América nativa y la poesía mística

Expresión literaria. Divinidad. Misticismo. Sn Juan de la Cruz. Sanata Teresa de Jesús. Mito. Religión. Nietzche. Cultura. Chamanes. Quechua. Aztecas. Cantos

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América nativa y la poesía mística

Hoy nuestro continente no tiene certeza sobre el origen de sus pobladores, como tampoco tiene determinadas las fechas del comienzo. Las ciencias establecen unos referentes y aceptan algunas aproximaciones, lo mismo que construyen interpretaciones al traducir la simbología y los rituales grabados en edificaciones y cerámicas precolombinas, construyendo la oralidad relativamente aceptable como explicación de ellos, pero saturada de vacíos en la certeza del qué fue, del qué pasó, en el remoto ayer.

La certeza comprobada que me ocupa, es que todos los pueblos americanos se regían por su espiritualidad y fueron buscadores, a la vez que poseedores, de su verdad. De ahí que, encontremos en esa oralidad, y en la del libro sagrado Popol vuh, pasajes divinos que bien podemos considerar poesía mística, nativa americana, escondida en los calendarios maya y azteca, y en los tiempos de todos los americanos.

Como ejercicio intelectual que sirva de base a la valoración que propongo, comienzo por la definición del Diccionario de la Academia, sobre Mística: “Parte de la teología que trata de la vida espiritual y contemplativa y del conocimiento y dirección de los espíritus.- Experiencia de lo divino y su expresión literaria. -El misticismo es el estado de la persona que se dedica mucho a lo espiritual, y logra la unión inefable con Dios por el amor acompañado de éxtasis y revelaciones”.

El Diccionario de Filosofía dice, “Misticismo es la práctica para lograr la unión entre el espíritu y la divinidad, por medio de la meditación, la vida estética, la contemplación, etc. Para ser iluminado y transfigurado.- Los modernos, San Juan de la Cruz, Snt. Teresa de Jesús, mediante su poesía revelan la

necesidad de apartarse de las cosas para ir “de vuelo”; no los desecha, los trasciende hasta dejarlos en la nada, frente a la iluminación divina”.

Ahora transcribo las definiciones oficializadas de Mito, “narración simbólica compartida por la religión, el folclor, la antropología, la sociología, el sicoanálisis y las bellas artes.- Nietzche lo considera una especie de verdad o equivalente a la verdad, no como ritual sino como complemento a la verdad histórica y científica. Sigue al ritual siendo su parte oral; el ritual es ejecutado en nombre de la sociedad por su representación sacerdotal con el fin de prevenir o propiciar algo; es el denominador común de la poesía y la religión.

La Cátedra Ancizar, de la Universidad Nacional, dedicada en el segundo semestre del 2004 a “Creer y poder”, en alguna conferencia el expositor definiendo el ritual dijo: Lo trascendental es lo místico, el éxtasis; lo sagrado son las memorias recurrentes que llevan a la otra vida en búsqueda constante de replantear la verdad que transforma.

En cuanto a la religión la definió como el recurso permanente de gestos, palabras; y, el practicante es quien cumple ciertas obligaciones religiosas que complemente como peregrino en el camino de su creencia, produciendo tras formas religiosas en reconocimiento de su creencia. Mientras que, clarificó que la mística es una forma que satisface lo individual a la vez que busca e ilustra una comunidad espiritual o de creencia uniéndolos en un solo cosmos para la existencia humana, hasta llegar a las tradiciones masivas con nuevas lógicas.

Nuestra América mística

El ser humano demuestra a lo largo de su recorrido en el mundo, la urgente curiosidad por establecer su origen, dando la respuesta primaria en un principio divino explicado poéticamente en los mitos de las diferentes culturas, que además son coincidentes.

Los Muiscas, al sur del continente, en nuestro territorio, hablaron de la madre Bachué y se refirieron a como “por el oriente, por el camino de Sua, camino de luz y de la vida, un buen día llegó el gran Bochica. Consigo traía para los habitantes de estas comarcas un mensaje de paz, de amor y de sabiduría”, relata Lilia Montaña de Silva Celis en su libro, personajes que también son comunes a varias culturas con distintos nombres en cada una.

Las culturas centroamericanas en el Popol Vuh, que se considera el libro más antiguo, tupido de metáforas, de simbología, explican la creación a partir del maíz, le rinden culto, le cumplen su ritual.

En sus páginas también consagra las aventuras de un par de hermanos en el interior de la tierra, llamados Hunahpu y Xbalanque, que descienden a un submundo lleno de demonios, comenzando el relato en el reino medio de la tierra donde su padre y tío son invitados al juego de tlachti (de la pelota) practicado desde los tiempos de los Olmecas, dando por resultado la humillación de los demonios que “en adelante solo se alimentaran con las criaturas de las praderas y los claros del bosque”, leyenda que termina poéticamente así:

“Sus días pasados no fueron grandiosos,

estas gentes de antaño sólo querían conflicto,

sus nombres antiguos no son realmente divinos,

pero temible es la antigua maldad de los rostros.”

En el caso de los mayas, los jeroglíficos fueron la forma más compleja de la época precolombina; combinaron elementos fonéticos e ideográficos, artísticamente delineados, llenos de referencias acuosas del submundo, mientras que para las matemáticas especialmente aplicadas al conocimiento del firmamento, las escribían en puntos y barra, basándose en grupos de 20, incorporando un símbolo para el cero.

