Aprendizaje humano

Psicología. Filosofía. Aprendizaje. Aprendizaje humano. Aprendizaje cognitivo. Aprendizaje social. Aprendizaje por observación. Instinto. Inteligencia

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DEL INSTINTO A LA INTELIGENCIA

En mis primeros años de vida, sin apenas conciencia del mundo y, ni siquiera, de mí misma, únicamente era capaz de reaccionar instintivamente a ciertos estímulos en ese momento nuevos para mí, pero que más tarde se convertirían en habituales y necesarios. Mi única, en cierto modo, defensa contra el mundo exterior eran los actos reflejos como la succión, micción o el llanto, y, mediante este último sobre todo, llegaría a conseguir cubrir mis necesidades básicas en cualquier momento que las tuviera, como por ejemplo puede ser calmar mi hambre (al cual también se une la succión),o querer manifestar mi deseo de ser atendida. Más adelante desarrollaría la capacidad de coger los objetos que percibía, es decir, podía coordinar la percepción y la prensión, lo cual resultaría muy útil para empezar mi investigación sobre el mundo que me rodeaba y comenzar a tener conciencia del mismo. Personalmente, basándome en los relatos de familiares, cuando todavía me encontraba entre los 0 y 2 años el llanto no era la cualidad a la que le daba mayor uso, sino a la succión. Sí, no era una niña de mucho llorar, pero sí de succionar y de saciar mi hambre. Por otro lado, más tarde, empezaría a tener en mi mano todo objeto que tuviese por delante o que me llamase la atención, explorando así mi entorno y comenzando mi aprendizaje, aunque todavía me quedaba un largo camino por recorrer. Para poner fin a esta primera etapa de mi vida ( 0-2 años, aproximadamente), la inteligencia sensorio-motriz iba estando presente en mi desarrollo intelectual: podía hacer una diferenciación entre los objetos y mi persona, comprendía la permanencia de los objetos, el espacio, la sucesión temporal de los acontecimientos y hasta cierta relación de causalidad.

De los 2 a los 6-7 años, surge la inteligencia conceptual o pensamiento representativo. En esta etapa comencé a articular mis primeras palabras, que, junto con imágenes y otros símbolos, utilizaba para referirme a entidades presentes en mi entorno. En un principio, al comienzo de esta representación, se inicia un proceso de imitación de movimientos y gestos de diferentes sujetos o modelos, también el juego, el dibujo y por supuesto el lenguaje, forman parte de este desarrollo infantil. Hasta los 4 años, más o menos, se desarrolla el pensamiento simbólico y preconceptual, y se distinguen dos propiedades del pensamiento infantil: el animismo, es la concepción del infante de los objetos como si tuvieran vida propia ( por ejemplo empleando el palo de la escoba a modo de caballo, o utilizando los muñecos como si fueran un compañero más de juego ) y el egocentrismo, por el cual el niño sólo puede captar una situación desde su propio punto de vista, no entendiendo así otros y sobreponiendo su opinión sobre la de los demás. Poniendo ejemplos de todo lo anteriormente mencionado, podría decir que mi desarrollo lingüístico comenzó a los 18 meses aproximadamente, y lo que lograba decir más o menos lo pronunciaba con cierto grado de corrección. Una palabra representativa de esa etapa, por ejemplo, era “tete”, refiriéndome al chupete, a parte de las típicas “mamá” y “papá” y, a base de imitación y escucha, con el paso del tiempo empecé a hablar correctamente. Respecto al dibujo, recuerdo que lo que más hacía cuando dibujaba eran paisajes, normalmente con montañas, ríos y una casa en primer plano, o dibujaba un campo con árboles o incluso un solo árbol y pájaros en el cielo con un sol brillante. Para aprender a mejorar mi forma de dibujar, intentaba imitar o, más bien, tomaba como modelo otros dibujos de por ejemplo, mi madre o mi hermana mayor que yo, y a la hora de colorear si no era algún miembro de mi familia era la profesora, me decían que tenía que colorear “por dentro de la línea”, lo cual se me quedó grabado en algún lugar de mi cerebro y siempre que iba a colorear se reproducía en mi mente, así aprendí a “no pasarme de la línea”. Y, finalmente, haré referencia al juego, gracias al cual me relacioné con otros niños y aprendí a ser social. Al principio, era bastante introvertida, pero, con el paso del tiempo y a base de conocer gente y de manifestarse cada vez más mi personalidad independiente, me fui convirtiendo en una persona bastante más extrovertida. Este tipo de aprendizaje, quizás no sea el típico aprendizaje conceptual, pero sí es un aprendizaje interior y que ayuda a formarse como persona, y , a mi modo de ver, igual de importante. Durante esta etapa surgieron así dos mundos, el mundo social y mi mundo interior. Estos mundos con el paso del tiempo, no llegarían a estar demasiado diferenciados, por el contrario, estarían bastante relacionados por la influencia que ejerce esa sociedad o mundo social, en la personalidad y el modo de actuar de una persona. En mi caso, estos dos mundos sí están estrechamente relacionados, lo que no quiere decir que actúe según lo haga la sociedad en general, pero mi comportamiento (al igual que el de todo ser humano) podría decirse que está en cierta medida, condicionado.

