Agricultura europea del siglo XVIII

Historia universal. Desarrollo agrícola. Estructura social agraria

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LA AGRICULTURA DEL SIGLO XVIII

La Europa del siglo XVII era todavía un mundo predominantemente agrícola en el que las zonas industriales aparecían muy diseminadas. El constante crecimiento de la población exigía mucho de la agricultura, mientras que las necesidades de la guerra exterior cargaban de impuestos a la industria que cada vez iba acumulando más fuerza de trabajo, justo cuando se requería más de los productos agrícolas.

Así, en el siglo XVIII la tierra representaba todavía la fuente principal de riqueza para todos los países europeos, a la par que era en la misma donde la mayor parte de los hombres se ganaba la vida. En Rusia las familias campesinas eran nueve de cada diez, en Francia, ocho de cada diez, y en Prusia y Polonia, más de siete de cada diez. La preponderancia de la agricultura era un factor común, pero los tipos y métodos de cultivo, el grado de complejidad desplegado, el sistema de propiedad y la situación social del campesinado eran diversas.

Áreas de cultivo

El «paisaje» agrícola europeo se dividía en cuatro áreas principales de cultivo, que se distinguían en general por la naturaleza de las cosechas o de su ganadería y los tipos de agricultura que en ellas se practicaban.

En el norte de Europa, encontramos los países escandinavos y una zona continental que se extendía desde el este de Bretaña hasta la curva formada por el E Iba, lindando al sur con Renania del Norte y Westfalia. Puede subdividirse entre las áreas predominantemente forestales y montañosas del norte, y las llanuras, mesetas bajas, laderas y valles del sur. En las primeras, especialmente en Noruega y Suecia, el cultivo dominante era la cebada, mientras en el sur era más frecuente el centeno, con alguna presencia de zonas dedicadas al lúpulo y al viñedo y aún más al cáñamo y al lino. La cría de ganado era general, con una larga tradición en las franjas boscosas del norte, y se fue extendiendo a lo largo del siglo a las llanuras del sur. En Dinamarca, Mecklenburgo y Schleswig-Holstein, el engorde del ganado y la especialización lechera llegaron a constituir la más importante fuente de prosperidad.

Otra gran región era la de las llanuras y suaves colinas que se extendía desde Alemania central, al este del E Iba, a través de Hungría, Polonia y Rusia. Era una franja básicamente dedicada al cereal, sobre todo al centeno. La ganadería era menos importante que en la primera área, excepto en Hungría, Moravia y el sur de Polonia.

Una tercera región abarcaba el litoral atlántico, llegando hacia el sur a los Alpes y las pendientes meridionales del Macizo Central: el norte de Renania y Westfalia, los Países Bajos, las Islas Británicas, el norte y el oeste de Francia y la parte septentrional de la Península Ibérica. Era una región muy variada y en donde la naturaleza había propiciado una gran diversificación y flexibilidad de cultivos. En Gran Bretaña, el clima favorecía la experimentación y facilitaba el cambio de la tierra al ganado. En Frisia, los Países Bajos y el norte y oeste de Francia la situación era parecida.

Finalmente, se encontraban los países bañados por el Mediterráneo: la mayor parte de España, Italia, Grecia y la zona sur de Francia. La zona estaba dividida de modo natural en tres partes: las zonas montañosas -sobre todo los Alpes, los Apeninos y los Pirineos-, las laderas y colinas -Cataluña, el valle del Ródano, el del Po y el centro de Italia- y la costa -desde el sur y el este de España, pasando por el Languedoc y Provenza, hasta Sicilia y Grecia-. En las zonas montañosas, la actividad más importante era la silvicultura y la cría del ganado lanar y vacuno: la Mesta es el paradigma. A lo largo de la faja costera, los cultivos principales eran la vid, las aceitunas, los frutos cítricos, las moras, las almendras y, ocasionalmente, el algodón y la caña de azúcar. Las pendientes interiores y las laderas eran las zonas más favorecidas por la naturaleza: trigo, maíz, centeno, cebada y mijo encontraban cabida. El valle del Po y Lombardía se contaban entre los sectores más dinámicos.

