gente se sentirá mal”. También se considera la vegetación de un campo “Si un día apareciera azafrán en el campo, el campesino no disfrutará de ningún rendimiento de la cosecha”. En el caso de la amapola dice: “Nunca jamás se cultivará en el campo”.

Todo lo que provenía de la tierra fue observado con recelos por los mesopotamios, pues era susceptible de constituir una señal enviada por los dioses al mundo de los hombre. Tampoco se debería descartar la posibilidad de que la capacidad de cruzar dos mundos convirtiera a los frutos y animales de la tierra en algo intangible. Así, por ejemplo, las hormigas, al salir de sus nidos a la superficie fueron percibidas como mensajeros de la diosa Ereshkigal, reina del Hades, cuyos mensajes transmitían el mal. Por lo que respecta a la intangibilidad de las plantas, los textos médicos escritos en cuneiforme nos informan, a menudo, acerca de las medidas de precaución que el herbolario debía tomar al recolectar las plantas y sus partes. Antes de cortar las raíces de algunas plantas, por ejemplo, debía circundarlas con un círculo mágico de harina que le garantizaba protección; otras plantas recibían unja compensación o un presente a cambio de dar sus hojas. Este era el caso de los brotes del algarrobo; una vez se habían cogido, había que pònerlos bajo el arbusto y dirigir a la planta las siguientes palabras: “¡Cómo ya has aceptado mi regalo, dame ahora la planta curativa!”.

LA JARDINERÍA EN LA CIVILIZACIÓN EGIPCIA

África no debe su reconocimiento por haber sido, únicamente, el origen de la humanidad sino que es, también, uno de los lugares en los que comenzó la jardinería. En Egipto la jardinería cuenta con más de 5.000 años.

En este país de tierra negra rodeado de desiertos, los árboles son escasos (algunas acacias, sicomoros), y toda la tierra fértil, que recibe el agua gracias a una extensa red de diques y canales, constantemente renovados, está dedicada al cereal. Debido a la falta de árboles y de flores, el jardín es contemplado como un vergel donde las flores están cuidadas con la mayor atención. Normalmente el jardín se sitúa en torno a un estanque cubierto de lotos y de papiros, y plantas heráldicas del Alto Egipto y del Bajo Egipto.

Los faraones fueron, probablemente, los primeros en ordenar la construcción de los jardines. Ellos mismos aportaban las plantas exóticas que crecían en sus campos y que, después, cultivaban en los jardines de sus templos y palacios. La reina Maatkara-Hatshepsut de la XVIII dinastía hizo traer 31 árboles de incienso para adornar sus jardines y terrazas. Las plantas raras estaban de moda, se organizaban expediciones dedicadas, exclusivamente, a la búsqueda de las especies más exóticas y lejanas. Thutmosis III, hizo pintar, en los muros del templo de las Fiestas de Karnak, las numerosas plantas que había hecho traer de Asia. Los faraones crearon enormes paseos adornados con plantas, hierbas y árboles frutales traídos de todas las regiones limítrofes.

Para los jardines particulares los paisajistas se inspiraban en los Oasis y los ríos con sus lotos y sus islas flotantes de papiros. Los primeros jardines individuales son, sin duda alguna, las construcciones privadas de los oasis artificiales. Más tarde, en estos jardines se construía, a menudo, una terraza y un estanque cuadrado o rectangular que se llenaba de plantas acuáticas, y en los que se ponían, casi siempre, estatuas y columnas. Las plantaciones evolucionaron y se alinearon a fin de facilitar el riego cuyas aguas proporcionaban los canales. Las plantas se cortaban y plantaban, cada vez más hábilmente, con el fin de que dieran sombra y fuera más productiva y más fácil la recogida de sus frutos. Por medio de las pinturas murales se sabe qué tipo de plantas se cultivaban en los jardines: viñedos, que tapizaban las pérgolas, sicomoros, duraznos, palmeras datileras, higueras, granados y tamarindos.

Los frutos, las flores, las plantas aromáticas y medicinales se utilizaban como ofrenda y como componentes de las pociones médicas u oferentes.

Los jardines egipcios, simétricos y rígidos, dan una idea de la civilización egipcia, tan propios que no admitían influencias exteriores, ni siquiera de la cercana Mesopotamia y sus paraísos; estos jardines son las antípodas de los jardines asiáticos

BIBLIOGRÁFIA

  • Paraíso cerrado, jardín abierto”; R. Olmos, P. Cabrera, S. Montero. Polifemo; 2005. Madrid.

  • “Héroes y dioses de la antigüedad”; Impelluso Lucia. Electa; 2006. Barcelona.