Siguiendo con mi desarrollo intelectual, a los 7 u 8 años, aparece el pensamiento intuitivo y preoperativo, que consiste en imitar las acciones reales mediante experiencias mentales imaginadas, es más, se puede decir y se dice que la intuición es un pensamiento imaginado y la lógica de la primera infancia. Esto también es relativamente obvio y lógico, puesto que en los primeros años de vida no estamos dotados de inteligencia alguna y nos guiamos básicamente por nuestros instintos o actos reflejos y nuestra intuición, lo que nos hace sumamente vulnerables y nos expone al peligro del nuevo mundo exterior, aunque en estos años de vida ( 7-8 ) nuestra facultad de hablar nos da cierta seguridad y ya nos podemos empezar a defender. Después, de los 7/8 años a los 11 o 12 se da el periodo de las operaciones concretas que el infante realiza con objetos que percibe y manipula. Con esto aprendí las nociones de cambio y permanencia, y descubrí las relaciones entre objetos por su forma y color. Pude comprender los conceptos de volumen, el peso y la materia y la constancia de ésta, y las diferencias de estos conceptos entre unos objetos y otros. Por ejemplo, recuerdo que en la guardería y en el colegio (los primeros años) siempre nos daban plastilina para jugar, con lo que daban rienda suelta a la imaginación que un niño de esa edad pueda tener. Se podían hacer infinitas formas, y todas ellas diferentes. También nos daban siluetas de determinadas formas ( estrellas, triángulos, cuadrados, etc...) con lo que ya aprendías formas nuevas, a moldearlas, a cambiarlas de tamaño, etc, y así se interiorizaban conceptos como la forma o el volumen. Con esto ya se iba formando un esquema más complejo de lo que era el mundo real y todo lo que me rodeaba, ya tenia noción del tiempo, reconocía rostros, personas, conocidos y desconocidos, voces, objetos... podía pensar por mí misma en cierto sentido, aunque todavía la inocencia estaba muy presente y seguía estando latente.

Dejando de lado los ejemplos, hablaré de la última etapa establecida, puesto que realmente estas etapas sólo son una mera referencia porque, en realidad, nunca dejamos de aprender ya sea en mayor o menor medida. Esta etapa comprende los años 12 a los 16, y es el periodo de las operaciones formales. En este complejo y fascinante periodo el adolescente desarrolla lo que se llama una inteligencia reflexiva, ya que razona sobre lo abstracto y lo posible, realiza hipótesis, comienza a hacer razonamientos condicionales y deducirá las consecuencias de esa hipótesis anteriormente formulada. Aquí ya se empieza a vislumbrar la inteligencia en sí, el pensar, el razonar, y entra en juego la reflexión, las hipótesis y las teorías, la lógica y el poder manipular no sólo objetos, sino también proposiciones. Esto da paso a la “investigación inteligente”, podríamos llamarla así puesto que investigamos basándonos en hechos, en ideas, en hipótesis... jugamos con la carta del razonamiento, en definitiva, y esto sí es inteligencia. Por ejemplo, ya en cursos más avanzados del colegio o en el instituto, al ponernos un problema de matemáticas a resolver nos están dando pie a utilizar nuestro cerebro, a ponerlo en práctica y a prueba o cuando nos hacen hacer una redacción o un ensayo, es ahí donde hemos de demostrar hasta dónde podemos llegar, cuánto podemos dar de sí. Con el paso del tiempo nos iremos dando cuenta de que unas materias se nos dan mejor que otras, por ejemplo, en mi caso las matemáticas no puedo decir que sean mi fuerte, pero en cambio, Inglés o Lengua y Literatura sí, y poco a poco iremos desarrollando aquellas cualidades que sobresalgan en nosotros. De esta forma, desde mis primeras palabras (si no antes) hasta hoy en día, pasando por diferentes cursos del colegio e instituto y distintos conocimientos que he ido adquiriendo (esenciales en el día a día y en la vida en general de una persona, aunque algunos no sean más que por cultura general), he llegado a desarrollar la capacidad de, por ejemplo, escribir cuentos en mi infancia y ahora, poemas y relatos cortos.