Los factores del desarrollo agrícola del siglo XVIII

No parece que los cambios climáticos puedan aportar una explicación decisiva del desarrollo agrícola del siglo XVIII. En la Europa del norte y del oeste, una ligerísima atemperación del invierno y de la primavera durante la primera mitad de siglo debió resultar beneficiosa. Pero el crecimiento demográfico fue obra de la segunda mitad, cuando, contrariamente, el clima se enfrió. Al parecer, además, la zona mediterránea siempre tuvo el tiempo en contra: los secos veranos de principios de siglo fueron nefastos para los cereales y las frescas primaveras de los años finales entorpecieron la maduración de los frutos, mientras que las heladas invernales secaban los árboles. Pero España e Italia consiguieron tener más de 10 millones de habitantes, si nos fiamos de los censos.

Los indicios más claros del cambio deben ser buscados en una evolución positiva de la producción agrícola. En los terrenos de antigua colonización, el movimiento de la producción cerealícola parece confirmarlo. Pero siempre resulta evaluado a partir de fuentes indirectas, muy localizadas y controvertidas. Los resultados más fiables pueden ser desgranados como siguen.

La producción cerealícola no se orientó claramente hacia un alza de larga duración hasta los años 1720 -Europa del noroeste y Alemania- y 1730 -Europa mediterránea-. En Inglaterra, el crecimiento era perceptible desde 1660, a pesar del parón de finales de siglo. El aumento, pero, no significó durante mucho tiempo, en ocasiones durante todo el siglo, más que una simple recuperación del terreno perdido, llegándose sólo a los niveles del siglo XVI o inicios del siglo XVII. Además, la amplitud del crecimiento -máximo en Inglaterra, Flandes y las Provincias Unidas- y su mantenimiento después de 1780 -inversión de la coyuntura en la Península Ibérica- determinaron un desarrollo desigual.

El alza de los rendimientos medios puede considerarse de un 20 por ciento por encima de los máximos anteriores alcanzados en las Islas Británicas y en la Europa continental dentro del área delimitada por Hamburgo-Nantes-Basilea. Andalucía, por el contrario, volvió a descender a finales del siglo XVIII al nivel de finales del siglo XVII y el Macizo Central francés ofrece una estabilización secular notable. Nada, pues, de revolución de los rendimientos. Añadamos que éstos eran de una gran disparidad: de los 17 granos por semilla en el Flandes belga para el trigo, al 5 por uno de los Estados Pontificios. De hecho, era más excepcional la primera cifra que la segunda. Se está de acuerdo en que el rendimiento de 8 por uno marca un nivel por debajo del cual se estaba al borde de la penuria, pues las variaciones de las cosechas podían determinar oscilaciones de las mismas de uno a tres.

Por otro lado, en la densamente ocupada Europa occidental, las roturaciones no podían ser considerables. Los principales avances cuantitativos tuvieron lugar, así, en sus márgenes. En Escandinavia, fue la ayuda financiera y jurídica del Estado: la ley noruega de 1750 concedía a los pioneros el disfrute gratuito de tierras roturadas. En España, esfuerzos estatales los de Carlos III en Sierra Morena-, campesinos -en Castilla y Extremadura- o «capitalistas» -en tierras andaluzas y en los alrededores de Alicante- se combinaron, añadiéndose la irrigación de los valles del Júcar, del Manzanares, del alto Tajo, de zonas de Cataluña y de Valencia. Más extensión alcanzaron aún las tierras roturadas en Italia, dedicadas a los cereales en la llanura del Po y en el sur, ya árboles en Toscana, Liguria y Véneto. En Alemania occidental, el impulso de los príncipes fue esencial: 20 por ciento de conquista de superficie agrícola en Schleswig-Holstein y obras de drenaje en Baviera ya lo largo del Danubio. Mientras, en los Países Bajos y en las Provincias Unidas, prosiguió la construcción de pólderes, la desecación de turberas en Groninga y Overijssel y la deforestación de áreas de Valonia.

