Arquitectura y Pintura Renacentista del siglo XVI

Renacimiento. Quatroccento. Bramante. Leonardo. Miguel Ángel

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Jueves 14 de Abril del 2005

Historia del Arte

Durante el renacimiento la actividad artística, y sobre todo aquella pictórica, se desarrolló en diferentes ambientes como por ejemplo centros religiosos, políticos y palacios de la nobleza.

Las iglesias, capillas y demás construcciones de tipo religioso eran algunos de los más populares entre los artistas; no podemos decir que eran unos de los preferidos ya que, en aquella época no era precisamente el artista aquel que podía decidir, pero si podemos decir que eran unos de los más utilizados.

Estos lugares resultaban ideales para los artistas que lograban palpar en ellos su visión de la realidad pasando por encima de las restricciones; las cuales dependían no sólo de los cánones de tipo religioso sino también de los comitentes de las obras mismas.

Tres son las obras a tratar en este escrito, al igual que tres son los autores y tres son los lugares en los que se encuentran: comenzaremos cronológicamente por la obra de Bramante en la iglesia de Santa Maria presso San Satiro (Milán), seguiremos con La Última Cena de Leonardo (Milán) y terminaremos con Il Giudizio Universale de Miguel Ángel (Roma).

Bramante era un artista de la segunda mitad del Quattrocento italiano que, aunque tenía una forma de pintar muy similar a la de los pintores del Primer Renacimiento, sus obras arquitectónicas son consideradas pertenecientes al posterior Renacimiento Medio.

Unos de los trabajos más importantes en el campo artístico de Donato Bramante fueron en 1487 la remodelación de la iglesia de San Sátiro y, paralelamente, la construcción de la iglesia de Santa María presso San Sátiro que ya había sido iniciada por otro artista y que era una edificación contigua a la anterior.

Se trataba de una iglesia con planta de cruz latina para uno de cuyos brazos no había espacio a causa de la posición de la calle adyacente; Bramante decidió entonces recurrir a la pintura para ampliar artificialmente el interior de la edificación. El artista sugirió un espacio inexistente a través de una ilusión óptica la cual sustituye el espacio real y le da profundidad a la pequeña iglesia.

Frente al espectador que acaba de entrar, éste espacio se presenta como una típica estructura curva de cobertura que tiene una sección semicircular constituida por una serie de arcos acostados (volta a botte), una estructura que parece tener más o menos 4 metros de profundidad pero que, al acercarse lateralmente, se descubre que ésta no es mayor a 50 cms.

En la parte inferior de la obra, Bramante continúa artificialmente las columnas de la iglesia las cuales van a dar, junto a la falsa prolongación del techo (supuestamente compuesto por figuras rectangulares cubiertas con láminas de oro), a una pared de fondo que es decorada con una típica imagen religiosa que hace alusión a un tema bíblico.

La ilusión óptica creada por Bramante resulta ser un claro ejemplo del magnífico uso renacentista de la prospectiva geométrica que, a través de líneas rectas, encadena toda le realidad circunstante en un único punto de fuga. Es como un acto de magia elegante que revela su secreto sólo a quien se para en un cierto punto de la iglesia ya que, desde el resto, sigue pareciendo lo que en realidad no es.

Y es que aunque el uso de la prospectiva se presenta como indudable protagonista de este espectáculo mágico, no podemos dejar a un lado el manejo cromático del artista que logra crear el efecto óptico a través del uso de los colores adecuados y un manejo excelente de los claroscuros de tal forma que el espectador “frontal” es incapaz de ver la realidad del espacio.

En segundo lugar encontramos La Última Cena de Leonardo Da Vinci, pintada entre 1495 y 1497, la cual representa la escena bíblica sucesiva al momento en el que Jesucristo dice: “uno de ustedes me traicionará”.

Esta obra de Leonardo se encuentra en el refectorio de la iglesia de Santa Maria delle Grazie en Milán y, debido a su fragilidad y tendencia a dañarse, está totalmente protegida por diversos mecanismos de seguridad más o menos recientes que desafortunadamente no pudieron impedir que los antiguos habitantes de la iglesia, sin apreciar el verdadero valor de la obra muchísimas décadas atrás, le abrieran un hueco en la parte inferior para poner una puerta.