Otros tipos de aprendizajes, que también influyen en nuestro camino del aprendizaje y la adquisición de conocimientos, son el aprendizaje por observación, el aprendizaje cognitivo, aprendizajes conductuales, el aprendizaje social, aprendizajes verbales y aprendizajes procedimentales. A continuación, expondré las características y ejemplos de alguno de ellos.

El aprendizaje por observación u observacional sucede cuando un individuo observa la conducta de otro sujeto (modelo), aunque esta conducta aprendida no tiene por qué llevarse a cabo. Este tipo de aprendizaje se da mucho en los niños, es cierto que lo que éstos ven hacer a sus mayores, familiares más cercanos, lo imitan. Por ejemplo, si el niño ve que su padre rompe cigarrillos en repetidas ocasiones, por ejemplo, que lo haga todos los días después de comer, es muy probable que el niño termine haciendo lo mismo excusándose con la frase “ es lo que hace papá “, y por ello, hemos de tener cuidado de lo que les podemos llegar a “enseñar”.

Un ejemplo personal, es mi hermana pequeña de 7 años: Ella cuando era menor, aunque ahora a veces también, decía: “quiero llevar pulseras como lleva la tata”. Esto quiere decir que al verme llevar ciertos accesorios, ella al igual que yo también quería llevarlos. Una mera imitación por simple observación. Y un ejemplo en el ámbito del estudio puede ser por ejemplo, un estudiante mediocre con presión ejercida por sus padres, cuando ve a otro estudiante mejor, con mejores notas y facilidades para el estudio, su deseo (el del estudiante mediocre) es imitar al buen estudiante, por lo que se esforzará y hará todo lo que esté en su mano para poder llegar a ser tan buen estudiante como el otro. Este aprendizaje es uno de lo más influyentes en nuestra educación y comportamiento.

En el aprendizaje cognitivo se distinguen dos clases de aprendizaje por asociación que no sólo se dan en seres humanos, sino también en animales: el condicionamiento clásico (en el que se relacionan dos estímulos), y el condicionamiento operante o instrumental (que es la relación entre un estímulo y la conducta del organismo). Este tipo de aprendizaje (el cognitivo) se da, por ejemplo, en las aulas y hay cuatro formas de aprender en éstas: mediante el aprendizaje receptivo con el que el estudiante no descubre ningún tipo de conocimiento, sino que lo comprende. Es el más frecuente en el ámbito escolar; mediante el aprendizaje por descubrimiento, en el que el estudiante sí que descubre los conceptos y sus relaciones; mediante el aprendizaje repetitivo, en el que el alumno únicamente repite lo que se le dice o enseña hasta memorizarlo, y no tiene por qué comprender el contenido de la enseñanza; y mediante aprendizaje significativo, con el que el alumno a partir de preconceptos reorganiza sus esquemas cognitivos y transfiere ese conocimiento a nuevas situaciones o realidades. En mi caso, en un principio lo que más utilizaba era la repetición y memorización de los conceptos, y no necesariamente siempre los entendía. Sin embargo, con el paso del tiempo y mi maduración, aprendí a comprender, a estudiar comprendiendo los contenidos de cada materia, de esta forma apenas los tenía que memorizar, pues al entenderlos y comprenderlos bien, encajaban en mi mente y se quedaban grabados en ella. Esto facilitaba y facilita bastante el estudio y amplía mis conocimientos sobre el mundo.

Y, por último, hablaré sobre el aprendizaje social, también llamado aprendizaje cognitivo social o vicario. Se basa en una situación social en la que al menos participan dos individuos: el modelo, que realiza una conducta determinada, y el sujeto que realiza la observación de dicha conducta, y cuya observación determina el aprendizaje. En este tipo de aprendizaje, el refuerzo recae sobre el modelo, no sobre el sujeto como ocurre en los dos tipos de condicionamiento. El aprendizaje vicario tiene varias ventajas para el sujeto porque amplía sus habilidades en el control del medio y hace el aprendizaje menos costoso que el mero condicionamiento. Este tipo de aprendizaje permite que las habilidades adquiridas por el individuo puedan ser transmitidas a los demás, sin ser necesario que cada uno las adquiera a partir de su propia experiencia. Como podemos ver, quizás no sea el típico aprendizaje de conceptos que hay que memorizar, o tampoco se trate de una enseñanza determinada, pero es igual de importante e influyente en nuestra vida diaria y social.

Para concluir este ensayo diré que desde el primero de nuestros días hasta el último estamos continuamente aprendiendo, ya sea estudiando, observando o escuchando, aprendiendo de otras personas con más experiencia que nosotros. La cuestión es que muchas veces no somos conscientes de este aprendizaje, sin embargo debemos fomentar dicho aprendizaje puesto que el hombre puede llegar a ser, si se lo propone, una increíble fuente inagotable de conocimientos.