En Francia, fueron ganadas medio millón de hectáreas y, salvo en Aquitania y en Bretaña, se trató de una labor de rebusca, llevada a cabo por millares de explota- dores de distinto nivel económico y variada condición social. En Inglaterra, las conquistas de terreno fueron dedicadas a la ganadería. Los cercados hicieron desaparecer pequeñas parcelas de baldío y, en las Midlands, los drenajes estaban en la orden del día. Irlanda se orientó, momentáneamente, hacia los cereales.

Con rendimientos persistentemente bajos, con roturaciones de extensión mucho menor de lo que se creía, con una alza de la producción no anterior a 1720-1730 y que sólo recuperó niveles anteriores, las conquistas de la agricultura del siglo XVIII deben ser buscadas en otros terrenos.

La historia agraria es terreno de larga duración. Esto no impide que, en el segundo tercio del siglo XVIII, se iniciara un cambio esencial de la agricultura europea: la regresión irreversible del barbecho. No fue el resultado de modificaciones sustanciales en las fuerzas productivas empleadas. Sólo en Inglaterra se realizaron las primeras experiencias de empleo de margas o encaladuras como abono. Hasta el siglo XIX la ganadería no proporcionó el estiércol suficiente. En algunas zonas se recurría al limo, al cieno, a las cenizas y turbas ya las algas.

Tampoco el utillaje experimentó una evolución importante. Resulta difícil evaluar la propagación efectiva de útiles prometedores, como el brabante -arado de vertedera y dos mancebas- o la del rastrillo de puntas metálicas. La trilladora mecánica no se implantó hasta finales de siglo en Escocia, mientras la sembradora mecánica se expandió ampliamente en las Provincias Unidas, los Países Bajos y la Inglaterra del sur.

Tipos de cultivo

Así, con poca renovación de utillaje y con abonos tradicionales y deficitarios, cabe indicar que la gran novedad secular fue la divulgación de la rotación compleja de cultivos. Iniciada en los Países Bajos, consistió en que leguminosas -trébol, esparceta y alfalfa-, gramíneas y tubérculos empezaron a ocupar el terreno que antes se dejaba en barbecho. No fue un proceso lineal, sino de marcha atrás, aunque finalmente se impuso una rotación continua que conllevaba la inexistencia de tierras sin cultivar.

Los ejemplos de implantación de la rotación compleja de cultivos son diversos. En la Alemania central y renana se practicaron a lo largo del siglo combinaciones cada vez más elaboradas de cereales, leguminosas y barbecho. Inglaterra creó el famoso Norfolk system: alternancia de trigo, cebada, guisantes, nabos, trébol y hierba. Se extendió alas Midlands, las tierras del oeste y Escocia entre 1750 y 1780. Los Países Bajos, pioneros, también lo adaptaron, y llegó a Suiza, el norte italiano, la cuenca parisiense, Alsacia y Cataluña.

Esto no significa que el cultivo del trigo desapareciera, antes al contrario: se extendió, junto con la avena, a expensas del centeno. La cebada ganó terreno en Escandinavia y retrocedió en España. El siglo XVIII fue la época dorada del alforfón. Además, a finales del siglo, la vid alcanzó su máxima extensión: cultivada en huerto en las regiones húmedas y frías, era mediterránea por excelencia. La urbanización, la elevación del nivel de vida de las clases medias, la necesidad de vender vino para obtener dinero o la posibilidad de convertirse en propietario plantando una pequeña parcela fueron otros incentivos. Así, el cultivo se intensificó en las regiones tradicionales, conquistando las colinas y se extendió por lugares hasta el momento bastante inéditos, como Provenza, Languedoc, Charentes y región de Lyon.