Aunque la obra es aun imponente, lo que nos queda hoy en día es tan solo un recuerdo de lo que fue; se cree que los procesos de erosión y desvanecimiento por los que está pasando son una consecuencia del exceso de yeso de la capa sobre la que fue pintada, que permite la filtración de la humedad.

El tema de la obra era muy utilizado por los diferentes artistas en la época de Leonardo, pero son tres los elementos que la diferencian del resto y le dan una singularidad magnífica.

Como característica principal de la obra encontramos la humanización de la escena; Leonardo logra reflejar la inquietud de los personajes, su desconcierto y sobretodo las 12 diferentes maneras de afrontar la noticia dada por Jesús minutos antes: cada personaje es distinto a los otros. Se puede ver la investigación leonardina de la expresividad humana la cual alterna de modo armónico los diferentes gestos y actitudes de los personajes al mismo tiempo que los agrupa en cuatro pirámides que le dan un valor sobrehumano e inalcanzable a Cristo que se encuentra en el centro.

Otro de los elementos claves de la obra es la forma en la que el autor logra involucrar el espacio ilusorio con el real, dándoles un tamaño veraz a los personajes y logrando, a través de la perspectiva linear, un ambiente pictóricamente profundizado; es un ilusionismo que logra integrar el espacio del refectorio con el muro pintado.

Como último, pero no menos importante, encontramos el doble manejo de la iluminación, un juego de luces que logra cautivar aun más la atención del espectador y le da ese toque fantástico-simbólico a la obra.

Por un lado tenemos la luz que parece llegar desde lo alto del lado izquierdo del cuadro e ilumina la escena reflejando los distintos grupos de personajes y a su vez coincidiendo casualmente con las ventanas del refectorio. Pero por otro lado tenemos el contraluz que proviene de las tres ventanas representadas en la parte de atrás del cuadro que tiene la doble función de, iluminar desde atrás dándole un mayor sentido espacial a la imagen al profundizarla hacia un infinito, y crear una especie de aureola moderna alrededor de la cabeza de Cristo, la cual le concede un carácter divino a la imagen central.

Cuando el espectador se encuentra frente a la Santa cena la contempla con emoción, respeto, admiración y una cierta tristeza causada por el proceso de deterioro al cual está irreversiblemente sujeta.

Pero dejando atrás esta obra maestra de Leonardo nos podemos concentrar en uno de los murales decorativos más polémicos del Renacimiento, El Juicio Final de Miguel Ángel Buonarroti.

Ésta obra fue comenzada en 1535, varios años después de las obras anteriormente expuestas y ha sido admirada durante siglos aunque siempre con reserva ya que representa personajes y asuntos religiosos elevados de la forma más humana, utilizando cuerpos desnudos.

Para decorar la pared de fondo de la Capilla Sixtina, Miguel Ángel escoge el último acto de la humana tragedia, logrando plasmar en su obra todos esos sentimientos pesimísticos y de desesperación que determinaron su vejez. El artista capta el espíritu del post-renacimiento quattrocentesco, por así decirlo, creando una obra de enormes proporciones la cual tiene como núcleo central la figura de Cristo como juez de la humanidad.

Con una de las manos alzada y la otra inclinada, Miguel Ángel representa la actitud justiciera de este Cristo amenazador e implacable que juzga y decide quienes son los bienaventurados y quienes los condenados. El artista logra darle movimiento a Cristo y al resto de sus personajes, logra suscitar una sensación de animación de las líneas y las masas que le concede dinamismo a la obra y que será más tarde desarrollado plenamente por los artistas barrocos, en especial Bernini.

Junto a esta figura del Salvador se encuentra la de la Virgen María que se demuestra refugiada en el aura protectora divina, mirando hacia los pecadores humanos con una actitud suplicante.

En la parte inferior derecha del mural, inspirado en la Divina Commedia de Dante Alighieri, Miguel Ángel pintó a Caronte llevándose a los condenados hacia las fosas del infierno en su barca y a Minos, el juez infernal dantesco por excelencia. En cambio, en la parte inferior izquierda del mural se ve el ascenso hacia Cristo de las almas elegidas, las cuales parecen no entender el porqué de su salvación.