Los chamanes

En las definiciones de misticismo, de la mística, se estableció la presencia necesaria del sacerdote, del oficiante, o del chamán, según la cultura a la que nos refiramos; por consiguiente, estamos hablando de religiones que incluyen el concepto del espacio sagrado donde se rinde culto, donde oficia esa persona que vincula lo de aquí con el allá, con la divinidad.

Al entender el concepto de rito, encontramos la gesticulación, la simbología corporal unida al sonido, a la palabra; para tal fin, en las culturas americanas, desde las fechas perdidas, el oficiante recurre a bebidas sagradas para abrir la comunicación con la divinidad, a la vez que confía en seres que solamente él ve, animalizados algunas veces, que lo acompañan al igual que lo hacen con los iluminados, los que se ganaron el privilegio espiritual de conectarse con la divinidad.

En las culturas del amazonas, por ejemplo, en el Museo Antropológico del Banco de la República, se encuentra la leyenda de los iwa o guacamayos rojos que crearon el mundo.

Ahí mismo se consagra la tradición ticuna de que la selva es la tierra madre de la vida, maltratada con veneno de la rana dorada, el curare, la culebra venenosa y ciertas flores parásitas que describen el contenido de la bebida que facilita el vuelo del chaman a otras estancias para comunicarse con la divinidad en visiones interiores que lo colman de amor universal.

La tradición de la coca preparada por el hombre a partir del almidón de yuca dulce cocinado con jugo de piña, pulpa de chontaduro, vino del asaí, que beben los invitados al festejo ceremonial para encontrarse los hermanos con la verdad.

Igualmente, siguiendo hacia el sur del continente, se encuentran sitios trascendentales denominados en nativo, en quechua generalmente, como Machu Picchu que significa Pico abuelo; Huayna Picchu, que significa Pico amante. Así mismo, referencias al consumo del cactus de San Pedro, medicina visionaria, predilecta del chaman que cura reconstruyendo la armonía del paciente con el universo, ayudado por el bebedizo que lo lleva a penetrar el cuerpo de la tierra, a encontrarse con la diosa madre; el cactus que se encuentra en las zonas templadas del Perú se destila en su esencia y se mezcla con hiervas purgativas, pero la preparación es secreta y se hereda para el viaje de iniciación que muchas veces es abandonado por las dificultades físicas del organismo y las consecuencias sicológicas que llevan hasta el desdoblamiento y el contacto con

presencias positivas o negativas que los intimidan; una de las versiones publicadas por un científico social sicólogo peruano, Alberto Villoldo, dice: “ Pensé que el nagual se parecería al infinito/ Pensé que experimentaría el ayin, la divina nada que menciona la cábala/Pensé que vería los ojos de la Dama detrás del velo y que vería el nacimiento y la muerte y el destino del universo/...Pensé que quizás, de una manera grandiosa, me sentiría Dios ”.

Con esta introducción y reconocimiento del sacerdote que tiende el puente entre el humano y la divinidad, regreso a mesoamérica regida espiritualmente por la figura mítica del Quetzalcóatl, en el momento en que yergue ante al mar celestial después de su destierro de Tul, descrito como “el sitio donde el chaman de generaciones pasadas se encuentra con el adepto espiritual de las generaciones futuras: el sitio donde el alma humana, o bien entra otra vez en una colaboración fructífera con los dioses, o es aniquilada por ellos...” Apartes de la poética oralizada de ese momento es:

“Y el viejo le dijo entonces: “Mi príncipe,

¡cómo es realmente su estado de salud?” A lo que

Quetzalcóatl respondió: “Verdaderamente, todo mi cuerpo}está muy enfermo. En ninguna parte estoy bien. ....”

Para finalizar le recomienda el viejo:

“Verdaderamente solo allá -hacia Tollan Tlapallan-

deberás ir. Un hombre permanece en guardia allí,

ya de edad avanzada. Tú y él conversarán

y se aconsejarán mutuamente.

Y cuando regreses,

Habrás sido convertido otra vez en un niño”

En el libro Este árbol brota del infierno, se afirma que los aztecas eran un pueblo neurótico, que basaba su cultura en la muerte, con la intensidad que ninguno otro alcanzó, aún hoy.

Por eso, religiosamente mantenían diálogos con los dioses, y crearon 91 capíitulos-canciones de los Cantares Mexicanos, considerados la más pura muestra de poesía Nahuatl, hasta hace poco traducidos en su totalidad al inglés, dejando en claro las versiones sobre los mitos aztecas, interpretados no obstante el lenguaje críptico en que fueron concebidos y solamente cantados por la elite de iniciados en el culto clandestino que floreció en y alrededor de Technotitlan, en las décadas medias del siglo XVI y las usaron como parte de un ritual destinado a conjurar los espíritus de los guerreros y los héroes del pasado azteca.

“Por todas partes, la vida misma en la tierra es la que se compara de manera tajante y despiadada con el reino de la luz y del color, tal como había sido en los tiempos anteriores a la conquista...escribieron un Cantar que dice así:

“Como un loro, como un cisne, vuelo por la tierra. Mi corazón está ebrio de vino. / Soy un quetzal que llega al sitio de la lluvia del Espíritu Único, cantando bellamente/ sobre las flores. Susurro canciones, y mis corazones se alborozan./ Una cascada de flores cae sobre la tierra: mis corazones están ebrios de vino./ Miserable, me aflijo, la tierra no es el hogar de nadie”.