Por otro lado, la patata se hallaba lejos de ser la gran triunfadora. Sólo a partir de la última década del siglo, desempeñó un gran papel en Irlanda, Escocia y el Flandes interior. En el resto de Europa, persistió como cultivo marginal aunque expansivo: llegó a Lorena y el Palatinado hacia 1720 y alcanzó Portugal en 1780. Muchos agricultores fueron ganados a su causa cuando la crisis cerealística del 1740-1742.

El maíz provocó grandes transformaciones en la agricultura tradicional en Aquitania, donde ocupó el lugar del barbecho, y en Italia septentrional, donde se convirtió en la base de la alimentación, mientras cubría más de un tercio de las llanuras irrigadas de España.

Una primera impresión sobre la evolución de la ganadería puede ser optimista. Los mercantilistas incitaban a la producción bovina en los Estados alemanes, de la cría del cordero y del buey para carne en las praderas inglesas. Estaba también el desarrollo de la producción de leche y queso en la meseta suiza y en el Auge francés. Pero, por otro lado, el individualismo agrario, la progresiva supresión de los derechos comunales y la búsqueda de producciones más rentables provocaron, en la Europa occidental, un retroceso de la cría del cordero y del cerdo, y en Escandinavia, incluso del buey. En España, la tendencia a la especialización en los productos de más futuro -carne, vino, frutas y aceite- frente a la lana motivó el declive de la transhumancia y la abolición de los privilegios de la Mesta.

Durante el siglo XVIII, comerciantes y consumidores tenían a su disposición una mayor cantidad de productos que en siglos anteriores, aunque tal vez la calidad no fuese superior. El ciclo infernal del hambre pudo romperse.

A lo largo del siglo, el crecimiento demográfico y la urbanización no deja- ron de impulsar un alza de los precios agrícolas acelerada a partir de 1780: entre un 150 y un 200 por ciento para los cereales, un 200 para el vino y un 150 para la carne. El estímulo a la inversión, para el aumento de la productividad y para la supresión del barbecho, estaba servido.

Por tanto, la situación era propicia a las elaboraciones de sistemas agronómicos -Trull, De Monceau, Timci-, a las investigaciones agrícolas -Marshall y Young- ya las aportaciones de los fisiócratas que consideraban la tierra como el origen de toda riqueza. También se multiplicaron las revistas, las escuelas técnicas, las sociedades eruditas e incluso los monarcas se preciaban de trabajar la tierra con sus propias manos -José II-.

Aun así, los obstáculos a la puesta en marcha de hermosos proyectos se- guían siendo múltiples. Estaban las dificultades de transporte, de carácter técnico o político: los excedentes no servían de nada si no podían comercializarse. También contaban las reticencias psicológicas: la precariedad de las cosechas era todavía demasiado grande como para correr aventuras.

La estructura social agraria

El nudo del problema del progreso agrícola era, en último término, clara- mente social. El porvenir capitalista de la agricultura -producir para vender y reinvertir para vender más- chocaba con la lógica feudal -producir para el sustento del campesino y de las clases privilegiadas-. La lucha que se abrió, originó tres tipos de resultados: la culminación de la segunda servidumbre en la Europa central y oriental, la revolución agrícola inglesa, y la reacción señorial y rentista francesa.

Así pues, en diferentes grados, las naciones perdían su carácter autosuficiente y se veían obligadas a desarrollar su producción agrícola. Con la demanda en aumento de materias comestibles, se fomentó un nuevo interés científico por la agricultura y se hizo un esfuerzo para mejorar los rendimientos mediante cercados y fertilizantes.