Alrededor de Cristo fueron además pintados los santos que se distinguen de los bienaventurados por el simple hecho de llevar los atributos de su martirio, como por ejemplo Santa Catalina que lleva una rueda o San Andrés que lleva una cruz.

Además, otros personajes del mural son los instrumentos de la Pasión que fueron pintados en la parte más alta de la pared y los ángeles que se encuentran por todos lados rodeando al Salvador.

Uno de los elementos más curiosos de la obra de Buonarroti es el autorretrato que parece haber hecho en la piel colgante de San Bartolomé, este hace alusión a una de las anécdotas ocurridas al artista que era criticado por Arentino (uno de sus contemporáneos) mientras trabajaba en la obra.

Algunas de las características principales de esta obra de Miguel Ángel son la intensidad de las expresiones de los rostros de todos los personajes que le conceden un mayor dramatismo a la escena, y el pesimismo que emana, el cual parece dar solo una cosa por cierta, la condena de las almas pecadoras.

No podemos olvidar la importancia de los cuerpos, saturados de carne y masa, que parecen evocar al Miguel Ángel escultor más que al pintor, y la carencia de un paisaje de fondo ya que aparentemente no eran del agrado del artista.

Sin embargo, la polémica generada por el tema de los desnudos fue tal que provocó una Congregación del Concilio del Vaticano el cual decidió cubrir con vestidos los cuerpos de algunos de los personajes y le concedió esta labor a un alumno de Miguel Ángel llamado Daniele da Volterra, el cual es considerado aun hoy mediocre y mal pintor.

La pasión y el drama que exprime esta obra es tal que el espectador es llevado casi a olvidar el techo de la estancia, decorado también por el mismo artista. Aunque la obra ha perdido su intensidad cromática con el pasar de los años, es aun capaz de aplastar al espectador generándole un sin fin de emociones que encantan pero que al mismo tiempo le revuelven la conciencia logrando personificar la escena perteneciente a la tradición religiosa.

Podemos ver la importancia de la religión durante el Renacimiento medio al cual partenecían estos tres artistas. Aunque en Bramante predomina el tema de la prospectiva y de la ilusión, podemos encontrar en su obra un pequeño dibujo que representa una escena religiosa.

Pero es así como lo más interesante de las tres obras resulta ser el cómo los artistas logran focalizar la atención de los espectadores en ciertos puntos determinados por ellos; así como en Bramante predomina el manejo del espacio y no el carácter religioso del lugar, en los otros artistas predomina la humanización y dramatización de las obras que las llevan a un nivel mucho más elevado, además Buonarroti por ejemplo es capaz de plasmar su estado emocional en su obra, algo definitivamente digno de admiración.

Lentamente muore chi... (Pablo Neruda)

Lentamente muore chi diventa schiavo dell'abitudine, Ripetendo ogni giorno gli stessi percorsi, chi non cambia la marcia, chi non rischia e cambia colore dei vestiti chi non parla a chi non conosce.

Muore lentamente chi evita una passione, chi preferisce il nero su bianco e i puntini sulle "i" piuttosto che un insieme di emozioni, proprio quelle che fanno brillare gli occhi, quelle che fanno di uno sbadiglio un sorriso, quelle che fanno battere il cuore davanti all'orrore e ai sentimenti.

Lentamente muore chi non capovolge il tavolo, chi è infelice sul lavoro, chi non rischia la certezza per l'incertezza per inseguire un sogno, chi non si permette almeno una volta nella vita
di fuggire ai consigli sensati.

Lentamente muore chi non viaggia, chi non legge, chi non ascolta la musica, chi non trova grazia in se stesso.

Muore lentamente chi distrugge l'amor proprio, chi non si lascia aiutare, chi passa i giorni a lamentarsi della propria sfortuna o della pioggia incessante.

Lentamente muore chi abbandona un progetto prima di iniziarlo, chi non fa domande sugli argomenti che non conosce chi non risponde quando gli chiedono qualcosa che conosce.

Evitiamo la morte a piccole dosi, ricordando sempre che essere Vivo richiede uno sforzo di gran lunga maggiore Del semplice fatto di respirare.