No se debe olvidar que en las primeras colonizaciones se había recurrido más a las tierras fáciles de cultivar con los útiles al uso que no a las tierras fértiles. Así, pues, fueron aprovechados terrenos en llanuras de aluvión, cerca de los cursos fluviales y lejos de las montañas, depósitos de minerales o zonas populosas. La estructura geológica de esos suelos permitía revolverlos con el arado y servir para cultivo o para pastos. La superabundancia de este tipo de terrenos explica que hasta muy entrado el siglo no fuera necesario usar tierras marginales.

Este factor explica el dominio del sistema de campo abierto. A pesar de las múltiples variantes del mismo, se pueden distinguir una serie de rasgos comunes. Las tierras eran trabajadas por comunidades de campesinos, dirigidas por un gran propietario. A los campesinos les eran asignadas fajas de tierra, diseminadas por los campos abiertos. El sistema era antieconómico, ya que el payés tenía dificultades para encontrar su pieza, había que dejar espacio en los extremos para poder dar la vuelta con el arado y los campos estaban abiertos al ganado. Era esencialmente un sistema para la supervivencia y estaba basado en el acceso ala tierra y no en su propiedad.

El campo abierto controlaba amplias extensiones territoriales europeas desde el este y el centro hasta el centro de Inglaterra. Aun así, zonas como Bretaña y el sureste inglés no lo conocieron y dentro del mismo país había áreas de tierras valladas junto a campos abiertos. Los suelos pantanosos y las zonas cercanas alas ciudades escapaban al campo abierto.

El cercado constituyó la sustitución de los derechos comunales por la pro- piedad privada. Después de 1760 empezó a llevarse a cabo ampliamente en Inglaterra y, menos, en el norte de Francia, y generalmente se combinaba con elementos como el drenaje, el amplio uso de fertilizantes y la rotación de las cosechas. Muchos de los agricultores de los campos abiertos se vieron forzados a marchar hacia las ciudades o a convertirse en jornaleros. ,

La distinción entre tierras cercadas y tierras abiertas es una de las posibles a la hora de analizar el régimen agrario europeo. Resulta mucho más radical el análisis que distingue entre trabajo libre y trabajo dependiente. Podemos efectuar un recorrido por las diversas geografías agrícolas.

En Inglaterra, la ley de 1660 no había abolido todos los vestigios feudales. La enfiteusis todavía existía y una gran parte de la población campesina inglesa se hallaba acogida a la misma. El señor podía limitar el uso de la madera o el acceso a los minerales, pero el arrendatario no pagaba renta, aunque, a su muerte, el sucesor había de satisfacer una importante multa. En el otro lado del espectro, estaban los desvalidos campesinos sin tierra.

Hay que remitirse al régimen agrario legado por la Edad Media a la Inglaterra del siglo XVII para comprender la posibilidad de la «revolución agrícola»: papel esencial del dominio señorial, actitud productivista de la aristocracia terrateniente, mantenimiento de los poderes jurisdiccionales del señor sobre los colonos, orientación de la economía agrícola hacia el mercado y campesinado poco cohesionado al no poder apoyarse en instituciones comunitarias. Además, desde el siglo XVI, la extensión del dominio y el aumento de los pastizales mediante los cercados era un hecho. Los cercados son las enclosures que requieren: establecimiento de cercas en campos hasta entonces abiertos; abolición de servidumbres colectivas que pesaban sobre un campo aislado, sobre un conjunto de tierras o sobre toda una propiedad; reagrupamiento de las parcelas, y recorte de las tierras comunales en favor de las explotaciones individuales. Tal es la naturaleza de la enclosure, dejando ahora de lado las consecuencias sociales de su implantación.

En Francia, el sistema era más complicado y opresivo a la par. El feudalismo estaba más intacto que en Inglaterra. Muchos señores eran absentistas y los payeses se veían cada vez más sujetos a los procuradores. La iniciativa para el mejoramiento de la agricultura procedió de un triple frente con esfuerzos combinados: los nobles innovadores deseosos de ganancias, los fisiócratas que centraban toda su esperanza en la tierra y el propio gobierno.

Centrémonos en el tercer punto. El 1761 se estableció un departamento de Agricultura y se fomentó la formación de sociedades locales para promover las nuevas ideas. Los Estados provinciales de Beam y la Academia de Burdeos se encontraban entre las más diligentes. Ministros reformadores de la talla de Bertin y administradores como D'Ormesson tampoco deben ser olvidados. Por ende, entre 1769 y 1781 fueron promulgados tres edictos que autorizaban el reparto de tierras comunales en los Tres Episcopados, Lorena, Alsacia, el Cambrésis, Flandes, Artois, Borgoña y las generalidades de Auch y Pau. Los propietarios y los especuladores pudieron comprar los brezales de Bretaña.

Las tradiciones comunales quedaban rotas en favor de intereses de compra- dores enriquecidos. Los Parlamentos de Toulouse, París y Ruán impusieron restricciones sobre el uso comunal de los pastos. Entre 1767 y 1777 varios edictos concedieron la libertad de cercado en una larga lista de regiones, al tiempo que era prohibida la posesión de pastos en común. Ahora bien, el 1771 es una fecha límite ya partir de ese año las nuevas tendencias quedaron frenadas. Las razones apuntan al hecho que muchos franceses por apatía, por miedo a una subversión campesina o a que sus intereses resultasen lesionados hicieron caso omiso de las innovaciones. La hostilidad del campesinado era clara: la abolición de los derechos de pastos y de la posesión de prados en común y la división de las tierras comunales dañaba a la mayoría.

Las reformas de la década de los sesenta dejaron pocas huellas en la geografía agrícola francesa. Sólo zonas como Hainaut y el Bolonesado, donde la revolución agrícola coincidió con el cambio de la tierra de labor al pasto, cambió el aspecto agrario. El cercamiento obtuvo unos éxitos escasísimos, limitados a Normandía. A finales del siglo XVIII, el cultivo tradicional con barbecho seguía predominando en la gran mayoría de las explotaciones campesinas.

Pueden detectarse otras bolsas de mejoras a lo largo y ancho del Viejo Continente. En Alemania se produjo una limitada roturación de los eriales que no pasaron, sin embargo, totalmente a manos individuales. Los labrantíos continuaron abiertos en la mayor parte de los distritos, con cebada y avena en primavera, trigo y centeno en otoño y barbecho. Además, las parcelas de los señores siguieron mezcladas con las de los campesinos. En Dinamarca, los lecheros inmigrantes introdujeron mejores métodos para la cría y alimentación de cerdos y aves, poniendo los cimientos de las prósperas granjas lecheras danesas del futuro. En Suiza, algunos intentos de cultivar la tierra de forma más intensiva dieron resultado. Los brezales fueron convertidos en huertos y prados, los pantanos fueron drenados, las herramientas mejoradas y nuevos cultivos aparecieron. Todo, pero, en muy pequeña escala.

Contrariamente, en otros lugares los métodos y la organización de la agricultura se mantuvieron como antes, cuando no hubo una regresión a prácticas más primitivas. En Escandinavia, al este del EIba y al sur de los Pirineos, abundaban las sociedades agrícolas y las medidas adoptadas por ingleses y holandeses provocaban entusiasmo, pero los resultados no fueron ni mucho menos los mismos. Rusia poseía su Sociedad para la Promoción de la Agricultura, patrocinada por Catalina II, donde se hicieron algunos experimentos limitados al maíz. En Austria y en Prusia, a los candidatos a los cargos de la administración pública se les exigía seguir cursos sobre agricultura. Pero los logros fueron casi insignificantes, a causa del arraigo de unas tradiciones inmovilistas, a la resistencia de los propietarios conscientes que los métodos tradicionales eran más útiles para vincular a los campesinos ala tierra o a los obstáculos impuestos por la geografía o el clima. Toda Escandinavia constituía un buen ejemplo de limitaciones: osos, lobos y zorros eran una constante amenaza para el ganado, las herramientas agrícolas continuaban siendo muy primitivas y el clima era demasiado riguroso. Igual sucedía en las abrasadas tierras de Sicilia y del centro y sur hispánicos. En Rusia y en Polonia, en la península italiana al sur del Po, la perpetuación de formas de organización social anticuadas y las barreras naturales frenaron el progreso. En Moscovia central, los campesinos durante los primeros años del siglo mantenían todavía la práctica de quemar los bosques y de sembrar sus cultivos entre cenizas durante treinta o cuarenta años antes de marcharse a otro sitio, donde repetían la misma operación. Polonia era un país cuya producción agrícola, ciertamente próspera en el siglo XVI, en lugar de aumentar en la época de la revolución agrícola, se fue contrayendo poco a poco. La mala administración y la supervivencia de formas políticas y sociales anticuadas produjeron en el sur de Italia y en los Estados Pontificios un retroceso e incluso un retorno a métodos más antiguos de cultivo.

Incluso en los países de la revolución agrícola existían bolsas de atraso y resistencia al cambio. Podemos recurrir a los ejemplos irlandeses y de la misma Francia. En el primer caso, el arriendo aprecios abusivos por parte de los propietarios absentistas perpetuó condiciones rurales atrasadas que no tenían parangón en Inglaterra. La producción de cereales continuó en un nivel muy bajo y el cambio a la ganadería durante el siglo fue un proceso lento y doloroso que dejó al campesino inerme ante la escasez y el hambre, y lo llevó de paso al cultivo de la patata. La descripción que Young hizo de la agricultura irlandesa en 1780 apunta todos estos factores.

El mismo viajero quedó aterrado ante algunas de las situaciones comprobadas en su visita a Francia unos años más tarde. Dos hechos provocaron su reprobación más decidida: la tendencia a subdivir la tierra en parcelas cada vez más pequeñas y la extensión del sistema de aparcería, generalizado al sur del Loira.

A las fronteras entre países que mejoraban y un este y sur tradicionales y estancados cabe buscar correspondencia a partir de la separación entre los países de pequeñas propiedades y los de grandes explotaciones rústicas. Al este del E Iba, la tierra era propiedad de los terratenientes nobiliarios que explotaban el trabajo no libre de los siervos, mientras que al oeste del río predominaban, con las lógicas excepciones, las pequeñas propiedades. La extensión de las mismas iba en aumento conforme se avanzaba al este de la línea. Un junker de Brande- burgo podía llegar a controlar 5.000 acres, pero un magnate polaco, ruso o húngaro hubiera considerado pequeña esa propiedad: Esterhazy, el más rico de los magnates húngaros, tenía una renta anual de 700.000 florines. Al comenzar el último cuarto del siglo, en Bohemia se contaban propiedades de 20.000 a 30.000 acres. En Rusia y en Polonia, la riqueza territorial se calculaba más por su mano de obra que por sus dimensiones. En la primera mitad del siglo era hombre rico el que tenía 1.000 siervos, aunque Menshikov, favorito de Pedro el Grande, poseía 100.000.

Al norte y al oeste del E Iba las propiedades solían ser de dimensiones reducidas. El suroeste de Alemania, Suiza, los Países Bajos, el norte de Italia y los países escandinavos aportan claros ejemplos. Pequeños propietarios y agricultores independientes desempeñaron un gran papel en la adopción de nuevos métodos de cultivo. Francia era también un país de pequeñas explotaciones y propiedades. Pero existían diversas excepciones a la regla: en Inglaterra, se pueden encontrar magnates perfectamente comparables a los del este europeo; en Italia, explotaciones grandes y pequeñas coexistían dentro del mismo Estado, y en España, los contrastes eran aún más pronunciados. Por lo tanto, hay que descender muy en detalle y no se debe dar ala división pedagógica tradicional que acentúa el papel del río E Iba como frontera entre pequeña y gran propiedad más valor que el que realmente tiene.

Bibliografía

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